Capítulo 1

3514 Palabras
1 En la actualidad: Paul pasó los dedos sobre las marcas de quemaduras. Había estado en aquel lugar al menos una docena de veces en los últimos seis meses, y se negaba a rendirse. Había sido él quien había encontrado la cabaña que había a unos ocho kilómetros del final de la carretera, y había sido él el que había encontrado el primero de los cuatro cuerpos que había enterrados a su alrededor. El estómago se le revolvió al recordarlo. Había llamado a Trisha cuando esta no se había presentado tal y como había prometido. Trisha siempre respondía a sus llamadas si le era posible y, si por alguna razón alguno de ellos no estaba disponible, siempre devolvían la llamada en cuanto podían sin importar qué hora fuese del día o de la noche. Dos días más tarde había recibido una llamada de la policía estatal de California. Trisha y varias mujeres más habían desaparecido y su hija no había vuelto con el avión de Boswell International. El jet empresarial experimental todavía estaba en la pista de aterrizaje de Shelby, en California. Paul se había pasado toda la noche conduciendo para llegar al lugar en cuestión, donde un sistema de seguridad nuevo le había permitido ver lo que había ocurrido en aquel aparcamiento mal iluminado. El sheriff local había secuestrado a Abby Tanner, una artista a la que su hija y la amiga de la infancia de esta, Ariel, habían traído de vuelta desde Nueva York. El FBI y la policía estatal se habían hecho cargo de la investigación al ver que uno de los suyos estaba implicado, y tras pedir algunos favores Paul había recibido permiso para ayudar con la búsqueda gracias a su experiencia siguiendo rastros en la naturaleza. Hicieron falta tres días para que localizasen las camionetas de Abby y del sheriff. La moto que su hija en espíritu, Carmen Walker, había pedido que le dejasen en el aparcamiento había aparecido tirada en el suelo, detrás de las furgonetas, y las marcas de frenado habían dejado claro que Carmen había tumbado la moto a toda prisa. Durante aquellos tres días Paul había descubierto cosas sobre el sheriff de la zona, un tal Clay Thomas, que le habían helado la sangre. Thomas había sido expulsado de los Marines bajo sospecha de haber asesinado a varias mujeres fuera de la base en la que había estado asignado en Oriente Medio. No habían logrado dar con ningún cuerpo, así que no había habido prueba alguna, pero Paul había pedido algunos favores más y había recibido una copia de todos los informes. Tras revisarlos uno a uno con suma atención había conseguido montar una narrativa aterradora de un hombre que disfrutaba haciendo daño a otros, especialmente a mujeres. Todas las familias que habían sido entrevistadas habían comentado el modo en que Thomas había acosado a sus esposas, hermanas o hijas. Lo habían denunciado frente a las autoridades, pero nunca se había hecho nada al respecto, ni siquiera después de que aquellos seres queridos hubiesen desaparecido misteriosamente. Thomas siempre había tenido coartada, y cuidaba mucho de asegurarse de que nadie lo seguía cuando salía de la base. Para cuando Paul había encontrado la cabaña, ya había sabido que estaban lidiando con un asesino en serie. Dentro del edificio había una amplia variedad de instrumentos diseñados para infligir la mayor cantidad de dolor, y la sangre seca se había acumulado entre los listos de madera del suelo. Paul había rodeado la propiedad mientras los investigadores invadían la zona. Necesitaba «ver» el área antes de que todos los «expertos» destruyesen las pruebas. Había ido ampliando el círculo hasta el momento en que había encontrado la primera tumba. El cuerpo de la mujer había sido descuartizado antes de ser envuelto en plástico y enterrado a poca profundidad, y Paul había encontrado otros tres cuerpos antes de estar seguro de que no había más. Una parte de él había ido muriendo tras cada hallazgo. Su mayor miedo, el que Trisha, Ariel o Carmen fuesen una de aquellas mujeres, lo carcomía. Habían hecho falta dos largos meses antes de que los resultados mostrasen que ninguna