El mundo a su alrededor era un remolino de neblina gris y murmullos antiguos. Frente a ella, una mujer se erguía en medio de un trono de raíces negras, observando su reino con una mezcla de frialdad y belleza hipnótica. No sabía cómo lo comprendía, pero su instinto le susurraba un nombre: Meriel.
Su piel era tan blanca que parecía cincelada en mármol, el cabello n***o como la noche caía sobre sus hombros con un brillo líquido. Alrededor de sus ojos se extendía un maquillaje oscuro, como si la sombra misma la hubiera elegido para habitarla. De su frente nacían unos cuernos elegantes, menos imponentes que los de Neham, pero retorcidos con un aire siniestro, casi trágico.
Y en su mirada no había bondad alguna, solo la crueldad serena de quien ya no sabe amar.
Mia la observaba desde lejos, como una espectadora invisible en la vida de la reina de Ganondorf. Pero, de pronto, Meriel giró la cabeza con un movimiento lento y preciso. Sus ojos, dos pozos sin fondo, se clavaron directamente en ella.
—¿Quién osa mirarme? —susurró la banshee con una voz que parecía venir de todas partes.
Mia sintió un latigazo en el pecho y despertó sobresaltada, jadeando, con el corazón desbocado.
El fuego del candelabro junto a su cama temblaba débilmente, arrojando sombras danzantes sobre las paredes. La habitación estaba en silencio, salvo por la respiración agitada de Mia.
Había pasado la noche anterior conversando con Neham, quien le había contado más de lo que jamás imaginó sobre Fairud y su familia.
Fairud no tenía solo dos hijas, sino cuatro. Dos mellizas que murieron siendo apenas niñas, un hecho que quebró el corazón de su madre y de su hermana, Meriel, quien nunca pudo perdonar aquel destino.
—La culpa la devoró —le había dicho Neham con voz grave—. Meriel siempre creyó que su madre las había abandonado.
Mia recordaba el tono en su voz: una mezcla de pena y de comprensión. Entendió entonces que, a veces, ni todo el poder del mundo puede salvar a quienes amamos. Pero Meriel no lo entendió así. Consumida por su dolor, se unió a su padre: el Señor Oscuro, un ser despiadado que siglos atrás había desatado una guerra capaz de oscurecer los cielos.
Fairud había perdido no solo a sus hijas, sino también a su rey, quien se levantó contra la corona de Ganondorf. Y ella, sin más remedio, hizo lo que creyó justo: luchar contra él.
Fue la reina banshee, con su magia prohibida, quien selló la batalla final. Y aunque su hechizo dio al pueblo siglos de paz, el precio fue terrible: el corazón de Fairud quedó atrapado en un duelo eterno.
Las sospechas de Neham eran claras: Meriel no había nacido malvada. Era producto de una infancia moldeada por el odio de un padre inmortal, incapaz de amar.
Desde esa perspectiva, Mia sentía algo que no esperaba sentir: lástima.
Lástima por una mujer que había olvidado cómo amar y que jamás supo lo que era ser amada.
Y, sin embargo, también miedo.
Incluso la gran Fairud desconocía los verdaderos planes de su hija.
“Cualquier cosa que deba sacrificar por este reino”, pensó Mia, “será solo una sombra de lo que otros ya ofrecieron antes que yo.”
Trató de conciliar el sueño nuevamente, pero le fue imposible. Se levantó empapada en sudor, con el pecho oprimido y el estómago rugiéndole de hambre. Tomó el candelabro de su mesa y, calzándose las pantuflas, decidió aventurarse por los pasillos en busca de algo que comer.
El palacio dormía.
Las paredes parecían llorar con el eco de cada paso. El Gremio del Espiral, alguna vez un lugar rebosante de luz y vegetación, se había marchitado con el dolor de su reina. A medida que el luto de Fairud crecía, las enredaderas se secaron, los muros se tiñeron de gris, y hasta el aire se volvió pesado, como si el propio reino cargara con la pena de su soberana.
Finalmente, llegó a la cocina. Allí, entre ollas relucientes y un cálido aroma a pan, encontró a Tina, una de las criadas que siempre le brindaba una sonrisa amable.
—Hola —saludó Mia, procurando no asustarla.
Tina se giró enseguida, haciendo una leve reverencia.
—Alteza… ¿puedo ayudarla en algo?
—Buscaba algo de comer, pero no sabría por dónde empezar.
—Puedo prepararle un vaso de leche y algunos bocadillos, si no le molesta.
