Capítulo 9 — ¿Quién soy?

1540 Palabras
Todo era tan extraño, para cualquiera hubiese sido algo difícil de creer. Un simple deseo de dos personas, cumplido y ejecutado. Era para no creerlo. —¿Tu deseo se cumplió? —me preguntó, cuando dejó de llorar por completo. —Sí —contesté triste. Tomó mi rostro con sus dos manitos y me obligó a mirarla. —¿No estás contenta con tu deseo? —Anís… No lo sé, yo… Ni siquiera recuerdo que me hayas hablado del deseo. Recuerdo que me dijiste algo sobre un asteroide y del color verde. El sábado por la tarde, salí a caminar un rato y lo vi —miré al cielo —, allá —apunté con el dedo —. Pensé que sería una tontera pedirlo, pero igual lo hice —miré hacia abajo, porque mis lágrimas comenzaron a caer —¡Anís! —dije entre el llanto —¡Desee que mi familia no existiera! —cubrí mi rostro con mis manos y ella me abrazó. —¡¿Por qué hiciste eso?! Pensé que eras una chica feliz. —¿Feliz? ¡¿Qué acaso no me veías la cara todos los días?! —descubrí mi rostro. Estaba segura de que mi cara de amargura se notaba a distancia. —O sea, te veía cansada, pero no siendo infeliz. Lo siento mucho, Rigel, no debí meterte ideas tontas en la cabeza. Además, era solo una idea de niña pequeña, pedir deseos, ¡o sea vamos! ¡Que esas cosas no ocurren en la vida real! —me reí un poco entremedio del llanto, porque ella a veces era graciosa con sus gestos. —No te disculpes, pequeña —acaricié su cabello y traté de fingir una leve sonrisa —. Algo científicamente explicable debe haber sucedido. Quizá en alguna parte del mundo a alguien le sucedió lo mismo, quién sabe. —Mmm, no lo creo. Pedir deseos son cosas de niños. Los adultos no creen en esas cosas y al parecer, alguien más es una niña pequeña —me miró. —Sí, quizá lo soy —la abracé —. Debes ayudarme. —¿Ayudarte? ¿A qué? —A buscar una explicación a todo esto. ¡Es absurdo lo que sucedió! ¿Pedir un deseo y que realmente se cumpla? Debí pedir ganar la lotería. —Yo estoy muy feliz con mi deseo —dijo lo bastante satisfecha, como para que me recordara lo que me había dicho hace un momento atrás. —Me alegro mucho, Anís, de que las cosas en tu casa hayan cambiado. —Acerté con mi deseo. —Sí, lo hiciste. Ese día, después de acompañar a Anís a su casa y presentarme ante sus padres como su amiga de la librería, volví al centro de la ciudad. Sí, había decidido acompañarla para conocer al maldito de su padre. Obviamente, esa palabra solo estaba en mi mente. Caminé un par de cuadras hasta que me senté en una banqueta, en una calle cualquiera. Muy bien, ya sabía que Bautista y Augustus existían y que estaban bien. También sabía que Antares existía y que era exitosa en su trabajo. Me imaginaba que Moe y mi bebé Saturno también existían, ¿o quizá no? ¡Dios! No me imaginaba una vida sin mi Saturno. Pero debía pensar con la cabeza en frío y buscar algún indicio para encontrar a mi madre. Si Augustus era dueño de un viñedo, según el comercial, podía partir por ahí. Mamá solo había heredado esa casa en la que yo aún vivía. ¿Cómo diablos había llegado a vivir yo en esa casa, en esta realidad? —Bueno, esa es tarea para después —me dije. Saqué mi teléfono y revisé mis contactos. Había solo contactos con nombres que jamás en la vida había escuchado. No conocía a ninguno, pero me dolió ver que los nombres de mi familia no estaban. Respiré hondo y seguí en la búsqueda. Tenía fotos con personas que en mi perra vida había visto, de seguro eran ¿amigos? ¿otros familiares? Yo jamás había tenido amigos, o sea sí, pero ninguno que me durara toda la vida. Al final todos se alejaban de mí, porque era una maldita trabajólica esclava. Más allá de fotos y contactos que no conocía, no había nada más en ese teléfono. Decidí abrir el buscador de internet y coloqué el nombre de Augustus. En ese momento recordé, cuando la hermana menor de aquel chico del hospital me dijo: “¿Ottum? ¿Cómo los Ottum de Estocolmo?”