El Despertar de una heredera

1697 Palabras
A diferencia de la vez anterior, Mia no necesitó mucho tiempo para adaptarse a su nuevo poder. Esta vez no tuvo sueños extraños ni visiones inquietantes. Simplemente se sentía renovada, como si hubiese dormido una siesta reparadora después de días de agotamiento. Se sentía exactamente igual, solo que un poco más fuerte, más ligera, más viva. Despertó famélica, y se sintió aliviada al ver a una elfa dentro de la habitación, limpiando. Al menos no tendría que recorrer sola los pasillos de un lugar desconocido. —Hola —saludó con un tono ligeramente nervioso. —Su majestad —exclamó sorprendida la joven, inclinándose de inmediato—. Perdonadme si os he despertado, solo pretendía limpiar un poco —dijo con la cabeza baja. A Mia no le agradó no poder ver su rostro. Se levantó con suavidad y se acercó. Con delicadeza, le tomó la barbilla y alzó su rostro hasta que sus miradas se cruzaron. La chica tenía ojos violetas y un perfil fino; era extraña, pero a la vez extremadamente hermosa. —Dime, ¿ves alguna corona en mi cabeza? —No… —respondió tímida—. Pero usted es… —No soy nadie especial. Solo soy una chica que se desmayó y tú amablemente estás limpiando su habitación. No quiero un trato especial. Solo quiero ser una más entre ustedes. La joven elfa sonrió y asintió. —¿Cuál es tu nombre? —Shadia. —Mucho gusto, Shadia. Mi nombre es Mia. Por favor, llámame así. —Así lo haré, Mia —respondió con una sonrisa. Un rugido en el estómago de la princesa rompió la dulzura del momento. —¿Podrías llevarme a algún sitio donde pueda comer algo? Me muero de hambre. —Por supuesto. Mi madre es la cocinera del palacio. Le aseguro que le encantará nuestra comida. Mia le devolvió la sonrisa y la siguió fuera de la habitación, guiada por el estruendo que producía su vacío estómago. ⊱✿⊰ Mia se encontraba completamente satisfecha. No había duda: la comida había sido tan deliciosa como Shadia prometió. Al principio creyó que nada había cambiado en ella, pero en cuanto cruzó el umbral de la habitación comprendió que estaba equivocada. Sus sentidos estaban más agudos. Podía percibir con asombrosa claridad la presencia de las personas en el palacio. Cuando miró por la ventana, los colores parecían más vibrantes, casi mágicos. El sabor de la comida era más profundo, más rico; descubría notas que jamás había sentido antes. ¿Era por estar en un reino mágico, o simplemente por ser ella en su forma más pura? —Eso estuvo delicioso. Nunca había probado algo así. —Sabía que te gustaría, Mia —respondió Shadia, sonriente—. Mi madre es la mejor cocinera de toda la aldea. —No exageres —dijo una mujer rubia de cabello corto, orejas puntiagudas y mejillas regordetas—. Lo dices porque eres mi hija. —Lo digo porque es verdad. Por algo te eligieron como la cocinera real. —Gracias por la comida —dijo Mia, poniéndose de pie—. Y a ti, Shadia, por traerme aquí. —Fue un placer, princesa. —Debo ir a buscar a Neahm y Aidan. Imagino que están esperando a que despierte. Esto de dormirme cada vez que recibo magia ya se está volviendo costumbre. —Te llevaré con ellos —ofreció Shadia, guiándola por los pasillos hasta una gran puerta de madera con un escudo de ciervo dorado en el centro—. Aquí deben estar. Es la sala del trono. —Gracias nuevamente. —Solo espero que puedas cumplir con lo que dice la profecía. A nuestro reino le hace falta un cambio desde hace mucho. —Espero estar a la altura de una tarea tan importante. —Sé que lo lograrás. Eres hija de la mejor reina que ha tenido este reino. Estoy segura de que heredaste no solo su rostro, sino también su espíritu. Se despidieron con una última sonrisa. Mia respiró hondo antes de abrir la puerta. Ya no era una simple visitante: era una princesa, y debía comenzar a comportarse como tal. Ocultar sus inseguridades. Proyectar seguridad. Si ella no confiaba en sí misma, nadie más lo haría. Al entrar, todas las miradas se posaron en ella. Algunos la observaban con sorpresa, pero ella ya se estaba acostumbrando. En la sala se encontraban los miembros de la realeza élfica y sus amigos. Aidan, tan guapo como siempre, vestía un traje que lo hacía lucir como un príncipe de leyenda. Neahm llevaba un vestido largo y elegante, como sacado de una antigua película. La reina Aaliyah se alzaba imponente sobre el trono, irradiando una dignidad ancestral. Su largo cabello blanco caía en ondas suaves, decorado con pequeñas flores silvestres que parecían recién recogidas del bosque. Su corona, una delicada estructura de astas de ciervo esculpidas en un material nacarado, se ajustaba perfectamente a su cabeza, como si hubiera nacido con ella. Llevaba un vestido verde oscuro, entallado al cuerpo y bordado con hilos plateados que serpenteaban por las mangas como raíces vivas. Cada movimiento suyo