Monserrat estaba nerviosa. No por el viaje en avión, no, a eso ya estaba acostumbrada, a lo que no lograba acostumbrarse era al amor. Tal vez ella nunca me amaría como yo la amaba a ella y no me importaba. O fingía que no me importaba. Desde la noche en que nos quedamos juntos no habíamos vuelto a hacer el amor. Nos habíamos visto, sí, habíamos desayunado juntos el viernes, pero nada más, cada uno estuvo demasiado ocupado arreglando sus cosas para viajar sin problemas toda una semana. La contemplé sentada en una de las butacas para esperar el avión y sus manos jugaban sin cesar, mordía sus labios y sus ojos no se detenían en nada. Yo había ido a comprar un par de cafés, eran las siete de la mañana y no habíamos desayunado todavía, lo haríamos en el avión. ―¿Arrepentida? ―le pregunté

