Capítulo 1 — Estocolmo
Vivir con mi familia siempre había sido difícil. Bueno, no podía culpar solamente a mis padres, porque la vida de ellos formaba parte de una seguidilla de errores y círculos viciosos que lamentablemente, a mis hermanos y a mí nos tocó heredar. Un padre alcohólico rehabilitado, una madre obsesiva compulsiva y maniática por ejercer poder sobre los más débiles, unos hermanos que no servían para nada y yo, que desde los dieciséis años trabajaba para ser un real aporte en la casa y ayudar con los gastos mensuales. Qué podía decir, era la vida y la familia que me había tocado. No podía quejarme.
Pero hoy, miro hacia atrás y recuerdo todo lo que tuve que pasar para llegar hasta este momento, hasta esta vida que yo sí me merecía, llena de lujos, viajes, comidas caras y gourmet, y una casa tan enorme que el divorcio me dejó y que, definitivamente, valió la pena.
¿Quieres saber cómo llegué a tener todo esto? Quizá no me creas, quizá creas que soy una loca psicótica inventándose una vida llena de lujos. Pero debo decirte, que al final de esta historia, me creerás. ¿Cómo partió? Pues sencillo, con un simple deseo…
Tres años antes…
—¡Rigel! ¡Maldición! Levántate de una vez, llegarás tarde y a fin de mes hay muchas cuentas que pagar.
—Ya voy, mamá —a veces detestaba a mi madre por obligarme a trabajar. Pero luego recordaba que ella tenía razón, la empresa de luz jamás iba a esperar a que sus clientes “pudiesen pagar”. No, ellos simplemente cortarían el servicio y cinco adultos y un bebé sin luz, no era un buen plan que digamos.
Como cada mañana me levanté perezosa, estaba agotada física y mentalmente, pero debía seguir, porque tenía una meta que cada día rondaba mi mente y no podía decaer. ¿Cuál era? Irme a vivir a Italia en un plazo de tres años. Ese había sido siempre mi sueño, comprar una casita pequeña en algún pueblito de esos en que te suplicaban vivir para repoblarlos, tener mis propias huertas y animales, y no depender de nadie, bueno y que también nadie dependa de mí. Estaba decidida a lograr esa meta, porque así mismito me quería morir, cuando ya estuviese vieja y arrugada. ¿Planes de hijos? No tenía, pero siempre había pensado que, si me llegara a enamorar, posiblemente querría los hijos también. Simplemente, dejaba que la vida me sorprendiera. Si tan solo hubiese sabido lo que se me venía.
Trabajaba en una librería desde hace cinco años. Había sido testigo de muchas historias dentro de ese lugar, personas enamoradas, otras con el corazón roto buscando un libro que sanara eso que el libro no rompió. Una vez fui testigo del reencuentro de dos personas, nunca iba a olvidar el brillo en los ojos de ellos dos, se notaba que aún se amaban. Y, cuando se acercaron a la caja, porque la chica quería pagar el libro que deseaba comprar, llegué a sentir mariposas yo en el estómago. La mirada de ese chico era hipnotizante, como si la chica fuera “su precioso” como Gollum. Y debía admitir que, en aquel entonces, me generó un poco de envidia. Había tenido novios, unos cuantos, pero mi madre siempre terminaba ahuyentándolos, porque decía que yo solo debía concentrarme en sacar adelante a mi hermanos y a ellos, sumado mi sobrino, quien ya estaba por cumplir los dos años.
No odiaba a mi familia, para nada, pero sentía que eran una carga. Mi hermano menor, Bautista, ya tenía dieciocho años y ni siquiera era capaz de levantar un vaso y dejarlo en el lavaplatos. No estudiaba, no trabajaba y solo jugaba PlayStation todo el día. Su justificación siempre era que, algún día, sería un jugador de PlayStation reconocido a nivel mundial y sería millonario solo jugando con ese aparato. Y ni qué decir de sus amigos, quienes iban por el mismo camino. Mi hermana menor, Antares, ya había cumplido los veintidós años, era asistente de enfermería y trabajaba día y noche limpiando culos, como yo lo decía en mi mente. Había sido mamá a los veintiún años y afortunadamente, el padre de mi sobrino era un buen chico. Moe trabajaba en un centro comercial y lo poco que ganaba se lo gastaba con mi hermana y con mi sobrino, Saturno. ¿Planes de vivir solos, de comprarse una casa? Pues ningunos, no les alcanzaba para tanto.
¿Mis padres? Augustus, un hombre gordo, alto, que se estaba quedando calvo y que sufría de alcoholismo desde que tenía veinte años, cuando su madre murió y su padre se quedó a cargo de él. A sus setenta años ya había estado en rehabilitación, al menos, una docena de veces. No podía decir que era una mala persona, porque no era así. A pesar de su adicción, la cual, nuevamente llevaba tratándose hace unos cinco años, él era un buen padre, cariñoso, bondadoso, siempre con un abrazo y un consejo de vida, de los cuales él nunca siguió. Aun así, siempre se los daba a sus hijos. Y Antígona, una mujer carente de afecto por parte de sus padres y abuelos, creció con la mentalidad machista de la generación anterior. Como yo soy la primogénita, me obligó a crecer creyendo que toda la responsabilidad del futuro de la familia recaía en mí. Sabía que estaba mal, porque a quién quería engañar, estúpida yo no era, pero sentía tanto miedo de que mis hermanos tomaran un mal camino en la vida, a que no tuviesen un pedazo de pan para llevarse a la boca, que a los dieciocho años me resigné y continué creyendo que la cabeza de esa familia era yo.
Fue así como viví durante treinta años pensando en el futuro de los demás y no en el mío. Desde la época de la escuela, con las clases de historia universal del profesor Sanders, me maravillé con Italia, su historia y costumbres. Ni que hablar de La Toscana, ese lugar mágico del que siempre busco imágenes en internet, mientras sueño despierta y me imagino viviendo en cualquier pueblito de Italia, rodeada de sol, de color verde y casas viejas. Hace un par de meses me puse la meta de tres años. La verdad, podrían haber sido dos años, cuatro o incluso un año, pero siento que, una vez que mi hermano cumpla los veintiún años ya no será mi obligación ni responsabilidad. A esa edad los chicos ya salen a buscar trabajo, al menos, en mi ciudad. Se convierten en seres humanos más que pensantes, porque actualmente, y con la nueva generación, todo se desvirtuó. Los veintiún años son la edad perfecta para saber qué quieres en la vida y hacia dónde quieres ir. Solo espero que mi hermano madure y entienda que la vida no es solo su aparato de juegos.
¿Nuestra casa? Vivimos en un barrio sencillo, en donde nunca pasa nada salvo, cuando se murió la señora Gertrudis hace un mes atrás. Se podría decir, que ese fue el mayor acontecimiento de mi barrio, la muerte de la vieja más chismosa y alcahueta de todo Estocolmo. Esa pequeña casa de tres habitaciones la heredó mamá, luego de la muerte de su madre, de quien no vale la pena hablar. ¿Soy feliz en esa casa? Pues claramente no, pero siempre he creído que lo bueno llega tarde o temprano y que a veces, solo se demora un poquito.