era grácil y solemne, como el de un sauce que se mece con la brisa. A su lado, el rey se mantenía firme, con la misma majestuosidad. Su túnica, de tonos verdes y marrones, parecía fundirse con la naturaleza que tanto veneraban. Vestía una armadura de cuero fino y detalles de seda, una mezcla equilibrada entre guerrero y noble. Sus ojos, de un verde profundo, evocaban el color de los helechos tras la lluvia. La melena blanca, trenzada con pequeñas hojas secas y cordones de oro, caía sobre sus hombros con autoridad. Su corona era más robusta que la de la reina: una fusión entre hierro oscuro, raíces entrelazadas y gemas verdes incrustadas, como si la propia tierra se la hubiera entregado. Tanto la reina como el rey poseían las orejas puntiagudas que caracterizaban a los elfos, y sus atuendos reflejaban la esencia de su pueblo: una perfecta armonía entre belleza, elegancia y naturaleza. Cada pliegue de sus ropas hablaba de tradición y sabiduría; cada accesorio, de su vínculo sagrado con la tierra. Juntos eran la representación viva de lo que significaba ser elfo: educados, refinados, portadores de una antigua cultura guerrera que no había perdido el sentido de lo artístico. Eran también inventores, creadores de maravillas que habían facilitado la vida en su reino sin dañar jamás al entorno. Pero, por encima de todo, eran protectores de los animales, guardianes de los bosques y de todo lo que respiraba bajo el sol de Ganondofor. A su paso, los súbditos se inclinaban no solo por respeto a su rango, sino por admiración genuina. Eran líderes que inspiraban amor antes que miedo. Un rey y una reina que caminaban como uno solo, en perfecta sincronía, como si fueran dos mitades de un alma elfa eterna. —Sus majestades —saludó Mia con una reverencia que su padre le había enseñado—. Agradezco que me hayan recibido en vuestro palacio. —El placer es nuestro. Mi esposa fue una gran amiga de tu madre. Espero algún día poder contarte algunas de sus historias juntas. —Será un honor —respondió ella, sonriendo tímidamente. —Mia —intervino Neahm—, ¿estás bien? —Sí. Creo que, finalmente, soy yo. Sin ataduras. Se acercó a los reyes en sus tronos. —Altezas, necesito llegar al Gremio del Espiral. Tain, el acompañante de mi madre, me espera allí. Les pido vuestra ayuda. Me han dicho que por vuestra costa pasa una de las rutas más rápidas —Tienes nuestros barcos a tu disposición —dijo el rey—. Pero antes, permítenos ofrecerte un banquete esta noche en tu honor. No sería adecuado que una princesa parta sin ser celebrada. —Gracias —respondió ella, sincera. —Tus amigos nos han puesto al día con tu situación —añadió la reina. Mia miró a Neahm y Aidan. Aunque Neahm le sonrió con complicidad, algo en su interior seguía inquieto. —Mañana partirás al Gremio del Espiral —dijo la reina—. Tain nos dejó instrucciones claras. Debes reunirte primero con Fairud. —¿La madre de Neahm? —Exactamente —confirmó el rey—. Disfruta el resto del día. Nuestra hija Yali te acompañará. Será nuestra representante cuando reclames el trono. Tendrás que conseguir el apoyo del resto de las cortes, y eso no será sencillo, sobre todo con Leif, la líder de los vampiros. Ellos son los aliados más fuertes de Dustin. Luego el rey añadió: —Siempre supimos cómo ella pensaba, pero tenía claro que no tenía suficiente poder para cambiar tradiciones arcaicas. Tú, en cambio, marcarás el inicio de una nueva era. —Si llegas a ser nuestra reina, podrás cambiar cuanto desees después de la guerra —agregó la reina. —Gracias por su confianza. Sé que el momento llegará para pensar en nuevas leyes. Pero ahora… solo tengo un objetivo: enfrentar a mi hermano y reclamar el trono que me pertenece. Mia respiró profundo. Había comenzado con buen pie. Sin buscarlo, ya tenía el apoyo de los elfos. Pero sabía que no todos los reinos serían tan receptivos. —No sé cómo agradecerles tanta hospitalidad. Nunca olvidaré esto. —Solo cumple tu deber. Líbranos —dijo el rey. —Lo haré. Daría mi vida por este reino si fuera necesario. Mi madre lo amó, y yo… estoy dispuesta a hacer lo mismo. Vine a defender su memoria y su legado. Eso haré. —Disfruta tu día. Bienvenida a Ganondofor, princesa Mia —dijo el rey con solemnidad. —Nos veremos esta noche en el banquete. Puedes descansar con tus compañeros mientras tanto —añadió la reina. Aidan y Neahm salieron detrás de ella, orgullosos de ver cómo la heredera crecía ante sus ojos. Mia sonrió. Estaba decidida a disfrutar ese día de paz, porque intuía que no habría muchos más. Una guerra se avecinaba, y con ella, un futuro incierto. Sabía que habría pueblos que defenderían a su hermano hasta la muerte. Su camino no estaría cubierto de flores… pero, al fin y al cabo, ella nunca fue amante de las flores.
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