de las mujeres eran las viajeras del avión. Desde entonces Paul había estado yendo una vez al mes desde su rancho en Wyoming a Shelby, en California, para volver a visitar aquellos lugares en busca de más pistas. En aquel momento estaba allí, de pie, examinando las marcas de quemaduras de los árboles. El informe del investigador especializado en incendios había sido no concluyente. No se habían encontrado rastros de productos químicos, ni tampoco ninguna explicación de cómo ni qué podría haber causado un fuego que ardiese a tanta temperatura como para reducir a ceniza una pequeña zona y dejar todo lo demás intacto. Las marcas eran extremadamente precisas, casi como si las llamas se hubiesen originado a partir de una fuente que pudiese apuntarse. Paul les había enseñado fotografías de los daños a expertos militares, pero incluso ellos se habían mostrado confundidos. Un informe afirmaba que no había ningún modo conocido en la Tierra que pudiese haber creado llamas lo bastante intensas como para provocar aquellos daños sin prenderle fuego a todo el bosque alrededor. Paul se quedó allí, mirando el lugar donde un joven investigador había encontrado una fina capa de cenizas. El análisis había sugerido que se trataban de restos humanos, pero ni siquiera la cremación lograba reducir un cuerpo a una ceniza tan fina. Paul sacó un pequeño pañuelo doblado de su bolsillo. Lo abrió y miró la escama del tamaño de una moneda de un dólar que descansaba sobre la blancura del pañuelo. La había encontrado clavada en la corteza de un árbol, cerca de donde se había descubierto la ceniza; una escama roja con motas veces y doradas en los bordes. Había hecho que la analizasen en la Universidad Estatal de Wyoming a través de Hugh Little, un amigo del instituto que ahora trabajaba en el departamento de investigación biológica. Sintió un escalofrío al recordar aquella llamada que había recibido bien entrada la noche. ―Hola, Paul ―había dicho Hugh, entusiasmado―. Eh, verás, necesito que me llames tan pronto como vuelvas. Es sobre la escama que me enviaste. Tenemos que hablar de ella cuanto antes. ―Hugh había sonado tan excitado que Paul había decidido ir directo al campus en el que trabajaba Hugh, conduciendo cuatrocientos kilómetros extra. Hugh lo había recibido con un entusiasmo exagerado que Paul nunca había visto en aquel hombre habitualmente tranquilo. Se había llevado a Paul a su laboratorio y había empezado a explicarle sus hallazgos. Paul lo había escuchado con atención, pero lo que realmente lo había cautivado eran las imágenes. ―La escama proviene de alguna clase de criatura, de eso no me cabe duda. Al principio creía que podía ser un reptil, pero ya no lo creo. No se parece a nada que haya visto antes. No se trata siquiera de su composición química, ni siquiera de su tamaño; mira qué pasa cuando aumento la imagen ―le había explicado Hugh. Paul había mirado mientras la imagen borrosa de la escama se iba aclarando hasta dejar visible un patrón intrincado. El borde era una curva perfecta, con una fina línea dorada que la reseguía y con líneas oblicuas de un verde oscuro que se cruzaban con ella. El rojo había destellado con un remolino de colores, haciendo que pareciese que estaba en llamas, y en el centro de la escama había habido lo que parecía una lanza. Paul se había acercado, examinando con atención el dibujo. ―¿Es de verdad? ―le había preguntado a Hugh con tono calmado y pensativo. ―Oh, vaya si es de verdad. ¿Ves esos colores que giran? He intentado tomar una muestra y ha destrozado todas las agujas que he probado. Cuando he intentado cortar la escama, ha derretido la hoja ―contestó este―. No sé de dónde la has sacado, pero te diré una cosa; nunca he visto nada parecido en la Tierra. Una oleada de pavor helado había recorrido a Paul mientras miraba fijamente aquel rojo ondulante. Era la tercera vez que alguien decía algo parecido. Se había llevado la escama consigo aun a pesar de las protestas de Hugh de que necesitaba hacer más pruebas, explicándole que por ahora hacía falta para una investigación