La sonrisa emocionada de Monserrat no quitó mis nervios. ―Sebastián... ―comenzó a hablar, pero se detuvo y temí que me dijera que no. ―¿Quieres ser mi esposa? ―pregunté nervioso. Ella soltó una exhalación, como si hubiera tenido el aire retenido en sus pulmones. ―¡Eres el mejor hombre que pisa la tierra! ―exclamó feliz y se abrazó a mí derramando lágrimas de pura felicidad. ―¿Eso es un sí? Ella se apartó y me miró enamorada. ―¡Siiiiiii! ―gritó volviendo a colgarse de mi cuello, haciéndome tambalear. Para mí escuchar de su boca que sí quería casarse conmigo, era un sueño. Tomé su mano para poner la sortija, pero ella se me quedó mirando y yo me perdí en sus ojos amarillo gata. Solo logré reaccionar rato después y puse el anillo en su dedo. ―Ahora sí, Monserrat Aliaga, eres

