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1252 Palabras
9 Levántate…. Anda Victoria, levántate…. Siento el movimiento de un auto, mi cuerpo está paralizado, veo a Mijaíl a mi lado y me paro en seco. —¿Dónde me has traído? —no me responde—¡¿Dónde me has traído?!—Mijaíl tensa la mandíbula y el carro frena haciendo que me golpee con la parte delantera. —Estamos fuera del país—, sus palabras fueron tan fría que sentí una electricidad por todo mi cuerpo. —¡Mentira es mentira! —grito con todas mis fuerzas. Trato de mantener la calma, pero, la risa en son de burla de Mijaíl me saca de quicio. —Déjame ir por favor, te prometo no diré nada…—el mafioso comienza a reírse a carcajadas. —Eres una tonta que no entiende nada… ¿aún no has entendido que eres mía? ¿eres tan estúpida acaso? nadie puede escapar de Mijail, ¡nadie! tu cuerpo, tu alma, todo de ti me pertenece, Victoria. En ese momento, el ruso para el auto para así poder entrar por un camino boscoso, veo a lo lejos una gran reja que se abre apenas Mijaíl pronuncia unas palabras en su idioma natal, eso me hace dar cuenta que ese malnacido me ha traído a Rusia lejos muy lejos de mi familia, llevo mis manos a la sudadera, apretándola con fuerza para controlándome y así no partirle la madre a ese maldito. Al entrar a aquel lugar el auto sube una colina donde puedo ver muchos árboles y un enorme jardín, al fondo hay una mansión estilo gótico, Mijaíl estacionó y yo permanecía callada, tenía que idear un plan para poder escapar. Por nada del mundo me quedaría con ese imbécil. El pelinegro se baja y me abre la puerta tomando mi brazo bruscamente, una mujer de tez blanca con cabello rojizo algo mayor, nos recibe, ella tiene un semblante serio. Al verme hace una mueca y su mirada se pasa hacia Mijaíl. —¿Una nueva prostituta? —pregunta esa mujer burlonamente. —No—, dice Mijaíl seco —¿Entonces? —vuelve ella a pregunta insistentemente. —¡Es mi mujer! —la señora me mira con cara de asombro. —Mijaíl…—este abre los ojos y la mujer calla inmediatamente, no volviendo a preguntar nada. Unos hombres toman las cosas de su jefe que se encontraban dentro del coche, mi cabeza duele demasiado. La mujer pelirroja me guía hacia una habitación, cuando entró, ella cierra la puerta de golpe con llave. Como era de esperarse me volvió a encerrar, veo en la cama una bata de seda con algunos utensilios de aseo personal, entro al baño y comienzo a despojarme de toda la ropa que llevaba. Me comienzo a preguntar como hizo para sacarme del país, pero, me regaño a mí misma recordando que él es Mijaíl y según no había nadie más poderoso que él. Después de asearme y pasar por más de una hora dentro del baño, pude sentir que la tensión en mi cuerpo disminuyó, comencé a preguntarme como estará mis padres, Malka, Jhon y mi corazón se arruga al pensar que no pude estar en el entierro del bastardo de mi profesor. Salgo del cuarto y me topo con ese par de ojos verdes que me dan tanto asco. —¿Qué? —preguntó haciéndome la indiferente. —Te traje esto—, me señala una bandeja con frutas—Jhon me dijo que la sandía era tu favorita—lo miro con cara de horror. —¿Jhon? —él asiente. —No entiendo—le digo sin poder comprender a qué se refiere con esto. —¿Qué no entiendes?, ¿Que tu mejor amigo te vendió para saldar una deuda? —sentí como si miles de agujas atravesaran mi corazón. —¡Mentira! —le grito cayendo de rodillas en el piso. —Jhon me debía mucho dinero, él era un consumidor activo, mis hombres le vendían casi seis veces al día, una noche, Jhon no tenía el dinero suficiente, y como buen samaritano le di un crédito que jamás me pagó. A veces me hacía trabajos, pero, eso no daba para pagar la deuda, cuando te vi sentí un clic contigo que jamás lo había sentido con nadie, así que decidí que serías mía cueste lo que cueste. Le dije a Jhon que, si te entregaba a mí, saldábamos la deuda, ¿y adivina? ¡Lo hizo! —Comencé a llorar—¿Quién crees que me dijo de tu amorío con ese profesor? —abrí los ojos. —No me digas que tú…—las palabras no me salen. —Lo maté por tocar lo que era mío…—llevo mis manos al borde de su camisa y comienzo a zarandearlo. —Yo no amaba a Roberto… Ese bastardo era tan maldito como tú…—Mijaíl me toma de los brazos y me atrae hacia él, sus manos están sobre mi cabeza haciendo fricción con su pecho fornido. —Solo habrá una bestia en tu vida... —Roberto merecía morir y ahora tú también…—de repente saco uno de los pasadores que guardé mientras aún seguíamos en España y se lo clavo en su brazo derecho. El mafioso me suelta al ver la sangre correr por toda su mano, así que aprovecho para llegar hasta la puerta principal y maldigo al encontrarla cerrada con seguro. El pelinegro comienza a sonar el metal de las llaves contra su muslo izquierdo. Poco a poco comienza a acercarse a mí, sus manos me atrapan y comienza a arrullarme, Mijaíl no está bien de la cabeza. —¿Qué haces? —le pregunto consternada. —Solo te cuido, cariño—me separo de él cuando su sangre me empapó también. —¡Estás loco! —le grito, pero, Mijaíl me toma del cabello y me besa desesperadamente, toma con una de sus manos un trozo de fruta y lo lleva a mi boca con brusquedad—¡Debes comer! —argumenta, haciendo que me trague el restante de sandía. Siento la mirada de Mijaíl en mí, sus ojos me miran con sadismo, puedo ver como se tensa mirando cada uno de mis movimientos. Pasado unos minutos siento como un fuego recorre mi vientre. Comienzo a sudar. —¿Qué me has dado? —cuestiono llevándome la mano al vientre. —Entonces si funciona—su mirada se vuelve oscura y comienzo a entrar en pánico. —¡¿Qué has hecho?! —Te he dado un afrodisiaco que hará que entres en calor…—sus palabras me asustan, pero, solo mirar como comienza a quitarse la camisa delicadamente delante de mí, siento como un líquido sale de mis bragas. —Yo…—mi cara comienza a arder, Mijaíl se abalanza sobre mí como un león en busca de su presa. Su lengua viaja por mi cuello devorándolo, tira de la bata que me cubría mi desnudez, llevando una mano a mi pecho, comienza a masajearlo haciendo que miles de gemidos salgan de mi boca. —Adoro escucharte gemir—, dice llevando su boca al inicio de mis pechos, la sensación es tan exquisita que no soporto más y comienzo a gemir sin importar quién me escuche. —¡Mijail! —grito y una sonrisa de triunfo se dibuja en los labios de este. —Sabía que algún día gemirías mi nombre—no me aguante y lo besé… estoy besando a mi secuestrador.
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