La situación era bastante confusa para cualquiera que lo estuviese presenciando. Pero yo no podía hacer nada, más que tratar de resistir.
—¡Antares, esto ya es mucho! Sé muy bien que eres la jefa, pero como tus compañeros y velando por nuestra seguridad, no podemos seguir permitiendo estas escenitas. Es la tercera persona en este mes que se hace pasar por un familiar tuyo. Deberías dejar de salir en la publicidad del hospital —le dijo Niccola muy enojada.
—Niccola, basta. Yo lo resuelvo —le contestó cabreada —. ¿Quién eres y a quién buscas? —me preguntó cruzándose de brazos.
—A ti —le hablé bajo. Me sorprendía saber que ella era jefa de esa área. Jamás me lo había contado. Eso quería decir, que ganaba muy buen dinero, pero ¿qué hacía con todo ese dinero? ¿Por qué me seguía exigiendo que la mantuviese a ella y a Saturno? No entendía por qué estaban actuando así conmigo.
—¡¿A quién buscas?! —preguntó nuevamente, porque no me escuchó. Pero me era imposible hablar, estaba shockeada —. Mire, señorita, si busca dinero, fama o algo por el estilo, acá no lo va a conseguir. Por favor, lárguese de acá y no haga más escándalo, porque le recuerdo que está en un hospital. ¿Me escuchó? —trató de acercarse a mí un poco. Se veía muy molesta, pero a la vez cansada. Quería decirle que estaba siendo una mala hermana, pero las palabras no me salían de la boca —. ¡¿Me escuchó?! —me repitió un poco más fuerte.
—Antares, soy yo —atiné a decir, tratando de que mi voz sonara un poco más fuerte.
—¿De dónde me conoces? —bajó sus brazos y caminó hacia mí —. De seguro eres otra loca tratando de hacerse pasar por una hija no reconocida de mi padre. Eres de lo peor, deberías buscarte un trabajo y ganar tu propio dinero, no esperar a obtenerlo a costa de los demás —sus palabras calaron tan hondo en mí, que desconocí a mi hermana.
Sí, ahora todo tenía sentido, ella no podía ser mi hermana. Antares jamás me había hablado así, me exigía cosas, pero no con ese tono de voz tan despectivo, como si yo le diera asco. Solo ahí comprendí y terminé de aceptar la realidad, lo que verdaderamente estaba pasando. El deseo sí se había hecho realidad. Quise llorar, arrojarme al suelo y llorar desconsolada. No sabía qué me esperaba desde ahora en adelante esta nueva realidad, pero no la quería. Yo solo quería recuperar a mi familia, los necesitaba y los amaba, tanto como amaba respirar cada día.
De un segundo a otro, unos hombres me tomaron del brazo y me llevaron, casi arrastrando, hasta la puerta de salida del área de cuidados intensivos. Miré por última vez a Antares y ella solo me miraba con rabia y negaba con la cabeza, como si yo fuera la peor persona del mundo entero. Eso destruyó mi corazón en mil pedazos. Aunque discutíamos mucho, siempre había sabido que ella me amaba, tal como yo la amaba a ella. Pero esta nueva Antares, era una persona distinta.
Mientras me llevaban a rastras, les grité a los guardias que me soltaran, que yo me iría sola, pero no hubo caso. Mis brazos dolían y apenas sí podía caminar, mientras las personas nos miraban raro y comentaban en secreto.
—¡Ey! ¡Suéltenla! —gritó alguien. Me giré para ver de quién se trataba, era un chico. Se veía muy malherido, llevaba una venda en su cabeza y vestía una bata de hospital. En su mano sostenía un porta suero y se notaba que sentía dolor al caminar —. ¡Dije que la suelten! ¿No ven que es una mujer? ¡¿Cómo se les ocurre tratar a una mujer así?! ¡¿Se les olvida que los parió una mujer, idiotas?! —los guardias me soltaron, pero se negaron a retirarse del lugar hasta que fuese yo quien saliera del hospital.
—¡Ahí está! ¡Kron, por dios! —gritó una mujer. La miré y me quedé helada, cuando la vi. Era la misma señora que días atrás había llegado desesperada por su hijo, aquel que yo había acompañado hasta el hospital. Detrás de ella apareció el padre de la familia perfecta junto a la hermana menor. Este día no podía ir peor, definitivamente.
—¡Hijo! ¿En qué estabas pensando? ¡No puedes caminar! —lo regañó el señor —. ¿Qué sucede? —dijo, cuando se dio cuenta de que algo estaba pasando.
—Nada, papá. Estaba ayudando a la señorita, porque estaba siendo maltratada por los guardias.
