Bajo el cielo de Lorien

1903 Palabras
La fiesta de presentación de Mia había sido un éxito rotundo. Los habitantes de Lorien rebosaban de alegría, aunque más que eso, estaban profundamente impactados por el secreto que la reina Marissa se había llevado consigo a la tumba. No era difícil creer que aquella joven de cabello rojo intenso fuese la hija de la antigua reina. Si no fuese por el color de su melena, cualquiera habría pensado que se trataba de un fraude, pues el parecido con Marissa era abrumador: los mismos ojos verdes llenos de vida, esa sonrisa que inspiraba confianza, esa elegancia natural que no podía aprenderse. Pero allí estaba Mia, viva prueba de cada palabra que el rey había pronunciado ante el pueblo: bailando, sonriendo, siendo el centro de atención y, al mismo tiempo, completamente genuina. Los ojos de la princesa brillaban con la misma intensidad que alguna vez iluminó el rostro de su madre. En esa noche mágica, Mia parecía renacer. Era evidente que esta nueva etapa la emocionaba: tenía una sonrisa serena y constante dibujada en el rostro, y su andar transmitía una mezcla de humildad y fortaleza. Por primera vez en años, se sentía libre, sin cadenas, sin máscaras. Ya no tenía que esconder su esencia, ni fingir ser alguien más. El cálido recibimiento de los elfos, incluso cuando aún ignoraban su identidad, le había dejado una profunda marca en el alma. Lorien no era solo hermoso… era un verdadero hogar. Ganondoford, tal como se lo habían descrito, estaba empezando a ser parte de su historia. Aidan, en cambio, permanecía serio, como una sombra silenciosa a su lado. No la dejaba sola ni un solo instante, como si fuese su guardián personal. Sus ojos escaneaban cada rincón del salón, atento a todo y a todos. Neahm, por su parte, había optado por darle un poco de espacio. Sabía que Mia debía aprender a soltarse de las costumbres del mundo humano, a descubrir quién era sin miedo. Después de dieciocho años ocultándose, ser ella misma aún se sentía extraño. La mayor parte del tiempo, seguía usando su apariencia humana, ocultando sus cuernos de banshee, una marca de su linaje que aún no estaba lista para mostrar del todo. Los reyes elfos, anfitriones de la velada, eran conocidos por su hospitalidad. Y aquella noche no fue la excepción. El ambiente en el Palacio de Secoya era vibrante: música, risas, aromas florales y mágicos danzaban entre los invitados. Todos parecían felices, como si por un momento el mundo se hubiese detenido. Y aunque en el horizonte se avecinaban tiempos oscuros, todos sabían que el cambio era inevitable. O evolucionaban, o el reino que amaban desaparecería. —Alteza —dijo una voz suave detrás de Mia. Era Yali, la joven elfa que desde su llegada se había mostrado como una aliada confiable. —Por favor, no me llames así —respondió Mia con una sonrisa tímida mientras giraba para encararla—. Somos de la misma edad, del mismo estatus… y aún se siente raro. Seremos compañeras de viaje desde mañana. No creo que haya necesidad de tanto protocolo. —Está bien —aceptó Yali con una sonrisa cómplice—. Intentaré no repetirlo. Te tutearé, lo prometo. ¿Qué te ha parecido la fiesta? —Es más de lo que esperaba —respondió Mia, mirando a su alrededor, como si quisiera grabar cada rostro, cada detalle—. Confieso que tuve miedo por la reacción del pueblo, pero al parecer la noticia regaló más de una sonrisa. Tener su apoyo me hace sentir menos… vulnerable. —No tendrás la misma suerte con todos los clanes de Ganondoford —advirtió Yali, bajando ligeramente la voz—. Aunque las seeles sí que estarán de tu lado. Su reina era la mejor amiga de tu madre. El corazón de Mia dio un vuelco. Anhelaba conocerla, saber más sobre su madre a través de los que la habían amado y respetado. Yali había notado la chispa en sus ojos y sonrió. —Tengo claro que el camino apenas comienza, y que no será fácil —dijo Mia con firmeza—. Pero eso no me derrumbará. Vine con una meta y un objetivo. Y haré lo necesario para cumplirlos. —Yo te acompañaré en el recorrido —afirmó Yali, con un leve movimiento de cabeza. —Será un honor —respondió Mia, e hizo una pequeña reverencia que Yali replicó con una sonrisa. —Nos vemos mañana. Trata de no acostarte tarde para que no despiertes agotada. Que tengas una linda noche, Mia. —Igualmente, Yali. La joven elfa se alejó, y Mia se quedó un momento observando cómo se perdía entre los invitados. Fue entonces cuando Aidan, que había estado bebiendo vino élfico desde una esquina, aprovechó el instante. Llevaba rato esperando el momento perfecto, pero entre saludos y danzas, no había logrado encontrarlo. Aun así, había conseguido bailar un par de veces con ella, lo cual era más de lo que imaginó. —¿Será que la princesa heredera tendrá un minuto para hablar con un viejo amigo y maestro? —preguntó con una media sonrisa. —No lo sé, señor —respondió Mia con fingida formalidad, llevándose una mano al pecho—. Permítame revisar mi tan ocupada agenda… Ambos rieron. —Creo que ya has socializado suficiente por hoy —añadió él—. Mañana será un día importante. Ambos necesitamos descansar. —Tienes razón. ¿Me acompañas? —Esperaba que me lo preguntaras —dijo Aidan, extendiéndole la mano con suavidad. Se despidieron de los reyes con una reverencia respetuosa y caminaron juntos