pero que, una vez que encontrasen a Trisha, podría enviársela. Pero, por ahora, la escama la necesitaba él. Paul echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo nublado; llovería pronto. Lo olía en el aire. Volvió a su camioneta, sumido en sus pensamientos y mirando a su alrededor una última vez antes de sentarse tras el volante. Todavía le quedaba otra persona a la que visitar antes de volver a casa. Había descubierto el nombre de aquella persona hacía tan solo un par de días, ya que ninguno de los investigadores había creído que la anciana amiga de la artista fuese lo bastante importante como para interrogarla. Paul recogió la tablilla que había sobre el salpicadero y consultó la dirección. Edna Grey, sesenta y tres años, amiga de la familia de Abby Tanner. Grey había conocido a los abuelos de Abby, quienes habían sido los responsables de criar a la chica, y había trabajado con ellos en el mundo del espectáculo antes de jubilarse. Abby a menudo cuidaba de sus animales cuando Grey se marchaba para visitar a sus hijos, según varios de los informantes con los que había hablado Paul. Dejó la tablilla en el asiento del copiloto y encendió el motor de su gran Ford 250. Puso la marcha atrás, cambiando de sentido con tres maniobras para poder poner rumbo a la montaña. Entró en la autopista y activó el limpiaparabrisas cuando empezó a caer la lluvia. Le rezó a Dios para que aquella Edna Grey pudiese aportarle algo de información útil; empezaba a quedarse sin pistas. Se frotó el pecho en el lado del corazón. Sabía que su pequeña estaba viva. Podía sentirla. No era como cuando Evelyn había muerto. Con Evelyn había sabido al instante que se había ido, había podido sentir el vacío en su corazón. Había sabido que había ocurrido algo antes incluso de recibir la llamada de su madre, que había estado de visita cuando Evelyn se había desplomado. No, Trisha seguía con vida, sentía cómo lo llamaba. Era casi tan fuerte como la otra sensación que también había estado sintiendo últimamente, la sensación de que su vida estaba a punto de cambiar. Se sentía inquieto, como si algo lo estuviese llamando y diciéndole que el vacío que llevaba tanto tiempo sintiendo estaba a punto de llenarse hasta rebosar. Puso el intermitente y disminuyó la velocidad para tomar la estrecha curva que llevaba a un largo camino de acceso de grava. Al final del camino y a través del parabrisas cubierto de gotas de lluvia pudo ver una casa grande de dos pisos. Un amplio porche rodeaba el edificio; casi parecía que les diera la bienvenida a los invitados para que se quedasen un rato. Paul se detuvo delante de los escalones y apagó el motor. Abrió la puerta, inclinando el sombrero de ala que llevaba puesto para protegerse el rostro del frío de la llovizna, y se dirigió al porche, subiendo los escalones de dos en dos. Se oyó un ladrido bajo al otro lado de la puerta y esta se abrió antes de que tuviese ocasión de llamar, revelando el suave rostro de una mujer que debía de rondar los sesenta y cinco. Tenía el cabello largo y canoso recogido en una trenza, e iba vestida con unos vaqueros desgastados y una camisa de vestir azul metida dentro de los pantalones. La mujer guardó silencio por un instante antes de sonreír y abrir la puerta mosquitera. Junto a ella había un golden retriever de buen tamaño con una pelota de tenis verde lima en la boca y que agitaba la cola de un lado al otro. ―Señora Grey, me llamo Paul Grove ―se presentó Paul, quitándose en sombrero y sosteniéndolo con nerviosismo entre las manos―. Mi hija es Trisha Grove. Era la piloto del avión que trajo de vuelta a su amiga Abby Tanner. Edna asintió mientras las lágrimas le inundaban los ojos. ―Entre. Estaba esperando a que viniese alguien. Paul inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento y entró sin hacer ruido en la casa. Miró a su alrededor mientras los ojos se le ajustaban a la poca luz del interior, tomando nota de todo con un solo vistazo. Vio las fotografías de cantantes y actores famosos que se mezclaban con las de la familia de Edna en una de