La ultima mirada de Secoya

2057 Palabras
A la mañana siguiente todos hablaban de la fiesta de la noche anterior. Era el tema recurrente en los pasillos, en los jardines, en cada rincón del palacio. Todos eran conscientes de que algo había cambiado, y lo había hecho en un parpadeo. Justo como Mia lo intuía, ella había devuelto la fe en un futuro mejor a los habitantes de Lorien. Se sentía tan a gusto en aquel lugar que la idea de luchar contra lo que fuera ya no le parecía una carga, sino un propósito. Neahm y Mia caminaban juntas hacia el comedor, radiantes por lo bien que habían descansado. Saber que contaban con el apoyo de uno de los reyes les había quitado un peso enorme de encima. En cambio, Aidan no había pegado ojo en toda la noche. Su mente era un torbellino de pensamientos, y la furia por lo ocurrido con Mia lo consumía. Apenas podía controlar la tensión que le recorría el cuerpo. Cuando entraron al salón, el contraste fue evidente. Mia saludó con una sonrisa a los guardias y sirvientes que se inclinaban ante ella, mientras Neahm hacía un comentario ligero que provocó algunas risas. Aidan, en cambio, mantenía la mandíbula apretada, sus ojos azules helados, incapaces de posarse en Mia sin que un nudo de frustración se formara en su garganta. —Hoy partiremos al encuentro de la reina de las banshees —anunció uno de los mensajeros, interrumpiendo el murmullo de los presentes—. Sus carruajes estarán listos al mediodía. El corazón de Mia dio un vuelco. Había esperado ese momento con una mezcla de emoción y temor. Sabía que aquella líder era poderosa e influyente entre su gente, y que su apoyo sería crucial en los tiempos oscuros que se avecinaban. Y, sin embargo, el recuerdo de la noche anterior la perseguía. —Será un día importante —dijo Neahm en voz baja, dándole un apretón de apoyo en la mano. Mia asintió, aunque no pudo evitar girar discretamente la cabeza hacia Aidan. Él se mantenía de pie, de brazos cruzados, como si el mundo entero le resultara indiferente. Ella notó la distancia, la muralla invisible que él había levantado entre los dos, y un peso incómodo se instaló en su pecho. No había tiempo para aclarar las cosas. No esa mañana. La misión exigía concentración, y lo último que necesitaba era un enfrentamiento emocional en medio del palacio. Y aun así… el silencio de Aidan dolía más de lo que se atrevía a admitir. El sol apenas comenzaba a elevarse cuando Mia, Neahm, Yali y Aidan se reunieron en el vestíbulo principal del Palacio de Secoya. Los reyes los esperaban allí, rodeados de la luz dorada que atravesaba los ventanales y hacía brillar las hebras de oro entre las trenzas de sus cabellos. La reina, vestida con un manto plateado bordado con hilos verdes, acarició la mejilla de su hija Yali antes de hablar. —Has demostrado valentía, pequeña —dijo con dulzura, aunque en sus ojos se ocultaba la preocupación de una madre—. Pero la valentía sin sabiduría puede volverse imprudencia. Escucha a Mia, confía en tu instinto, pero nunca olvides que aún estás aprendiendo. —Lo haré, madre —respondió Yali, inclinando la cabeza con respeto, aunque su voz temblaba por la emoción. El rey dio un paso al frente, imponente con su túnica de tonos terrosos y la corona que parecía nacida de la misma raíz del bosque. Su mirada se posó en Mia, y por primera vez en mucho tiempo, ella sintió el peso solemne de la responsabilidad. —Te confiamos lo más preciado de nuestro reino —dijo con voz grave, señalando a su hija—. Sabemos de tu linaje y de la fuerza que guardas, pero también sabemos que el camino hacia la corona de Ganondoford no será sencillo. Cuida de Yali como si fuese tu hermana. Mia bajó la cabeza, conmovida por la confianza que depositaban en ella. —Lo prometo, mi rey. Haré todo lo que esté en mis manos para