Jueves veintinueve del dos mil diez

4308 Palabras
Capítulo 11 Desperté, me coloqué el uniforme, peiné mi cabello y me dispuse a desayunar en total silencio. Mamá me había llamado como a las cinco de la mañana, Eddy estaba mejor y le darían el alta ese día en la noche si no ocurría ningún contratiempo. Te lo adelantaré para que no te preocupes, no ocurrió ningún contratiempo así que mi hermano volvió a casa con la suficiente energía como para verse una maratón de Bob Esponja. Y a pesar de que no había forma de que lo supiese, de todas formas, me sentía más tranquila, el saber que mi hermano estaba mucho mejor de lo que estaba anoche me tranquilizaba con demasía. Sin embargo, el tener una preocupación menos atormentando mi cabeza, hacía que hubiese más espacio para otros problemas, que quizá no eran tan importantes como lo de Eddy, pero a mis quince años realmente los veía como un problema. Antes de que me fuera al hospital con Eddy, Nathaniel Johns me había confesado sus sentimientos, había admitido que le gustaba y me había pedido que le crea. Déjame decirte que una parte de mí aún seguía dubitativa, pero otra parte de mí ya estaba empezando a creerle. Realmente estaba viviendo una historia de romance escolar, el perfecto cliché de la chica nerd y el chico popular, sonaba tan perfecto como para ser real, pero estaba sucediendo, realmente estaba sucediendo y me estaba sucediendo, a mí, Madeleine Tucker, me estaba sucediendo a mí. Lastimosamente no pude ver su último mensaje, no pude darle una respuesta y eso provocó que creyese que no quería aceptarle ni creerle, cuando lo cierto era todo lo contrario. Realmente quería gustarle, realmente me imaginaba siendo su novia, tomarlo de la mano, teniendo citas y quizá ver películas abrazados en el sofá. Todas y cada una de las fantasías que una adolescente podía tener, yo las tenía con Nate. En verdad quería aceptar que sus palabras eran verdad, en verdad quería ignorar las palabras de mi madre. Por lo que, pese a todo el lío que había ocurrido y seguía ocurriendo en mi casa, a mis quince años, lo que más me preocupaba era que Nate pensaba que no quería aceptarle. Lavé mis trastos, tomé mi mochila y salí de mi casa. Tenía un único pensamiento en mente en ese momento: Hablar con Nate. Mi idea era ir a su casillero, contarle lo que había pasado y decirle que quería aceptar sus sentimientos. Según yo, era el plan perfecto, solo necesitaba caminar hasta él, hablarle y mágicamente todo se solucionaría. El único problema era que cada vez que intentaba halar con él, me ponía muy nerviosa como para hilar oraciones. Habían sido muy pocas las veces en las que pude sostener una conversación con él sin ahogarme en mis nervios, y una de esas tuvo alcohol de por medio. Así que me estaba preparando mentalmente para lo que sería uno de los momentos más bochornosos de mi vida: Tener que hablarle a Nathaniel Johns. Llegué a la escuela, me aferré a las correas de mi mochila y caminé por el pasillo con paso firme. Era jueves, los jueves no teníamos ni una sola clase juntos, por lo que tenía solo ese momento, antes de la campana, para poder hablar con él. Miré mi reloj, era muy temprano aún, los alumnos apenas y estaban llegando. Eso me tranquilizaba, porque se me hacía más cómodo el esperarlo en su casillero que encontrarlo ahí, no quería encontrarlo ahí porque lo más seguro sería que me acobardase si lo veía. Llegué a su casillero, para mi fortuna él aún no estaba ahí. Me recosté en la pared y solté un suspiro de alivio. En serio esperaba que las cosas salieran bien, porque en serio quería que las cosas salieran bien, en serio quería vivir mi propia historia de amor escolar. — ¡Maddy! — ¡Ah! — pegué un grito, el rubio delante de mí comenzó a reír — j***r… — me llevé una mano al pecho — ¿Es de