Veintiún años antes:
―¿Qué es? ―preguntó Paul en voz baja, arrodillándose en el pequeño sendero que habían abierto los animales en la vegetación.
La melena de largos rizos cayó hacia delante, casi tocando la tierra, cuando la pequeña figura que lo acompañaba se acuclilló a su lado. Unos dedos pequeños se extendieron, sin casi rozar la ligera huella que había en el suelo húmedo. Trisha se concentró en su forma, imaginando mentalmente a todos los animales que vivían en la zona y qué aspecto tenían sus huellas. Sujetó con fuerza el pequeño arco que su padre le había hecho antes de alzar la vista y mirar a su alrededor con ojos oscuros y serios.
―Un puma ―susurró, abriendo mucho los ojos―. Uno viejo a juzgar por el tamaño de la huella. ¿Crees que está cerca?
―Dímelo tú ―le pidió Paul en voz baja, dirigiéndole una sonrisa orgullosa al rostro lleno de intensidad de su hija―. ¿De cuándo crees que es el rastro?
Trisha volvió a examinar la huella antes de pasar a la siguiente.
―No es antiguo. ¿Ves la manera en que ha hundido las hojas? Todavía están húmedas y tienen firmeza. Quizás sea de esta mañana ―musitó.
―Buen trabajo, pequeña. ―Paul se puso en pie―. Tenemos que volver al campamento. Ariel y Carmen van a acampar con nosotros esta noche.
Trisha le sonrió de oreja a oreja a su padre, entusiasmada.
―¿También va a venir su papá?
Paul se rio, colgándose la enorme mochila al hombre.
―Así es. Su madre ha ido a visitar a su hermana y a su padre se le ha ocurrido que sería una buena oportunidad para que las chicas no tengan que seguir sufriendo sus esfuerzos en la cocina.
Trisha se rio, descendiendo por el sendero.
―¿Podremos hablar esta noche con mami de todas formas?
Paul sintió una presión en el pecho ante su inocente felicidad. Si el clima lo permitía, ambos salían todas las noches y se tumbaban para mirar el cielo tachonado de brillantes estrellas, y cada noche Paul elegía una distinta para que su preciosa Evelyn los observase desde ella. Le daba las gracias todas las noches por haberle otorgado aquel regalo tan valioso que ahora avanzaba a saltitos delante de él. Solo se sentía en paz cuando estaba con su pequeña en la naturaleza, o tumbado bajo las estrellas y hablando con su preciosa esposa. Alzó los ojos hacia el cielo azul y despejado, preguntándose si la sensación de que ahí fuera había alguien esperándole lo seguiría carcomiendo eternamente. Había intentado buscar a esa persona, pero ninguna de las mujeres que había conocido hasta ahora había logrado tranquilizar la inquietud de su alma.
Bajó la mirada bruscamente al notar el cambio que se producía en el bosque. Trisha lo reconoció al mismo tiempo y su pequeño cuerpo se quedó paralizado, completamente inmóvil. A Paul el vello se le puso de punta a modo de advertencia.
―Trisha, ven aquí, pequeña ―dijo en voz baja.
Esta retrocedió al instante, examinando el bosque en busca de lo que había hecho que ambos fuesen conscientes de que había peligro cerca. Paul se apoyó el rifle contra el hombro y separó más los pies para que, se tratase lo que se tratase, tuviese que pasar primero por encima de él.
―Trisha, súbete a un árbol, ahora ―siseó sin alzar el volumen―. No bajes hasta que te lo diga.
Oyó cómo Trisha se subía a una rama baja y empezaba a escalar, pero no se giró para mirarla. Dejó que sus oídos le guiasen y le indicasen que su preciosa hija estaba a salvo.
Oyó un crujido a su izquierda, entre los árboles, antes de que el viejo puma emergiese corriendo hacia él. Paul se mantuvo firme hasta que supo que tenía un tiro limpio y no se movió en lo más mínimo, esperando. Si fallaba, dejaría al animal herido, y aquello lo volvería todavía más peligroso. El puma saltó y Paul disparó. La fuerza del disparo le atravesó el corazón al animal, lanzándolo a un lado y haciéndolo rodar hasta desaparecer entre los altos arbustos que cubrían el suelo del bosque. Paul tiró del cerrojo del libre, liberando el casquillo usado y cargando otra bala en la cámara con una eficiencia tranquila fruto de muchos años de entrenamiento.
―Papi ―susurró Trisha―. Lo veo. Es un puma. No se mueve.
―Quédate ahí, pequeña. Voy a asegurarme de que está muerto ―contestó Paul, avanzando poco a poco.
Se abrió paso entre los arbustos hasta llegar junto al puma. Había sido una muerte limpia. No era normal que un puma descendiese hasta aquella altura de la montaña. Paul se arrodilló junto al enorme y viejo felino y lo examinó rápidamente. Estaba muy delgado, y cuando le abrió la boca vio que los dientes estaban en mal estado. Le miró las patas, y en la pata trasera izquierda encontró un corte profundo que se había infectado.
―Es hora de ir hacia tu siguiente vida, viejo amigo ―dijo en voz baja, apoyando la palma por un momento sobre la cabeza del viejo puma―. Que la tierra tome tu cuerpo y nutra con él a otros. ―Después se puso de pie y se acercó al árbol en el que estaba Trisha, de pie sobre una de las ramas y observándolo―. Baja, pequeña. No podemos hacer nada por él.
Mantuvo la mirada fija en Trisha mientras esta bajaba, extendiendo los brazos y cogiéndola en cuanto estuvo a su alcance. Sonrió cuando aquellos rizos salvajes se balancearon alrededor de Trisha cuando la niña se aferró a él por un instante. Aquella noche tendría que pasarse un buen rato desenredándolos.
Alzó la vista una última vez hacia el despejado cielo azul y le dio las gracias a su preciosa esposa por cuidar de ellos. El peso que sentía en el corazón se aligeró, casi como si pudiese sentirla sonriéndoles.
«Algún día», pensó Paul, «algún día encontraré a la mujer capaz de llenarme el corazón como lo hacías tú».