protegerla… y también para liberar al reino de la oscuridad de mi hermano. No descansaré hasta que la luz vuelva a brillar sobre estas tierras. La reina la tomó de las manos, sus dedos fríos y suaves como la corteza húmeda de un árbol al amanecer. —No te cargues sola con el peso del mundo, Mia. El poder de un reino no está en la corona, sino en quienes caminan a tu lado. Confía en ellos, y no permitas que el miedo robe la claridad de tu corazón. Las palabras calaron hondo en ella. Por un instante, sintió que Marissa misma le hablaba a través de aquella mujer de mirada serena. El rey inclinó la cabeza solemnemente y posó una mano firme sobre el hombro de Mia. —Que la fuerza de la naturaleza te acompañe en cada paso. El bosque recordará tu nombre, y si logras lo que te propones… los clanes volverán a unirse. Mia respiró hondo, conteniendo las lágrimas. —Gracias por su confianza. Gracias por recibirme como a una hija. La reina sonrió con dulzura. —Ve en paz, princesa. No olvides que esta siempre será tu casa. Con esas palabras, Yali abrazó a sus padres por última vez antes de partir. El carruaje esperaba en la entrada, los caballos piafaban ansiosos, y el aire mismo parecía contener la promesa de un viaje que cambiaría sus vidas para siempre. El sol apenas comenzaba a elevarse cuando Mia, Neahm, Yali y Aidan se reunieron en el vestíbulo principal del Palacio de Secoya. Los reyes los esperaban allí, rodeados de la luz dorada que atravesaba los ventanales y hacía brillar las hebras de oro entre las trenzas de sus cabellos. La reina, vestida con un manto plateado bordado con hilos verdes, acarició la mejilla de su hija Yali antes de hablar. —Has demostrado valentía, pequeña —dijo con dulzura, aunque en sus ojos se ocultaba la preocupación de una madre—. Pero la valentía sin sabiduría puede volverse imprudencia. Escucha a Mia, confía en tu instinto, pero nunca olvides que aún estás aprendiendo. —Lo haré, madre —respondió Yali, inclinando la cabeza con respeto, aunque su voz temblaba por la emoción. El rey dio un paso al frente, imponente con su túnica de tonos terrosos y la corona que parecía nacida de la misma raíz del bosque. Su mirada se posó en Mia, y por primera vez en mucho tiempo, ella sintió el peso solemne de la responsabilidad. —Te confiamos lo más preciado de nuestro reino —dijo con voz grave, señalando a su hija—. Sabemos de tu linaje y de la fuerza que guardas, pero también sabemos que el camino hacia la corona de Ganondoford no será sencillo. Cuida de Yali como si fuese tu hermana. Mia bajó la cabeza, conmovida por la confianza que depositaban en ella. —Lo prometo, mi rey. Haré todo lo que esté en mis manos para protegerla… y también para liberar al reino de la oscuridad de mi hermano. No descansaré hasta que la luz vuelva a brillar sobre estas tierras. La reina la tomó de las manos, sus dedos fríos y suaves como la corteza húmeda de un árbol al amanecer. —No te cargues sola con el peso del mundo, Mia. El poder de un reino no está en la corona, sino en quienes caminan a tu lado. Confía en ellos, y no permitas que el miedo robe la claridad de tu corazón. Las palabras calaron hondo en ella. Por un instante, sintió que Marissa misma le hablaba a través de aquella mujer de mirada serena. El rey inclinó la cabeza solemnemente y posó una mano firme sobre el hombro de Mia. —Que la fuerza de la naturaleza te acompañe en cada paso. El bosque recordará tu nombre, y si logras lo que te propones… los clanes volverán a unirse. Mia respiró hondo, conteniendo las lágrimas. —Gracias por su confianza. Gracias por recibirme como a una hija. La reina sonrió con dulzura. —Ve en paz, princesa. No olvides que esta siempre será tu casa. Con esas palabras, Yali abrazó a sus padres por última vez antes de partir. El carruaje esperaba