jugadores de soccer el hacer que sus compañeras de clases sufran infartos? — ¿Qué…? Riker Mallow me miró con expresión de confusión. — Yo me entiendo… La verdad es que no, no me entendía a mí misma en lo absoluto. No entendía como podía hablarle con total normalidad al chico más guapo del noveno grado, al gran Riker Mallow, leyenda de la secundaria, con sus ojos cafés y su perfecto cabello dorado ¡No lo entendía! Supongo que era porque lo conocía desde la primera, pero jamás me puse nerviosa con él o con cualquier otro chico con el que haya tenido que interactuar a lo largo de mi vida. Nate era el único chico con el que me ponía nerviosa, por alguna razón que hasta el día de hoy no entiendo, desde que le conocí, él era el único chico con el que me sentía nerviosa. — Y… — Riker me miró con una ceja alzada — ¿Qué haces el casillero de mi amigo? — Ah… pues… Mierda, no sabía que contestarle. — ¿Algo pasa entre ustedes? — preguntó Riker — ¿Te gusta Nate? — ¿Qué…? Jamás me voy a poder olvidar de ese momento. La mirada acusadora de Riker, una mirada inquisidora, como si pudiera leerme la mente. Miles de preguntas empezaron a rondar por mi cabeza en ese momento ¿Por qué me hacía esa pregunta? ¿Él había notado algo? ¿Nate le había dicho algo? Y ninguna podía ser contestada y en verdad quería que fuesen contestadas, porque si la respuesta era afirmativa, eso significaría, según yo, que esto no era una treta o una apuesta, porque su mejor amigo me estaría confirmando que todo lo que Nate me había dicho era verdad. — Sí, te he visto como lo miras… Toda la emoción que estaba sintiendo en ese momento se fue a la mierda. — Yo no lo miro… — me acomodé el cabello detrás de la oreja — Él es quien me mira… — miré al rubio, este de nuevo tenía una ceja alzada — ¿Por qué me preguntas esto? Necesitaba saber, incluso si sabía que no me diría la verdad, necesitaba preguntárselo. Quería confirmar que esto no era una treta, que no era una apuesta en mi contra, quería saber si las cosas tan lindas que Nathaniel me había dicho la noche anterior eran verdad. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad, el estómago comenzó a dolerme y las manos me comenzaron a sudar. — Porque a Nathaniel le gustas — contestó, sonriendo — Y cada vez que apareces en su radar, se distrae de una forma… — soltó una risita — Necesito a mi delantero concentrado en el juego, no en su ratita de biblioteca… — ¿Me acabas de llamar “Rata de biblioteca”? — Con cariñito, somos amigos desde la primaria — ¿Lo somos? No pude evitar preguntarlo, Riker me miró con confusión ¡¿En serio Riker Mallow pensaba que éramos amigos?! ¡¿En serio me estaba pasando esto?! Lo recuerdo y no puedo evitar reír, como se veía tan sonriente y confundido al mismo tiempo. Riker Mallow creía que era mi amigo, era amiga de Riker Mallow y recién me enteraba. — Así que… ¿Pasa algo entre ustedes? — volvió a reír — Porque anoche me dijo que tú le habías dejado colgado y no quiero que ande distraído en la práctica… — Eso no es cierto, no le “Dejé colgado” — abracé mi libro Geometría con fuerza — Es que… — Sea lo que sea que esté pasando, soluciónalo, porque la temporada de soccer va a comenzar pronto y no le quiero sufriendo por ti, Ratita — Él no sufre por mí… ¡Y un carajo! ¡Quería pensar que sí! No lo podía creer, Riker Mallow acaba de decir que Nathaniel Johns sufría por mí, que se distraía conmigo ¡Que le gustaba! ¿Qué más pruebas quería de que no era una broma y que todo eso sí estaba sucediendo de verdad? Me empecé a sentir feliz, me sentía muy feliz en ese momento. Todas mis inseguridades acerca de mi apariencia, todas las cosas que mi madre me había dicho, todo eso desapareció. Realmente le gustaba a Nathaniel Johns y su mejor amigo me lo estaba confirmando. En ese momento no lo podía