El palacio de Secoya, un prodigio arquitectónico entrelazado con la esencia misma del bosque, vibraba con una energía inusual aquella noche. Tallado entre los troncos centenarios de los árboles madre, sus muros no eran de piedra, sino de raíces entrelazadas, hojas de plata viva y madera pulida que brillaba con suaves reflejos verdes. Lianas colgaban como cortinas entre los arcos naturales, y luciérnagas hechizadas danzaban en el aire, iluminando los pasillos con destellos tenues, como si las estrellas hubiesen bajado al bosque para acompañar la celebración.
Las columnas estaban cubiertas de hiedras que se enroscaban con gracia, y las lámparas flotantes, hechas con cristal y pétalos endurecidos, tintineaban con la brisa. El gran salón, abierto al cielo entre ramas trenzadas, dejaba ver las estrellas sobre una bóveda formada por hojas y plata pulida. Cada rincón olía a flores silvestres y resina fresca. Aquella unión entre arquitectura y naturaleza, entre magia y arte, hacía del palacio un reflejo puro del alma élfica.
Y esa noche, todo el reino estaba allí.
Los rumores sobre una gran noticia se habían esparcido como el polen en primavera. Se hablaba de forasteros, de magia antigua y de profecías olvidadas. Nadie sabía la verdad, pero todos sentían que algo trascendental estaba por revelarse.
La reina Aaliyah, famosa por su impecable sentido estético, había organizado aquel baile con una rapidez casi milagrosa. Aun así, todo estaba en su sitio: guirnaldas de flores de luna, mesas cubiertas por manteles de lino silvestre y bandejas repletas de delicias del bosque. Las copas de cristal tallado centelleaban con néctar de moras encantadas y vino de savia dulce.
El salón bullía de conversaciones, risas y música suave ejecutada con instrumentos de viento tallados en ramas huecas. Todos aguardaban la llegada de los reyes para desvelar el motivo de la celebración.
Las trompetas resonaron entonces, y un silencio reverente se apoderó del lugar.
La primera en entrar fue la princesa Yali. Llevaba un vestido de lino rosa pálido, adornado con mariposas bordadas a mano con hilos de colores que parecían aletear con cada movimiento. Su cabello, trenzado con pequeñas flores de almendro, caía sobre sus hombros con natural elegancia. La coronita que llevaba, casi invisible, era apenas un brote de plata retorcida con una perla en el centro. Yali no necesitaba imponerse con joyas, su presencia era pura armonía y dulzura.
Tras ella, los reyes hicieron su entrada. La reina Aaliyah vestía un traje en tonos verde bosque y dorado viejo, ceñido al torso pero fluido en las mangas y faldones, bordado con hojas, espirales y constelaciones. El rey llevaba una túnica de cuero fino y seda cruda, mezcla de atuendo ceremonial y guerrero. Sus botas altas, bordadas con runas élficas, y su capa de musgo tejido con hilos de plata hablaban de poder y sabiduría. Sus coronas eran más modestas que de costumbre: no más que ramas trenzadas con plata viva, en señal de respeto.
Esa noche, alguien más importante sería presentado.
Los asistentes hicieron una leve reverencia y los reyes avanzaron hasta una plataforma elevada donde descansaba su mesa. Yali fue la primera en tomar asiento, seguida por su madre. El rey, en cambio, permaneció de pie, y su voz se alzó con serenidad:
—Gracias a todos por venir, aun con tan poco aviso —dijo con una sonrisa ligera—. Seguro se preguntan cuál es el motivo de esta celebración.
—Y ya lo descubrirán —añadió Aaliyah, su mirada cómplice sobre su esposo. Sus rostros irradiaban esperanza.
—Ganondoford vive una etapa sombría desde hace años —continuó el rey—. La corrupción del trono y la decadencia se han propagado como enfermedad. Por suerte, nuestra distancia de la capital y la bendición de los antiguos nos ha mantenido a salvo… hasta ahora.
—Sabemos que deseáis cambio, que ansiáis paz, y que esta tierra merece volver a florecer —dijo la reina. El salón estalló en susurros. Los ojos brillaban con inquietud y esperanza. Algunos nobles asentían; otros, simples aldeanos, se aferraban a la idea de que, quizás, el futuro podía cambiar.
—Estamos hartos del miedo, de ocultar nuestra magia, de ver morir a nuestros animales, de no poder cruzar los ríos sin temor a los demonios del este —dijo el rey—. ¡Ya basta de sufrir! ¡Somos elfos! ¡Guerreros y guardianes de la vida!
—Desde que Dustin subió al trono, hemos esperado —añadió Aaliyah—. Sabíamos que su reinado no sería eterno. Marissa, la reina de antaño y gran amiga mía, guardó un secreto… su mayor tesoro. Un secreto que esta noche ya no podrá seguir oculto.
El silencio cayó como una niebla pesada.
—Dustin no es el legítimo heredero —reveló la reina, mirando con firmeza—. Marissa se enamoró de un ser con quien jamás habría podido tener un futuro. Su hija nació en secreto. El mundo creyó que murió, pero vivió… lejos de todo esto. Hoy, ha regresado a su verdadero hogar.
Un temblor recorrió la sala.
—Con orgullo les presento a la princesa Mia Asaliah Regium, legítima heredera del trono de Ganondoford.
Las puertas se abrieron.
