El día de la boda de Liam y Amara amaneció con una suave luz dorada que se extendía sobre la ciudad, una dulce promesa de calidez y luminosidad, reflejo de la felicidad que aguardaba en sus corazones. Habían elegido un lugar tranquilo y apartado, una finca histórica enclavada en unas ondulantes colinas a las afueras de la ciudad, un lugar donde el tiempo parecía ralentizarse, donde podían robar un día que sentían que les pertenecía solo a ellos. Amara se despertó con el canto de los pájaros y la suave brisa que entraba por la ventana abierta. Se quedó quieta un momento, asimilando la realidad del día. Hoy se casaría con Liam, el hombre que la había apoyado, que le había demostrado su fuerza y que le había prometido abrazarla en cada giro. Un escalofrío de anticipación le recorrió la espal