saber, pero fue ese día Jueves veintinueve de setiembre del dos mil diez, cuando comenzó mi perfecta historia de romance escolar ¡Pero no nos adelantemos a los hechos! Aún tengo mucho que contarte y no te confundas, porque este capítulo aún no termina. — Hola… Me quedé callada al instante, Nate acababa de aparecer. — Hola… Me atreví a saludarle, sintiendo cómo el estómago se me revolvía… sabía que eso me ocurriría tan pronto como le viera. — Hola, viejo… Los chicos chocaron puños. — Riker… — saludó Nate, sin apartar los ojos de mí — ¿Qué sucede? — Ah… pues… yo… Mal momento para balbucear Maddy, mal momento para ponerte a balbucear. — Nada… — Riker pasó su brazo por mis hombros, al instante me quité, Nate lo fulminó con la mirada — Solo le estaba pidiendo a Maddy que deje de distraerte — Ah… eh… ah… El rostro de Nate se tornó totalmente rojo, Riker comenzó a carcajearse, y yo me sentía cada vez más incómoda. No lo podía creer, Riker estaba burlándose de Nate por gustar de mí ¡En el buen sentido! j***r, incluso en mi adultez, ese momento se me hace tan irreal y al mismo tiempo tan hermoso. Nathaniel Johns realmente gustaba de mí ¡Él realmente gustaba de mí! — Bueno… los dejo solos Y diciendo esto, Riker se fue corriendo en medio de más risas. — Ah… hola… Saludó, rascándose la nuca. — Hola… Saludé, mirando directo a esos ojos verdes que tanto me gustaban. — Supongo que ahora el nervioso soy yo… Confesó, no pude evitar reír. — Lo siento… — No te disculpes… — Eh… — bajé la mirada, abracé con fuerza mi libro, tenía que darme el valor — ¿Podemos hablar? — No, Maddy… — ¿Qué…? — Anoche te dije lo que sentía y… — se encogió de hombros — No te importó — Eso no es cierto — ¿Entonces? — me miró fijamente — ¿Qué me vas a decir? — Pues… yo… la verdad es que… yo… Me sentía tan frustrada conmigo misma ¡Estaba desperdiciando el momento! Le tenía delante, mirándome fijamente con esos ojos verdes ¡Y no lograba hilar ni una sola oración! Quería decirle, contarle lo que había ocurrido, decirle que no era cierto lo que él pensaba, que lo cierto era que quería aceptar sus palabras, que quería creer en lo que me decía, pero mis nervios me estaban jugando en contra. — Mira… — soltó un suspiro — La campana ya va a sonar y tenemos clases — ¡Espera! Le tomé de la mano, dejando caer mi libro de geometría, él solo me miró. — ¿Qué…? — preguntó — Maddy… sé que te pongo nerviosa, pero en serio me encantaría que fueses capaz de hablar conmigo — Eso intento… — susurro — Es solo que… — ¿Solo que…? — Realmente se me hace difícil… La campana comenzó a sonar. — Bueno… — se zafa de mi agarre con delicadeza — Ojalá puedas encontrar la manera de que se te haga fácil… — Nate… — Nos vemos luego… espero… Y diciendo esto, el chico nuevo se alejó de mí. Me sentía tan idiota en esos momentos ¡Lo había arruinado todo! Había tenido la oportunidad perfecta ¡Y la había desperdiciado! Nate creía que no me importaban sus sentimientos ¡Y eso me desesperaba! Si me pongo a pensar en ello, Riker tenía razón, se me notaba en la cara lo mucho que me gustaba Nathaniel Johns, así que no podía entender por qué Nate creía que no me importaban sus sentimientos ¡Cuando la verdad es que me importaban y mucho! Supongo que, lo que él realmente quería, y después comprobé que así era, era que yo lo admitiera en voz alta. Déjame decirte algo, Nate es una persona muy observadora y empática; él se había dado cuenta, y me lo había dicho, de que mi personalidad cambiaba cuando estaba con Jacob y Sabrina. Nate quería lograr que me sintiera igual de cómoda con él, y admitir algo así rompería un poco ese muro de nerviosismo con el que siempre me cubría ante él. El problema era que yo era una muy insegura y dañada adolescente de quince años y realmente se me hacía difícil el expresar esos sentimientos. La