en la entrada, los caballos piafaban ansiosos, y el aire mismo parecía contener la promesa de un viaje que cambiaría sus vidas para siempre. El carruaje avanzaba lento por el sendero empedrado, escoltado por los guardias reales hasta los límites del bosque. La luz del día se filtraba entre los árboles, pero cada sombra parecía esconder un secreto, y el aire cargado de humedad tenía un peso extraño, como si el propio bosque observara a los viajeros. Mia iba sentada junto a Neahm y Yali, mientras Aidan ocupaba el asiento frente a ellas, la mirada fija en el horizonte. La tensión en el ambiente era palpable: no solo por lo que los esperaba más allá del bosque, sino también por lo no dicho entre él y Mia. —¿Creen que la reina Fairud aceptará vernos de inmediato? —preguntó Yali, rompiendo el silencio. Sus ojos brillaban con una chispa de emoción juvenil—. Dicen que han pasado décadas desde que apareció en público. —La última vez que se supo de ella fue antes de la caída de Marissa —respondió Neahm, pensativa—. Los banshees se apartaron del resto del mundo, y desde entonces nadie los ha visto. Mia se inclinó un poco hacia adelante, con la voz llena de incertidumbre. —¿Y si no quiere recibirnos? ¿Y si piensa que no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar a Dustin? —Fairud es estricta —dijo Yali—, pero también justa. Si alguien puede juzgar tu valor, es ella. —No necesitas probarle nada —intervino Aidan por fin, con tono seco pero firme. Sus ojos se clavaron en Mia apenas un instante, antes de apartarse de nuevo hacia la ventana del carruaje—. Ya has demostrado suficiente. Mia sintió que sus palabras eran un apoyo, pero el tono distante le dolió más de lo que quiso admitir. Se mordió el labio, conteniendo el impulso de responder algo que delatara lo que sentía. —La incertidumbre es lo único que tenemos claro —añadió Neahm, tratando de suavizar la tensión—. El futuro se decide paso a paso. Y este viaje será la primera prueba real. El carruaje se detuvo bruscamente. Los guardias al mando abrieron la puerta. —Hasta aquí podemos acompañarlos —dijo uno de ellos con solemnidad—. El bosque de la Montaña del Lobo no permite el paso de ejércitos. Si lo intentáramos, solo atraeríamos más criaturas hacia ustedes. El resto del camino deberán hacerlo solos. Mia descendió, mirando el muro de árboles frente a ella. Era un mar de sombras, y a lo lejos el eco de un aullido estremeció la tierra bajo sus pies. La princesa apretó las manos contra su capa, buscando valor. —Hombres lobo —murmuró Yali, con un nudo en la garganta—. Dicen que con la luna llena no distinguen entre enemigo y aliado. Todo lo que respira es presa para ellos. Neahm trató de sonreír, aunque su voz temblaba un poco. —Perfecto. Y justo hoy habrá luna llena. ¿Qué puede salir mal? El grupo rió débilmente, más por nervios que por humor. Aidan ajustó la empuñadura de su espada y miró hacia el cielo grisáceo. —El peligro es inevitable. Lo importante será atravesar el bosque antes de que anochezca. Mia lo observó de reojo. Quiso hablarle, decirle lo que la noche anterior no había podido, pero él se limitó a pasar a su lado, frío y silencioso, sin detenerse. Sus ojos azules se cruzaron con los de ella apenas un instante, cargados de algo que oscilaba entre dolor y deseo contenido. Yali, ajena al torbellino que los rodeaba, caminó con paso firme hacia el sendero. —Entonces avancemos. Si queremos llegar al portal antes del amanecer, no podemos perder tiempo. El grupo se internó en el bosque. El aire se volvió más espeso, los sonidos más inquietantes. A cada paso, los árboles parecían cerrarse sobre ellos, y los aullidos, cada vez más cercanos, recordaban que el camino hacia la Montaña del Lobo recién comenzaba.
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