las paredes, y después desvió la vista hacia la vitrina llena de premios. ―Sígame ―dijo Edna, dirigiéndose a la parte posterior de la casa. Paul le echó un vistazo a las escaleras, percatándose de la madera gastada pero pulida de los escalones, y analizó la sala de estar formal junto a la que pasaron. Siguió a Edna por un pasillo estrecho hasta llegar a una cocina bien iluminada y muy moderna. La pared del fondo tenía unos grandes ventanales que dejaban entrar mucha luz natural. Edna le hizo un gesto para que se sentase en la mesa blanca y con marcas de uso que había cerca de la ventana mientras ella ponía agua a hervir. ―Voy a contarle una historia, Paul Grove. Seguramente crea que soy una anciana senil que vive en su mundo de fantasía, pero no es así ―dijo, mirando fijamente a Paul con una sonrisa firme pero tranquilizadora―. Si me cree o no depende de usted. Yo solo puedo decirle lo que sé y lo que sospecho. ―¿Está viva mi hija? ―preguntó Paul con voz grave y brusca. Edna sonrió mientras el agua hervía, sin mirarlo a él sino al vapor que salía de la tetera. ―Deje que le cuente mi cuento y después podrá hacerme esa pregunta. Sirvió el agua en dos tazas y abrió uno de los armarios para sacar un par de bolsitas de té que colocó en las tazas. Dejó cada taza sobre un platillo y las llevó a la mesa, colocando una de ellas frente a Paul y la otra frente a tu su propia silla antes de sentarse. El golden retriever entró en la cocina y se acurrucó a sus pies, dejando caer la pelota entre sus patas antes de apoyar la cabeza sobre ella con un gimoteo. ―Bo echa de menos a Abby ―dijo Edna antes de soplar su té y tomar un sorbo―. Y yo también, pero está en un lugar mejor. O al menos eso creo. ―¿Dónde crees que está? ―preguntó Paul, rodeando la taza con manos frías, pero no bebió el aromático líquido. Edna suspiró antes de mirarlo con ojos claros y llenos de inteligencia. ―Hace seis meses dejé a mi perro Bo y a mi mula Gloria en casa de Abby, en las montañas. Abby heredó la cabaña de sus abuelos y, habiendo nacido y crecido allí, no planeaba irse nunca ―explicó, haciendo una pausa para tomar otro sorbo. Paul no dijo nada, simplemente esperó a que Edna estuviese lista para continuar. Sabía que, si esperaba y escuchaba a la gente durante el tiempo suficiente, averiguaría más cosas que si intentaba meterles prisa. Edna asintió y le sonrió. ―Le habría caído bien. Es un hombre paciente, Paul Grove. Abby había estado trabajando en una pieza muy elaborada de vidrio coloreado para los Boswell y por lo que sé su hija Trisha era la piloto del vuelo. ―Además de otras tres mujeres muy importantes para mí ―concordó Paul―. Trisha era la piloto. Dos de sus amigas de la infancia también estaban a bordo, además de otra joven a la que mi hija y Ariel habían tomado bajo su protección. ―Sí, leí algo sobre ellas en el periódico. Es lo que no decía el periódico lo que necesitas saber ―repuso Edna, inclinándose hacia delante―. Cuando volví a recoger a Bo y Gloria después de mi visita a mi hijo y mi nuera, me encontré con que Abby ya no estaba sola. Había un hombre, un hombre como nunca había visto. Había un aire salvaje en él, un poder que no era… normal. El rostro de Paul se tensó, convirtiéndose en una máscara petrificada. ―¿Cree que le hizo daño a Abby? Edna negó con la cabeza y se reclinó en su silla. ―Al contrario. Creo que la salvó… y también a su hija y a las demás mujeres. ―¿Qué le hace pensar eso? ―preguntó Paul con rigidez―. Acaba de admitir que había algo en él que no encajaba. ¿Qué había que fuese distinto? La sonrisa de Edna se esfumó y sus ojos se oscurecieron por los recuerdos. ―Que la amaba, y que juró que haría todo lo que estuviese en su mano para protegerla y hacerla feliz. Y le creí. Verá, se llamaba Zoran Reykill, y era un alienígena proveniente de otro planeta ―dijo con cuidado. Paul apretó los labios, devolviéndola la mirada sin parpadear. ―¿Espera que me crea que a mi hija la han secuestrado los alienígenas? ―preguntó con voz grave y carente de emoción. ―Secuestrado no, rescatado ―replicó Edna a la