verdad, admitir abiertamente mis sentimientos, el cómo me sentía, se me hacía casi imposible. Había vivido toda mi vida sin poder expresar abiertamente cómo me sentía, que en ese momento se me hacía casi imposible. — Entonces… ¿Eso fue lo que pasó? Preguntó Sabrina, asentí con la cabeza. — Oh, nena… Jacob, me apretó la mano con gentileza. — Gracias chicos Ambos me abrazaron, sonreí. — Pero… ¿Tu hermano se pondrá mejor? Preguntó Sabrina, me encogí de hombros. Les conté a mis amigos, no había ningún motivo por el cual no contárselos, además de que necesitaba de su apoyo moral. Mamá me había mandado un mensaje al móvil diciendo que Eddy estaba evolucionando bien y que todo apuntaba a que regresaría a casa en la noche. Así que, en ese momento, con mis amigos, me sentía mucho mejor. — ¿Y qué harás con el otro tema? — preguntó Jacob, dándole un sorbo a su bebida — El asunto con Nate y todo eso — No lo sé… Contesté, apoyando la cabeza en una mano. — No hay que pensar mucho — habló Sabrina — Simplemente dile lo que pasó, que tuviste que irte al hospital con tu hermano porque este sufrió una crisis — Lo sé, sé que eso es lo que “Debo de hacer” — solté un suspiro — El problema es que… él quiere que le diga “Algo” — ¿Algo como qué? Preguntó Jacob. — Creo que quiere que le diga que también me gusta… — ¡¿Y por qué no se lo dices?! — Es que no lo logro, la sola idea de decirle que me gusta me hace sentir nerviosa — Pues tienes que hacerlo — Sabrina rodó los ojos — Tómate un diazepam o algo para calmar un poco la ansiedad, pero tienes que lograr decirlo — Sí, no es nada del otro mundo — intervino Jacob — No vas a morir ni nada por el estilo por decirle a un chico que “También le gustas” — Ya sé, es solo que… — miré fijamente mi plato — No sé por qué no lo logro… no sé por qué se me hace tan difícil decir algo así… — miré a mis amigos — Porque a ustedes siempre les he dicho lo mucho que los quiero… — volví a bajar la mirada — No entiendo por qué no logro decirlo… — Busca la manera — Sí, quizá deberías de escribírselo — propuso Sabrina — Escribirle una carta o algo… — Quizá… — Y mejor que sea rápido — pidió Jacob — Porque hay algunas serpientes rastreras que se quieren enredar a tu hombre… — ¿Qué…? Alcé la mirada, hubiese deseado no hacerlo. Lucy Fallon estaba abrazada a Nate y este le sonreía. Parecían estar pasándosela bien, conversando sin ningún problema. Ella movía su cabello cada cierto tiempo, él hablaba y sonreía, mirándola, abrazándola. Esa escena no hizo nada más que dañar mi autoestima. Yo era una tonta adolescente que no podía confesar sus sentimientos y él era un chico guapo y popular que tenía a una de las chicas más guapas del noveno grado, suspirando por él. En ese momento no pude evitar pensar en las palabras de mi madre diciendo que chicos como él jamás estarían con chicas como yo. Chicos como Nathaniel Johns solo saldrían con fulanas como Lucy Fallon y yo solo saldría con algún chico de biblioteca que fuese igual de nervioso que yo. La hora del almuerzo terminó y me tuve que despedir de mis amigos. Me esperaban las últimas horas de clase en solitario, la idea no se me hacía para nada atractiva. No quería estar sola, quería estar acompañada. Todo el día se había ido a la mierda, no había logrado hablar con Nate y no había logrado aclarar lo sucedido ¡Y para colmo él estaba dejándose coquetear por Lucy Fallon! Eso realmente me molestaba, me hacía sentir como si la sangre me hirviese. Me sentía celosa, pues yo quería ser la que él abrazase en esa mesa, a la que él mire y sonríe, quería que me volviese a besar. Pero lo había arruinado, mis nervios me jugaron en contra de la peor forma y todo se había ido al carajo. Solo esperaba un golpe de suerte del universo que hiciera que el momento se pudiese repetir. El día