Una figura femenina emergió, caminando con firmeza contenida. Mia vestía un vestido de tonos plateados y esmeralda, que imitaba las hojas húmedas tras la lluvia. Su cabello caía libre con pequeñas trenzas decoradas con piedrecillas lunares. A cada paso que daba, sus pies descalzos hacían crujir el suelo de hojas encantadas, mientras el murmullo del público crecía en intensidad.
Todos los ojos la seguían. Ella evitaba mirarlos, sentía cómo el peso de las expectativas la envolvía.
Aidan y Neahm la seguían unos pasos detrás, como sombras firmes. Parecían sus guardaespaldas, y no era extraño ver a una banshee junto a un regium de la realeza. Neahm, con su porte etéreo y ojos dorados, era hija de Fairud, y muchos en la sala la reconocieron al instante. Su fama la precedía, y el eco de su linaje se reflejaba en el respeto cauteloso de los presentes. Su vestido era de tonos oscuros y violáceos, hecho de telas vaporosas que flotaban en torno a su cuerpo como humo nocturno. El encaje en sus mangas simulaba alas de cuervo, y llevaba una daga curva al cinturón: símbolo de su clan.
Aidan, en cambio, era una aparición imposible de ignorar. Las enormes alas blancas que se desplegaban a su espalda resplandecían bajo la luz mágica del salón. Vestía de manera sobria, pero elegante: pantalones ajustados de lino oscuro, botas altas de cuero blanco, y una capa larga de terciopelo gris que apenas rozaba el suelo. Bajo ella, una túnica cruzada con bordes plateados se ceñía a su torso, y en su pecho brillaba un pequeño broche de amatista: la única joya visible. Sus ojos, de un azul imposible, lo hacían parecer distante, como si observara más allá del presente. Algunos sabios, los más viejos del lugar, captaron algo inquietante en su mirada… una verdad velada, un misterio que aún no se atrevía a revelarse.
Se sabían diferentes. Se sabían observados. Y aun así, caminaban con la misma dignidad que Mia, porque esa noche, también ellos representaban algo más que a sí mismos.
Fue entonces que Yali rompió la tensión.
Se adelantó, y con una sonrisa luminosa se arrodilló ante Mia.
—La familia Connor se encuentra a su completa disposición, alteza —dijo solemnemente—. Le juramos lealtad, aunque no obligaremos a nadie a seguirnos. Nosotras sí lo haremos, sin dudarlo.
Sacó una daga ceremonial, se cortó la palma y dejó que la sangre gotease en el suelo.
—Juro ser leal al verdadero heredero del trono y a la corona de nuestro reino.
Sus padres la imitaron. Tres cortes. Tres juramentos. Una sola verdad.
La sala quedó en silencio, estupefacta. Algunos desconfiaban, pero el parecido entre Mia y la fallecida reina Marissa era innegable.
Mia no supo qué decir. El nudo en su garganta era más fuerte que su voz. Las lágrimas le temblaban en los ojos. Entonces, un sonido sutil rompió el momento: una bandeja de plata tocó el suelo.
Shadia, la joven que la había llevado a la cocina esa mañana, se arrodillaba frente a ella en silencio. El gesto fue suficiente. Uno a uno, otros siguieron su ejemplo.
Mia sonrió, entre lágrimas.
Caminó hacia Yali y le ofreció la mano. La princesa la tomó y la abrazó con fuerza.
—Gracias —susurró Mia.
—¿Por qué?
—Por recordarme que tomé la decisión correcta… y que el miedo no me debilita, me impulsa a ser más valiente.
Sus palabras, aunque suaves, llegaron claramente a los oídos élficos de todos los presentes. Aunque algunos aún albergaban dudas y temores sobre arrodillarse ante un ser híbrido, la mayoría en Lorien comprendía que el reino necesitaba un cambio. Quizás había llegado el momento de que no los gobernara más un regium, sino una nueva r**a, desconocida para ellos, pero cuyo nombre ancestral resonaría en los tiempos venideros: Divinus.
Algo en esas palabras tranquilizó a todos. El rey entonces alzó la mano y la música volvió a sonar.
El resto de la noche se llenó de alegría, baile y esperanza. Era la primera vez en años que el palacio de Secoya se sentía vivo. Pero en el fondo, todos sabían que, al amanecer, comenzaría la verdadera lucha.
Los más nobles se acercaron a Mia con cortesía, pero con evidente intención de examinarla. Algunos buscaban aclarar sus dudas respecto a la heredera; otros simplemente querían ponerla a prueba. Mia, aunque agotada emocionalmente, intentó ser lo más transparente posible. Por suerte, su padre le había enseñado un poco de todo: desde historia de los reinos hasta estrategias básicas de combate y política diplomática. Fue ese conocimiento el que la salvó.
Recibió preguntas sobre guerras antiguas, tratados de paz olvidados, linajes élficos, arte sacro e incluso agricultura silvestre. Algunos nobles la confrontaron con supuestos dilemas morales; otros recurrieron a juegos de palabras en élfico antiguo. Mia respondió con humildad, sin pretender saberlo todo, pero con una honestidad que desarmaba a más de uno.
Aunque no todos quedaron convencidos, muchos sí quedaron satisfechos con lo que vieron: una joven decidida, educada, fuerte y dispuesta a aprender. Los más escépticos, aunque reticentes, le concedieron el beneficio de la duda. Tal vez, después de todo, sí merecía portar la mayor corona de Ganondoford.