ligera, tomando un sorbo de té―. Ya le he dicho que me preocupé al ver que había un desconocido con Abby. Tiene que comprender que Abby es una persona muy callada y reservada; no se abre a la gente con facilidad. Era de lo más feliz sola en su montaña, y aquel hombre era muy grande, incluso más grande que usted. Tenía el cabello n***o y largo hasta la espalda, y ojos completamente dorados con pupilas verticales. Me comprendía cuando le hablaba, pero yo no logré entenderle hasta que… ―Dejó de hablar al recordar la nave dorada del prado. ―¿Hasta que…? ―la animó Paul sin alzar la voz. ―Hasta que me llevó a su nave ―siguió Edna suavemente―. Zoran me llevó hasta el prado que hay no muy lejos de la cabaña. Al principio no había nada, pero de repente una gran nave dorada apareció de la nada, flotando a varios palmos del suelo. Estaba viva. Vi cómo giraban los colores y se estremeció cuando me acerqué. Zoran la tocó y de golpe apareció una puerta y unas escaleras, y me llevó dentro. Debajo de nosotros se formaron unos asientos dorados y apareció un panel. Mientras estuvimos dentro de la nave, pude entender todo lo que me decía. ―Miró a Paul con la determinación reflejándose en sus ojos―. Me dijo que se había estrellado en nuestro mundo y que Abby lo había encontrado y había cuidado de él, y que sabía que era su compañera predestinada. Me dijo que, cuando se marchase, se la llevaría con él. No me lo estoy inventando. No tengo ninguna prueba más allá de lo que te he contado; de usted depende si me cree o no. ¿Puede explicarme qué es lo que ha encontrado? No es usted el único que ha estado investigando, señor Grove. Sé qué pruebas quedaron, y sé cuál es su trabajo. ¿Qué sugiere todo lo que ha encontrado? ―lo presionó. Paul dejó de mirarla para mirar en su lugar por la ventana, hacia el establo frente al que había una mula vieja, mojándose bajo la suave lluvia. Desvió la mirada hacia las montañas del fondo antes de volver girarse hacia la mujer que tenía delante. ―Que algo que no es de la Tierra estuvo presente ―contestó en voz baja. Edna asintió lentamente. ―Y ahora voy a hacerle la misma pregunta que me ha hecho: ¿está viva su hija? ―le preguntó con suavidad, poniendo la mano sobre la suya. Paul miró su taza de té todavía intacta y tragó el nudo que sentía en la garganta. Las lágrimas le quemaban tras los párpados al imaginarse a su preciosa pequeña. Se preguntó si sería feliz, si estaría a salvo, si lo echaba de menos tanto como la echaba de menos él. Volvió a levantar la vista y por fin asintió. ―Sí, sigue viva, pero no sé qué hacer ahora. ¿Cómo puedo traerla de vuelta a casa si se la han llevado a otro planeta? ―preguntó, pronunciando en voz alta aquel miedo frente a la mujer que le había dado las únicas respuestas que empezaban a tener sentido. Edna se reclinó en su silla. ―Algo me dice que no podrá ser feliz de verdad sin usted, del mismo modo en que usted no puede ser feliz de verdad sin ella. Si es siquiera la mitad de tenaz de lo que lo es usted, no me sorprendería para nada que los alienígenas volviesen. Y, cuando llegue ese momento, quizás no sea para que la traiga de vuelta, sino para que ella lo lleve consigo. Paul la miró durante varios segundos. Por primera vez en seis meses, sentía cómo la esperanza empezaba a germinar en su interior. Se pasó una hora con Edna, haciéndole pregunta tras pregunta e intentando aprender todo lo posible sobre aquel tal Zoran Reykill y su nave dorada. Rechazó con educación el quedarse a cenar, diciéndole a Edna que tenía muchas cosas en las que pensar durante el largo camino de vuelta. Se despidió de Edna y Bo con un asentimiento de cabeza mientras se alejaba con el coche, poniendo rumbo a su rancho, e hizo varias llamadas durante el largo camino de vuelta. Tenía muchos asuntos que cerrar. Si su pequeña había ido a las estrellas como siempre le había prometido, entonces tendría que ocuparse de ciertos asuntos. Después de todo, él siempre le había prometido que, si Trisha iba a las estrellas, iría con ella.
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