en la escuela terminó, tomé mis cosas y las empecé a guardar en mi mochila. Los jueves a última hora tenía Debate, me encantaba esa clase. Ese día en particular, hablamos acerca del derecho al aborto en California. Mi posición fue en contra. A mis quince años, pensar en abortos era algo prohibido, principalmente porque no tendría por qué embarazarme a tan temprana edad, y segundo, porque mi abuelita y mi madre siempre me dijeron que eso era un pecado y que Dios no se iba a apiadar de mi alma. Lo cierto es que, independientemente de mi creencia actual frente al aborto, en mi adultez pienso que la religión no debería de interferir con la protección de los derechos fundamentales de las personas. — Profesor Meyer… — me acerqué a su escritorio — Me preguntaba si había alguna tarea extra que pudiera hacer por puntos extra — Ahí vamos de nuevo Escuché decir a una chica. — Es tan lame culos Escuché a otra. — Pues… Tucker, el año escolar inició no hace mucho, así que no creo que necesites puntos extra por el momento — Sí, pero calificó mi trabajo con una A… — le mostré — Y necesito el A más — ¿Por qué? El profesor Meyer me miró con una ceja alzada. Quería decirle que mi única motivación para pedir una A+ era porque tenía una madre que amaba presumir mis buenas calificaciones a los demás, quería decirle al profesor que mi única motivación para pedir una A+ era porque quería ver a mi mamá orgullosa de mí, pero admitirlo sería humillante. Mis calificaciones era una de las pocas cosas que hacían feliz a mi mamá acerca de mi persona. Ella amaba presumirles mis calificaciones a sus amigas, le encantaba decirles que su hija era la más inteligente de la escuela Golden Hill. De cierta forma, me gustaba que lo hiciera, me gustaba que me presumiera, para mí era como si al presumirme me demostrara que me quería. El problema es que, por hacerlo, por intentar siempre obtener la aprobación de mi madre, terminaba presionándome más de lo que podía soportar. — Porque no quiero salir del muro… — contesté — Quiero seguir siendo la mejor — Bien, me gusta tu empeño… — el profesor soltó un suspiro — De acuerdo Tucker, quiero que en la próxima clase hagas una exposición acerca de esa corriente nueva… el veganismo — asentí con la cabeza — Quiero ver tu opinión, qué opinas sobre esa práctica, si estarías dispuesta a hacerlo, las consecuencias que traería en el mundo, las ventajas que traería para el mundo, lo que sea… pero quiero saber qué hay dentro de tu cabeza — De acuerdo Me gusta la carne, lo siento, tenía que decirlo, lo lamento. — Nos vemos en la siguiente clase Y diciendo esto, el profesor salió del aula y yo también. Los jueves no tenía ninguna actividad extracurricular, así que me podía ir a casa. Me acomodé la mochila al hombro y comencé a caminar por la escuela hasta la salida. Iba sumida en mis pensamientos, tenía que llegar a preparar algo de comer, esperaba que mi mamá no estuviese en casa para así poder tener un poco de paz y tranquilidad. Seguía caminando, pensando en todo y en nada, en mi hermano, en los macarrones con queso del almuerzo, en la película de High School Musical que vería al llegar a casa, en el cuento que tenía que escribir para la clase de escritura creativa. Venía tan sumida en mis pensamientos que no me di cuenta de que estaba cerca del campo de soccer ni que un chico de ojos verdes se estaba acercando a mí. — Maddy… Maddy… ¡Maddy! — ¡Ah! Pegué un salto, Nate estaba delante de mí. — Estabas sumida en tus pensamientos… Sonrió. — Sí… — ¿Ya te vas? — preguntó, le miré fijamente — ¿No puedes esperarme a que termine la práctica? — Pensé que no querías hablar conmigo… — contesté — Y además, te vi con Lucy en el almuerzo — Ya te dije que no sucede nada con ella — bajé la mirada — Por favor, necesito hablar contigo — Es