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1110 Palabras
8 Me sentía asqueada, violentada, quería y deseaba huir de aquí, pero, primero rogaba por ver a este hijo de puta muerto. Cerré mis ojos imaginando como clavaba un puñal en su pecho, quería matarlo con mis propias manos. —¡¿Qué haces?! —le pregunté al verlo tan concentrado limpiando mi cuerpo. —¿No es notorio, Vicky? —contestó haciéndome parecer una tonta. —¡Ya sé! estás tratando de limpiar tu conciencia después de haber secuestrado a una jovencita—su mirada se tornó tensa, podía ver la cólera en ella, y me arrepentí en ese instante de haber pronunciado aquellas palabras. —¿Si te trato bien está mal? —Comenzó a hacer pucheros como niño pequeño. —¡Eres un maldito bipolar! —espeté, Mijaíl se metió a la tina junto a mí con todo y ropa. —¡Que te quitará la virginidad, y eso no es lo mismo! —me quedé en silencio por un instante. —A la primera oportunidad escaparé—respondí con brusquedad y sin mirarlo. —¡Eso jamás pasará! —lo dijo más como una afirmación. Mi corazón se quería salir de mi pecho, mi mentón tembló por todo el miedo que este maldito me producía. —Aunque no pueda a la primera, lo seguiré intentando— lo reté. Mijail solo sonrió seguro de sus palabras. —Lo único que sé es que a la primera que intentes escapar, tu amiga Malka ira a para a uno de mis prostíbulos, y querida, ella no ira precisamente a limpiar—, sus labios dibujaron una sonrisa de triunfo. —¡Te odio! —le grité golpeándolo y salpicando todo el lugar con agua de la tina. —Lo siento por ti, pero, no me importa lo que sientas… No sé por cuánto tiempo dormí y mucho menos cuando lo hice, puedo sentir un dolor fuerte en mis caderas y parte de la espalda, al quitarme la sabana puedo ver que solo estoy en ropa interior y una camiseta que de seguro es de Mijaíl. Me levanté y fui directo al baño para asearme, abrí el closet encontrándome un vestido blanco y unas zapatillas rojas que el lunático del ruso dejó para mí. Anoche después de bañarme, Mijail abandonó la habitación dejándome completamente sola y no sé por cuánto tiempo más estaré en la misma situación. Al tratar de abrir la puerta para salir de la habitación, me doy cuenta de que esta se encuentra con llave, al parecer el mafioso no es tan idiota para dejarme sin seguro y menos con lo que le dije anoche. Trato de forzar la puerta, pero, no cede—¡Mijail, sácame de aquí! — grité con todas mis fuerzas, pero, nadie me escuchaba, la cólera se apoderó de mi pequeño cuerpo haciéndome estallar, tomé una silla y esta se parte en pedazos sobre la puerta cuando busqué la forma de quebrarla, pero, sigo en las mismas, la manera no cede. Mis manos me duelen por la presión que hago, grito, gimo, peleo, pero, Mijaíl parece no escucharme o al menos que él no se encuentre en aquel lugar. A mi mente llega la idea de que es el mejor momento para escapar, busco como loca por toda la habitación algo para poder forzar la cerradura de la puerta. Las horas viendo C.S.I tendrían que servir para algo, esculco entre los cajones, pero, no encuentro nada, hasta que me percato de una caja de pasadores dentro de una bolsa plástica. Trato de recordar todas las veces que vi en películas la forma en que colocaban el pasador para abrir la cerradura, pasan diez minutos y era frustrante pensar que era mentira lo que veía en la televisión, así que decidí no rendirme, porque una oportunidad como esta no tendría dos veces, hasta que lo logré. —¡SÍ! —grité de la alegría, tapándome la boca de golpe por si acaso alguien me había escuchado. Con mis manos temblorosas giro la perilla de la puerta, me sorprendo al no escuchar nada en aquel lugar, mi cuerpo comienza a temblar por la adrenalina. Veo que estoy en una especie de bodega llena de bolsas plásticas, como si fuese un depósito reciclable, voy a paso lento para no ser descubierta. Mis ojos se agrandan al ver una habitación, giro la perilla y está abierta, doy la gloria a cualquier dios que me esté escuchando en ese momento, me alegro al ver que ese lugar es un tipo de oficina—¡Bingo! — digo mirando un teléfono sobre una mesa, corro desesperadamente hacia este, lo coloco en mi oído, para luego escuchar la bocina sonar claramente. Comienzo a marcar el número de mi casa. —Tres, nueve, seis, cinco…—repito. Suena, uno, dos… —¡¿Bueno?!—la voz de mi madre se escucha agitada. Comienzo a llorar. —¡Mamá! ¡oh mamá soy yo! —mi voz se quiebra. —Victoria de por Dios, ¿Dónde estás? —escucho al fondo a mi padre tratando de quitarle el teléfono. —Hija, ¿Dónde estás? —esta vez es mi papá. —¡Papá, ¡no sé…! ¡yo…! ¡no sé! —escucho las maldiciones de mi padre. —Victoria, ¿me escuchas? Pregunta mamá llorando con fuerza. —Mamá, un hombre llamado Mijaíl Volkov me secuestró, él…. Me tiene retenida en un lugar que desconozco, se ve como una bodega mamá… ¡sáquenme de aquí! —Gilberto, la niña—escucho a mi madre llorar. —Te sacaremos de allí hija, te lo prometo—dice mi padre entre llanto. —Papá…yo…—siento como el teléfono es arrebatado con brusquedad de mis manos. Abro mis ojos al ver a Mijaíl vuelto furia, trato de correr hacia la salida, pero, este me lanza un golpe tan fuerte que terminé tirada en el piso. —¡Eres una malagradecida! —Suelta estampando su puño en mi cara, chillé rápidamente de dolor. Mijaíl me toma del cabello y me arrastra hasta la habitación, saca una maleta y comienza a guardar unos papeles, me extiende una sudadera y me obliga a colocármela. Miré de reojo en el espejo y veo que tengo un moretón en mi mejilla izquierda. —Toma—me extiende unas gafas, me sujeta del brazo y me saca de aquel lugar. Puedo ver que estamos como una especie de cloaca y me doy cuenta que estamos cerca de mi escuela, siempre estuve cerca de mis padres. —¡Donde me llevas! —le grito hasta que Mijaíl roza algo en mi fosa nasales haciendo que pierda el conocimiento.
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