—¡Dios, gracias por que llegamos al fin! —dijo Matías mirando al cielo, después de estirarse. Sonreí por la exageración de mi amigo y también estiré mis músculos un poco. Estar sentada en un auto por horas no era muy cómodo—. Estaba cansado del auto. —Si, eso veo —dije, caminando hacia la parte de atrás del auto, para sacar mi maleta. Habíamos llegado a un bosque que en realidad estaba dentro de una propiedad privada, donde también vigilaban, por lo que estaríamos seguros esos días y no teníamos que temer por animales salvajes. Aunque temía más a las personas. Frente a nosotros estaba un pequeño lago, donde era evidente que disfrutaríamos, además de que la señora Sartori dijo que había unos caminos muy bonitos por los cuales iríamos a dar un paseo. —Bueno chicos, cada quien trajo s

