-¿Magda, qué te sucede? Te ves diferente -lanza papá desde su puesto en la mesa, sin apartar la mirada del reflejo de la televisión en su vaso de agua, como si eso fuera lo más natural del mundo.
Su tono es burlón, el típico que usa cuando quiere provocar una reacción que sabe que no obtendrá fácilmente. Él no mira la pantalla directamente. No se levanta. No gira el cuello. No. Él se ha convertido en un experto en ver televisión a través de un vaso con agua, moviéndolo de un lado al otro como si estuviera calibrando la imagen más precisa. A mí me resulta imposible no observar esa escena con asombro y risa silenciosa.
Yo no respondo. Continúo comiendo con calma, moviendo la cuchara en el arroz de un lado a otro con la lentitud de quien está más ocupada por distraer su propia emoción que por prestarle atención a las provocaciones paternas. El silencio me sirve de abrigo, de escudo frente a las preguntas que aún no tienen respuesta.
-¿Papá, qué tienes? ¿Acaso la cena te dejó tan pesado que no puedes moverte? -le lanzo, imitando su tono con esa fina ironía que nos une más de lo que él admite.
Él deja el vaso en la mesa y me lanza esa mirada dramática que ha perfeccionado con los años: cejas arqueadas, ojos entrecerrados, boca tensa. Una mirada asesina, supuestamente. Pero yo ya sé que no es peligrosa. No lo ha sido nunca. Me río. Y como siempre, mi risa estalla como una bomba de carcajadas chillonas que hace rebotar las paredes. Es escandalosa, sí, pero profundamente contagiosa.
Papá, como era de esperarse, no resiste. Se le desarma la expresión y una risa tímida emerge, primero en la garganta, luego en el pecho, hasta que le sacude los hombros. Toma el vaso con una mano, bebe toda el agua de un solo trago como si estuviera haciendo un acto heroico, y se levanta lentamente.
Ahora se gira hacia mamá, con la mirada aún divertida, como si la situación hubiese adquirido matices de misterio.
-¿Tú qué dices? ¿Le digo lo que pasó? -pregunta con tono serio, como si estuviera debatiéndose entre revelar una conspiración familiar o una simple travesura.
Mamá lo mira primero con sorpresa, como si no supiera de qué está hablando. Luego, en un movimiento rápido y discreto, mueve la cabeza y señala con los dedos hacia el pasillo, indicándole que la siga. Es un gesto de esos que sólo los matrimonios con años de convivencia logran dominar: comunicación sin palabras, códigos tácitos, señas que condensan todo un mensaje en un parpadeo.
Papá tuerce la cabeza y entrecierra los ojos, concentrándose como si intentara descifrar un acertijo cósmico. Le toma unos segundos entender que debe seguirla fuera de la cocina, donde puedan hablar en privado. Finalmente, accede. Se levantan y se alejan, murmurando cosas entre ellos.
Yo, por mi parte, finjo no notar nada. Sigo comiendo mi cena que ellos me prepararon, que tiene ese sabor casero que solo se logra cuando los ingredientes vienen sazonados con cariño. Cada bocado es una mezcla de sabor y calma, aunque en mi mente la calma sea sólo una fachada.
Levanto la mirada para observarlos desde mi rincón. Están detenidos a la entrada del corredor, gesticulando como dos actores en una obra que sólo ellos entienden. Papá mueve las manos con expresión confundida; mamá frunce el ceño y levanta una mano como quien explica la gravedad de una situación. Sus voces no se escuchan del todo, pero sus caras lo dicen todo.
Y entonces lo hacen.
Me miran. Al mismo tiempo. Con los ojos grandes, abiertos, como si hubiese confesado haber robado una joya ancestral. Hay sorpresa, hay alarma, hay una sospecha leve. Me observan como quien intenta descifrar si lo que ocurrió es real, si yo sé algo, si ya descubrí lo que no debía.
Yo les respondo con una sonrisa tímida, tratando de parecer inocente, aunque por dentro el corazón late con más fuerza. Ellos, con evidente esfuerzo, intentan devolverme la sonrisa. Pero es forzada, tensa, como cuando uno no quiere revelar que ha sido descubierto.
Y ahí están. Mis padres. En escena. Simulando que todo está bien cuando claramente se están guardando algo. ¡Se ven tan cómicos! Como si se hubiesen metido en una obra que no ensayaron. Sus gestos torpes, sus miradas exageradas, su intento fallido de disimulo. Es imposible no reírme. Mi risa vuelve a estallar en la cocina, se alza como un cántico familiar y los envuelve a ambos.
Ellos se miran, sonríen finalmente con sinceridad, y se rinden. Porque en esta casa, cuando mi risa aparece, no hay secretos que duren mucho tiempo.