—Al contrario —sonrió Mia—, te lo agradecería muchísimo.
—Es un placer, no una molestia —respondió la muchacha con una sonrisa cálida.
Mia se sentó en un taburete frente al mesón y dejó el candelabro encendido sobre la superficie de mármol.
La cocina era distinta del resto del palacio.
Sus muros eran de piedra clara, y del techo colgaban hierbas secas y racimos de frutas. Las ventanas, aunque pequeñas, dejaban pasar el viento fresco del exterior, y el hogar, todavía encendido, llenaba el ambiente de un resplandor dorado. Era un rincón vivo, un pedazo del pasado que se negaba a ser devorado por la oscuridad.
Observó en silencio cómo Tina le servía la leche tibia y un plato con pan y frutas confitadas.
—¿Puedo ayudarla en algo más, alteza? —preguntó con gentileza.
—No, gracias. Ya has hecho mucho por mí.
—Espero que se sienta bien atendida. Si no necesita nada más, me retiraré.
—Descansa, Tina. Buenas noches.
La joven asintió y desapareció por el pasillo, dejando atrás el sonido suave de sus pasos.
Mia devoró su comida con un apetito voraz, como si temiera que al dejar de masticar volviera el peso del silencio. Luego limpió todo lo que había ensuciado y tomó nuevamente su candelabro.
De regreso a su habitación, un viento gélido la detuvo.
Una de las puertas del balcón estaba abierta, y la luna se colaba en el pasillo, bañando el suelo de un tono plateado.
Allí, sentado en un banco de piedra, estaba Aiden. Su silueta se recortaba contra el abismo, con las alas plegadas a la espalda y el cabello revuelto por la brisa.
—Hola —susurró Mia, acercándose.
Él levantó la vista, la observó de arriba abajo y luego volvió la mirada al frente, hacia el precipicio.
—No creí que encontraría a alguien despierto a estas horas.
—No podía dormir —admitió ella, sosteniendo el candelabro entre las manos—. Soñé con… Meriel.
El rostro de Aiden se endureció.
—Eso explica por qué tu aura está tan agitada. No deberías soñar con ella… te puede ver.
Mia bajó la mirada, incómoda.
Hubo un silencio. Solo el viento hablaba entre ellos.
Finalmente, él giró el rostro hacia ella.
—¿Sigues evitando mirarme por lo que pasó? —preguntó, sin rodeos.
El aire se volvió pesado. Mia tragó saliva.
—No lo evito —mintió.
—Mia… —dijo su nombre con una suavidad que la desarmó—. Aquel beso no fue un error.
Ella apartó la mirada, apretando el candelabro entre los dedos.
—Aiden, yo… tengo demasiadas cosas encima. Todo esto del reino, mi madre, mi hermano, mis alas que aún no son como debería, el viaje a Arghol… No puedo pensar en nada más.
Él asintió despacio, sin apartar la vista de ella.
—Lo entiendo. Pero no esperes que deje de sentir lo que siento solo porque el momento no es el adecuado.
Mia sintió el corazón latirle en los oídos. La brisa agitó sus cabellos y el fuego del candelabro titiló, reflejando la tensión entre ambos.
—No te pido eso —susurró—. Solo… dame tiempo.
Aiden esbozó una sonrisa leve, apenas visible.
—Te daré todo el tiempo que quieras, princesa. Pero no toda la eternidad.
Ella lo miró, y por un instante, entre el frío del viento y el calor de su voz, sintió que el mundo podía romperse en silencio.
Mia observó cómo Aiden se levantaba lentamente, la mirada fija en el horizonte velado por la bruma. Sin decir palabra, extendió las alas y se alejó por el pasillo, dejando tras de sí un leve murmullo de viento y un silencio que pareció devorar el eco de su presencia.
Durante un instante, Mia permaneció inmóvil, escuchando los lamentos del abismo que se elevaban desde las profundidades. Sonaban como voces lejanas, perdidas entre la niebla, susurrando secretos que nadie debía oír. Se inclinó un poco sobre la baranda del balcón, intentando distinguir algo bajo aquel mar de neblina, pero solo halló oscuridad.
Una oscuridad tan densa que parecía observarla de vuelta.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Suspiró, apartándose del borde. El fuego del candelabro titiló, proyectando su sombra contra las paredes, y con paso silencioso emprendió el regreso a su habitación.
Mañana sería el día de la partida.
El viaje hacia Arghol los aguardaba… y con él, los secretos que aún dormían bajo las alas del destino.