por los pasillos del palacio. Aunque no era tarde, sabían que los días de paz estaban contados. Pronto visitarían el Gremio del Espiral, enfrentarían enemigos, y debían prepararse para una guerra que marcaría la historia. El futuro exigía fuerza, y no había tiempo que perder. —Pronto conocerás a Fairud —dijo Aidan—. ¿Estás nerviosa? —Más que nervios… siento miedo —admitió ella, bajando la mirada. —¿Miedo? —repitió él, sorprendido—. No deberías. No la conozco, pero todo indica que está de nuestro lado. —Me han hablado tanto de ella… de lo poderosa que es, que me siento intimidada. Sé que lo que me diga será clave para enfrentar a mi hermano. ¿Y si descubre que no soy la indicada? ¿Y si los esfuerzos de los clanes por apoyarme son en vano? Aidan la observó con ternura. —Es normal temer a lo desconocido, pero recuerda lo que te enseñé —No puedo permitir que el temor me domine. Debo mirarlo a los ojos y enfrentarlo —completó Mia con determinación. —Exacto. —El problema es que no estoy enfrentando a cualquiera. Es mi hermano. No sé qué me espera, ni si podré hacer lo que él ha hecho para aferrarse al trono. Tengo un gran equipo, pero al final, la batalla será entre él y yo. No sé si podré… —No estás sola —la interrumpió Aidan. —Gracias —dijo Mia con una sonrisa débil—. Lo sé. Eso me da fuerzas. Ustedes renunciaron a tanto por mí. Debo ser fuerte. —Mia… —dijo Aidan, deteniéndose en medio del corredor. La chica se volvió hacia él. Su expresión había cambiado; parecía nervioso. Muy nervioso. —No renuncié a Skycastle —dijo, con voz firme pero baja—. Ese lugar no se sentía como mi hogar… al menos no lo hizo hasta que llegaste tú. El corazón de Mia latió con fuerza. Aidan la miraba intensamente, y cada palabra suya parecía perforarle el alma. Ella lo había amado en silencio desde el primer día, aunque al principio él había sido tan frío, tan distante, que pensó que jamás habría una oportunidad entre ellos. —Estoy contigo en lo que sea, y siempre estaré cuando me necesites —continuó él, acercándose—. No creas que estoy aquí para liberar este reino. No soy tan noble, Mia. Estoy aquí por ti. Quiero verte feliz. Y si eso significa enfrentarnos al estúpido rey, lo haré. Solo por ti. —Aidan… —susurró ella, sorprendida. —Si lo que deseas es una guerra… haré que el reino arda —susurró con intensidad, tan cerca de ella que sus respiraciones se entrelazaban—. Solo pídelo. Y yo cumpliré tu deseo. —Esto… esto es inesperado —balbuceó ella, aún procesando todo. Él alzó una mano y la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo directamente. Sus ojos azules brillaban con deseo y devoción. Aidan sabía lo que provocaba en Mia, pero nunca se atrevió a actuar en el mundo humano por respeto a Raziel y a las reglas. —Solo dilo —susurró. —¿Qué cosa? —preguntó ella, más nerviosa que nunca. —Que me deseas tanto como yo a ti. Las palabras quedaron flotando entre ellos. Bastaba un mínimo movimiento para que se besaran, pero Mia permaneció inmóvil, en shock. Aidan, al no recibir respuesta, interpretó su silencio como rechazo. Se apartó con brusquedad y pasó a su lado. —Que duermas bien, princesa —dijo con tono arisco, alejándose. —¡Aidan! —llamó ella, reaccionando tarde—. ¡Aidan, espera! Corrió tras él, pero fue inútil. Aidan se desvaneció entre los pasillos y saltó por una de las ventanas del palacio. Nunca antes había sido rechazado. Se sentía herido, avergonzado. Había ensayado sus palabras una y otra vez, seguro de que esta vez, sería diferente. Pero no había funcionado. Y no lo entendía. Aun así, estaba decidido. Lograría su objetivo, porque él no sabía fallar. Mia, por su parte, se quedó sola, paralizada por la intensidad del momento. Jamás imaginó que Aidan se sintiera así. Siempre creyó que solo eran amigos. Tardó en reaccionar porque le costaba aceptar que su amor platónico era real… y correspondido. —¿Mia? —dijo una voz conocida. Neahm apareció a su lado, su expresión preocupada. —¿Todo bien? —Aidan… acaba de declararse. —Pensé que nunca lo haría. —¿Tú lo sabías? —Eran demasiado obvios. Solo ustedes eran tan tontos como para no darse cuenta de los sentimientos del otro. —Pero se fue molesto. ¿Y si piensa que no me gusta? —Aidan es orgulloso, sí. Pero mañana hablarán con calma. Ya verás. Todo se aclarará. —Tienes razón. Mañana es un nuevo día —suspiró Mia. —Vamos. Te acompaño. Es hora de dormir. Mia asintió y caminó junto a su amiga, repitiendo en su mente, una y otra vez, aquella escena. Su corazón aún palpitaba con fuerza… apenas llevaba dos días en Ganondoford, y ya tantas cosas estaban cambiando. En el fondo, Mia sentía un poco de confusión. Era obvio que había un lazo entre ellos, tampoco podía negar su belleza ni lo cautivadores que eran sus ojos azules. Pero también le tenía admiración y respeto. Él había sido su tutor, su guía. No sabía cómo interpretar sus sentimientos, pues para ella amar era fácil, pero amar de la forma en que Aidan le pedía era algo nuevo… algo que jamás había experimentado. Tenía que aclararse antes de hablar con él. No podía hablarle de fantasías, sino de hechos. Y lo único que sabía con certeza… era que no tenía idea de qué sentía hacia el ángel. Y, en el fondo, supo que aquello solo era el comienzo.
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