El amanecer cayó sobre el Gremio del Espiral como una bendición y un presagio.
La neblina aún se aferraba a los pilares de piedra cuando el grupo se reunió frente a los acantilados. El aire olía a hierro y sal, como si el mar mismo advirtiera de lo que estaba por venir.
Fairud fue la primera en abordar el barco. Sus pasos eran firmes, pero su mirada no ocultaba la preocupación. Aiden la siguió, su capa ondeando como una sombra azul, mientras Neham ajustaba las correas de su armadura. Mia fue la última en subir. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por esa sensación inconfundible de que el destino la observaba desde algún punto invisible del horizonte.
El Mar Thalmohr se extendía ante ellos: una inmensidad oscura, sin reflejo alguno, tan quieta que parecía un espejo de obsidiana.
No había gaviotas, ni olas, ni viento. Solo un silencio tan profundo que dolía en los oídos.
—No me gusta este lugar —murmuró Neham, ajustando la empuñadura de su espada—. Es como si el mundo se detuviera aquí.
—Porque así es —respondió Fairud, sin apartar la vista del horizonte—. El Thalmohr no es un mar, sino una frontera. Entre la vida y la muerte, entre los mundos.
Mia se inclinó sobre la borda, observando la superficie inmóvil. Las aguas no eran negras por la falta de luz, sino por algo más profundo, más antinatural.
Podía sentirlo.
Aquello no era agua. Era vacío.
—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó ella en voz baja.
—Hace siglos —explicó Fairud—, cuando el Señor Oscuro y sus seguidores fueron exiliados, destruyeron todos los puertos, quemaron los barcos y sellaron este mar con su propia sangre. Cualquier ser vivo que toque sus aguas muere. Y sin embargo… —alzó la vista— …aún hay quienes intentan cruzarlo.
El silencio volvió a caer, pesado, casi reverencial.
El barco avanzaba lentamente, impulsado por un viento que nadie sentía. La madera crujía, los remos se mecían, y todo parecía flotar entre dos mundos.
Hasta que ocurrió.
Un grito ahogado rompió el silencio.
Uno de los marineros —un banshee de piel translúcida y ojos como perlas flotantes— perdió el equilibrio y cayó al vacío.
El sonido fue un golpe seco, seguido de un siseo apenas audible. La superficie del mar lo devoró sin salpicar.
—¡No! —exclamó Mia, corriendo hacia la borda—. ¡Hay que ayudarlo!
Fairud se interpuso con un gesto severo.
—¡No te atrevas! ¡Morirás al instante si tocas esas aguas!
—¡Pero no podemos dejarlo morir! —replicó ella, con la voz cargada de indignación—. ¡Es una vida!
Aiden dio un paso adelante, su expresión contenida.
—Fairud… si hay una forma de sacarlo sin tocar el mar, deberíamos intentarlo.
De entre la tripulación, Yali, la joven elfa, se adelantó.
—Podemos lanzarle una balsa y arrastrarlo con una soga. Si su cuerpo no se hundió aún, tal vez lo logremos…
Fairud apretó los dientes, pero asintió con un leve movimiento.
—Háganlo. Rápido.
El grupo trabajó en silencio, tensando la cuerda mientras Yali creaba un pequeño círculo de energía espectral sobre la superficie. La balsa se deslizó con suavidad, atrapando el cuerpo del marinero que flotaba inmóvil, su piel ya grisácea.
—¡Tiren! —ordenó Aiden.
Mia se unió al esfuerzo, sus manos ardiendo con un brillo tenue. La cuerda vibró, crujió, pero finalmente, con un último tirón, el cuerpo cayó sobre la cubierta.
El silencio volvió.
Y luego vino el horror.
La piel del marinero comenzó a ennegrecerse. Primero las manos, luego el pecho, el rostro. Una negrura viva, viscosa, que se extendía como una enfermedad.
El ser se retorció, sus gritos eran lamentos que helaban el alma.
—¡Se está muriendo! —gritó Yali, arrodillándose junto a él.
Mia se acercó, ignorando los brazos que intentaban detenerla. Se arrodilló frente al moribundo, las lágrimas ardiéndole en los ojos.
—No… no vas a morir —susurró—. No mientras yo pueda evitarlo.
Fairud dio un paso adelante, furioso.
—¡Mia, no puedes! ¡Su cuerpo ya fue reclamado por el Thalmohr! ¡Detente!
Pero ella no lo escuchó.
Sus manos se posaron sobre el pecho del banshee. Su luz interior —esa chispa celestial que a veces la asustaba— despertó.
Un fulgor dorado emergió de sus palmas, extendiéndose en ondas de calor.
La oscuridad siseó, se resistió, como si el mar mismo reclamara lo que le pertenecía.
Mia gritó, su cuerpo temblando por el esfuerzo. El aura angelical la envolvió por completo, y por un momento, todos vieron una figura detrás de ella: alas inmensas, blancas, desplegándose en la bruma.
La energía se quebró con un estallido.
El cuerpo del banshee cayó inmóvil. La negrura se detuvo justo antes de alcanzar su rostro.
Su pecho volvió a moverse. Respiraba.
Pero Mia se desplomó.
Aiden la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
Su piel, en el costado izquierdo, estaba cubierta por una mancha oscura que se extendía hasta el hombro.
—¡Mia! —exclamó Neham, arrodillándose junto a ella—. ¿Qué demonios has hecho?
Ella abrió los ojos lentamente.
Una sonrisa débil cruzó su rostro.
—Lo salvé… —susurró—. Era lo correcto.
Fairud la miró en silencio, su expresión endurecida.
—A veces, princesa, hacer lo correcto exige pagar un precio.
—Entonces que lo cobre —respondió ella, aún con la voz temblorosa—. Pero no volveré a mirar cómo alguien muere sin intentar salvarlo.
El mar guardó silencio.
Y en su brazo, donde la oscuridad la había tocado, un símbolo comenzó a brillar tenuemente: una espiral de plata y n***o, como si el propio Thalmohr la hubiera marcado por su desafío.
Aiden la miró con algo entre asombro y temor.
Fairud apartó la vista.
Y el barco siguió avanzando, dejando atrás las aguas donde el silencio tenía nombre.