—¿Qué? Señor, nosotros no la estábamos maltratando. Es ella quien…
—¡Ya fue suficiente! —dije enojada para que se callaran —. Me iré sola. Gracias —traté de arrancar de ese lugar, pero me fue imposible.
—¡Espera! ¡Eres tú! —dijo el padre de familia —. ¡Tú fuiste la chica que ayudó a mi hijo el otro día! —se acercó y tomó una de mis manos con mucho entusiasmo —. Lamento haber sido tan descortés ese día, pero espero que comprendas que estábamos muy asustados por nuestro hijo —no sabía qué hacer en ese momento, si salir corriendo o decir un simple “de nada”. Tampoco pude decir “no, señor, no fui yo” y alegar demencia, porque estaba aún en estado de shock por todo lo que estaba viviendo.
—No… No fue nada —atiné a decir de forma torpe.
—Muchacha, te agradecemos mucho todo lo que hiciste por nuestro hijo —la señora tomó mi otra mano y con una sonrisa extraña me miró —. Sin ti, quizá nuestro hijo… —no fue capaz de terminar la frase y se largó a llorar. Y ahí estaba yo, con los guardias a un lado casi que, obligándome a salir del hospital, cuando era sabido que estábamos en un lugar público y de libre acceso, y al otro lado la señora llorando y siendo consolada por su esposo.
—Señores, ya se pueden retirar, por favor. La señorita está con nosotros —le dijo el chico con una actitud bastante caballerosa, pero a la vez mandona. Solo en ese momento me di cuenta de que él era tan alto como los guardias de seguridad y tan fornido y musculoso como esos pesados.
A los guardias no les quedó de otra que retirarse, sin antes llenarme con miradas de odio, como si me dijeran “te estaremos vigilando, niñita problemática”, y se largaron. Pero, cuando los vi caminar y alejarse, sentí algo, como un vacío en mi corazón. Solo ahí recordé lo que había pasado minutos antes con Antares. Casi me puse a llorar, pero fui interrumpida por el lloriqueo de la señora. Con una persona llorando ya era suficiente.
—Yo… —los miré, solo ahí la señora dejó de llorar y lo cambió por hipidos ahogados —Lamento la situación. Confundí a una persona y los guardias se asustaron —mentí. Qué más podía decir, ¿no?
—¿Estás bien? —me preguntó el chico.
—Sí, sí, gracias por preguntar —acomodé mi bolso, porque ya debía salir de aquel lugar. Estaba segura de que no podría aguantar el llanto mucho tiempo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la hermana menor.
—Rigel —le dije tratando de que mi voz sonara lo más normal posible.
—¿Rigel cuánto? —volvió a preguntar. Le iba a decir Ottum, pero ni siquiera sabía si en esa realidad mi apellido seguía siendo el mismo. Pero debía mentir.
—Ottum. Me llamo Rigel Ottum —dije cabizbaja.
—¿Ottum? ¿Cómo los Ottum de Estocolmo? —dijo la chica. Vaya, en esa realidad nuestro apellido era famoso, al parecer.
—No, debe ser solo un alcance de apellidos —mentí. Para ese entonces, de seguro mis ojos estaban aguados, porque sentía que la cascada se avecinaba en cualquier momento.
—Pero ese apellido no es común en Estocolmo, me imagino que en Suecia tampoco —esa niña sí que era curiosa y la verdad, me estaba haciendo sentir incómoda.
—Basta, Levi —la regañó el chico.
—Lo siento, solo preguntaba —se encogió de hombros.
—Probablemente, mi familia me mintió —dije tratando de hacerme la graciosa.
—Tu familia debe estar muy orgullosa de ti, por ese noble gesto que tuviste con nuestro hijo —dijo la señora.
—Sí… Lo están —miré mis manos tratando de calmarme.
—¿Estás bien? —esta vez, la voz del chico tenía un dejo de preocupación.
—Sí, sí. No es nada. Ya debo irme, voy atrasada al trabajo.
—Mi padre te puede llevar —dijo de forma amable.
—¡No, no! —los detuve con las manos —. Todo está bien. Necesito ir sola —debía salir de forma urgente de aquel lugar.
—No te vez bien —miré a Levi y fingí una sonrisa.
—Solo estoy cansada —sabía que esa sonrisa no engañaba a nadie, así que, ya era el momento de arrancar —. Me alegro de que te estés recuperando y de que no haya sido un accidente más grave. Lamento que te haya sucedido a ti.
—Gracias —me respondió el chico de forma amable.
—Lo siento, pero ya debo partir. Fue un placer conocerlos —me giré y caminé lo más rápido que pude hacia la salida. A medio camino no logré resistir más y la cascada salió por mis ojos, porque me dolía el corazón como nunca.