. ¿Quiénes eran los Ottum de Estocolmo? Coloqué en el buscador “familia Ottum de Estocolmo” y quise morir, cuando vi las fotos, noticias, r************* , toda clase de cosas que se hablaban de aquella familia. Ahí estaban todos. Augustus, Antígona, Bautista, Antares, Moe y Saturno eran la famosa familia Ottum de Estocolmo. En esta nueva realidad, ellos sí eran familia, menos yo. Lloré muchísimo, durante mucho rato, apretando el teléfono contra mi pecho, porque dolía, tanto, tanto, que sentía que el corazón se me iba a romper en millones de pedacitos. No entendía por qué en esta realidad ellos seguían siendo familia. ¿Acaso yo había sido siempre el problema? O sea, sin mí eran personas exitosas, con mucho dinero al parecer. Y eran famosos, ¡muy famosos! Según internet. No entendía nada. Obviamente entendía que mi deseo se había vuelto realidad, pero ¿ellos? ¿Por qué ellos seguían siendo familia? No lo merecía, realmente no merecía estar sola. Ahora lo entendía. —Disculpa, ¿te encuentras bien? —me asusté, cuando una voz femenina me habló. Miré a quien había interrumpido mi llanto. Una chica hermosísima estaba frente a mí, ofreciéndome un pañuelo desechable para limpiar mis lágrimas. —Disculpa… Gracias —tomé su pañuelo y traté de limpiar mi nariz y mis lágrimas. —¿Por qué te disculpas? ¿Por llorar? —se sentó a mi lado. Su voz era extraña, casi como una voz angelical que provocaba una paz nunca experimentada. La miré con atención, se veía muy angelical también. —No lo sé. —No debes disculparte por llorar. A veces es bueno llorar, como que reinicia el alma —me dijo sonriente. —¿Tú crees? —dije entre suspiros. —Así es. No somos robots, de vez en cuando debemos permitirnos llorar. Como dicen en las r************* , una lloradita y a comenzar el día —sus palabras me calmaron un poco, era extraño. —Muchas gracias, eres muy amable. —Somos mujeres, entre nosotras debemos apoyarnos siempre —se puso de pie y estiró su mano —. Soy Ariela Paradise, mucho gusto —sonrió. Hasta su sonrisa era angelical, eso me sorprendió. Me puse de pie y tomé su mano. —Soy Rig… —dudé en decir mi apellido, porque con todo lo de esa mañana, había olvidado averiguar mi apellido en la librería —Soy Rigel, Rigel Ottum —dije un poco más bajo mi apellido, pero la chica lo escuchó igual. —¿Ottum? ¿Cómo los Ottum de la ciudad? —No. No somos parientes. Es solo un alcance de apellido. —¡Vaya! Pensé que no era un apellido común. Ahora veo que sí lo es —no sabía si tomarme a mal ese comentario o no. Pero no tenía ganas de ser pesada, así que, simplemente hice oídos sordos. —Muchas gracias por tu amabilidad. Ha sido de mucha ayuda. Ya debo ir a casa. —Espero que llegues bien a tu casa. Y recuerda, llorar de vez en cuando es bueno, sirve para despejarnos y pensar con mayor claridad. Espero volverte a ver. —Gracias. Agarré con firmeza mi bolso y me fui. Ese encuentro había sido extraño, realmente me había dejado con una sensación muy extraña, pero no la conocía, así que, traté de olvidar aquel momento del día. Estaba esperando en la parada del bus, cuando se me ocurrió algo. Quería ver a mis padres con mis propios ojos, a mi madre, sobre todo. Abrí el buscador de internet en mi teléfono y busqué el viñedo de Augustus, porque recordaba el nombre. Ingresé a la página web y busqué la opción para realizar una reserva y así poder asistir a una cata de vino. Solo se podía llamar por teléfono, así que, llamé. Desafortunadamente y luego de llamar cuatro veces de forma insistente, no pude reservar una cata de vino, porque estaban los cupos agotados. Me desanimé muchísimo, pero debía seguir buscando alguna forma de poder verlos en persona. Tomé el bus, cuando llegó y me fui a casa. necesitaba descansar después de todo lo que había vivido ese día. Ni siquiera comí, apenas llegué a casa subí a mi habitación y me acosté. No entendía cómo había llegado a esa casa, si en la realidad anterior, era una herencia de mamá. No sabía si en esta vida, la casa era mía o si la arrendaba. A decir verdad, no sabía nada de mí. ¿Había estudiado en la universidad? ¿Tenía otra familia, otros padres? ¿O era huérfana? Tampoco sabía cómo averiguar aquello. Solo sabía que conocía y que confiaba en una sola persona en esa realidad. En Anís.
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