que… — mordí mi labio — Tengo que… — ¡Nate! ¡Apresúrate! Era Riker, llamándole para dar inicio al entrenamiento. — Regresa… — le pedí — Tengo que ir a casa… — Te llevo si quieres Le miré fijamente, sintiéndome confundida y mareada, el chico nuevo había pasado de estar enfadado conmigo a nuevamente querer hablarme. — Pero… — Vamos, vives cerca, no demoraremos — ¡Nate! — Riker llegó hasta nosotros — Tenemos práctica — Dame un momento, llevaré a Maddy a su casa — ¿Qué? Preguntamos Riker y yo al unísono, no recordaba haber aceptado. — Tenemos práctica — No demoraré mucho, dame cinco minutos Pidió el chico, Riker solo lo miró y luego a mí. — De acuerdo… — rodó los ojos — Haz lo que quieras, Romeo — Vamos… Nate posó su mano en mi espalda, me estremecí, alejándome unos pasos de él. — No debiste hacer eso… Dije, caminando junto a él hacia su viejo Rambler verde. — Quería llevarte a tu casa — ¿Por qué? — ¿Por qué no? — ¿Por qué siempre me contestas con otra pregunta? Le miré, él me ignoró y abrió la puerta de su auto. — Porque no entiendo por qué habría de haber una razón por la cual no quisiera acercarme a ti… — entré en el auto, él rápidamente rodeó el auto y se subió en el asiento del piloto — Pero parece que en tu cabeza coexisten varias razones — Pues… más o menos… — ¿Por qué? Nate puso en marca el auto y rápidamente partimos de la escuela. — Es… complicado… — ¿Complicado? — asentí — Comprendo… supongo que en algún momento me lo contarás — Sí… supongo… — ¿Cómo está tu hermano? Le miré con sorpresa. — ¿Cómo…? — Tu amiga me contó… — Oh… — Debiste de decirme — miré mis manos — Que no me habías contestado porque tuviste que llevar a tu hermano a emergencias — Quise decírtelo, en serio quería, pero me puse muy nerviosa y la campana sonó — Ahora no estás nerviosa Nos miramos fijamente. — No… no lo estoy… — ¿Por qué? — No lo sé… — nos miramos de nuevo, luego él regresó la mirada al frente — Aunque, estoy empezando a sentirme nerviosa — Seré honesto contigo Maddy — retuve el aire en mis pulmones — Todo lo que te dije ayer fue verdad, realmente es lo que siento — mi corazón comenzó a latir a toda velocidad — Eres… diferente… no en un mal sentido, tampoco en uno bueno… — sus palabras no me estaban haciendo sentir bien — Y en verdad quiero que me des la oportunidad de conocerte… — nos estábamos acercando a mi casa — Quiero que puedas hablarme sin tener que hiperventilar… — intenté sonreír, me había causado gracia lo que había dicho — Tú me gustas y sé que te gusto, pero quiero que me lo digas… — También seré honesta… — susurré — Quisiera poder decirlo, en voz alta, porque sí lo siento… — nos volvimos a mirar — Pero se me hace muy difícil el exteriorizarlo — ¿Por qué…? Aparté la mirada. — Es complicado… — Está bien, ya me lo dirás después… — Nate… — pasamos al lado de la caseta de seguridad — Gracias — ¿Por qué? — Por tenerme paciencia… Sonrió de lado. — Es que realmente me gustas… — y entonces hizo ese gesto con la mano sobre mi cabeza, acariciándome como si fuese un perrito — En serio me gustas… — Gracias… — No tienes que agradecerlo — Oh… bueno… entonces… — sentí mis mejillas calentarse — La verdad es que no sé qué decir… — No digas nada… no ahora al menos… — Sí… bueno… — llegamos a mi casa — Gracias por traerme… — Podemos hacer esto todos los días — le miré — ¿Qué te parece? — Sí… — acepté — Sería lindo… — Bien, entonces, a partir de hoy, jueves veintinueve de setiembre de dos mil diez, prometo llevarte a tu casa todos los días — Gracias… Solté una risita, eso había sido cómico. — Ahora sellemos este trato — De acuerdo… — acepté — ¿Cómo? — Se me ocurre una forma… Susurró. — ¿Cuál…? Pregunté, pero no obtuve respuesta, solo los labios de Nathaniel Johns posándose sobre los míos.
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