Capítulo 1

1880 Palabras
—¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? ¡Estoy muerta! —chilló aterrada la frenética mujer, sus manos temblaban bajo el leve peso de su futuro. —¿Estás bien, Sarah? —preguntó a gritos una voz madura desde alguna habitación de la casa, logrando que la mujer se encogiera en sí misma en terror. Con movimientos frenéticos, Sarah se limpió el sudor de la frente con su mano libre. Sus ojos estaban agrandados en pánico, sus pies se movían a un ritmo raudo sobre el suelo de porcelana blanco del baño. Ella no estaba preparada para enfrentar la verdad, la responsabilidad ya la estaba sofocando y apenas era el comienzo. Sus ojos se movieron automáticamente hacia el afrentoso objeto en sus manos, las dos rayas rosadas que mostraba la pequeña pantalla se burlaban de su miedo. Sabía que tenía que aceptarlo, ya no quedaba otra opción. Era el décimo test que hacía en la pasada hora y todos habían mostrado el mismo resultado: positivo. No le quedaba duda, estaba embarazada. Ahora solo había un problema por resolver... ¿Quién diablos era el padre? Dos días después... —Creo que deberíamos agrandar el pedido de este mes. La mercancía apenas nos dio abasto la semana pasada y tuvimos que solicitar más para completar las compras extras de las clientas. ¿Qué opinas? Lana alzó la vista de las gráficas en su Tablet ante el silencio sepulcral de su mejor amiga, quién, aparentemente, había elegido la petrificación como su nuevo pasatiempo. —¿Sarah? —La rubia chaqueó los dedos frente al rostro de la estatua humana, sin lograr reacción alguna—. ¿A caso me estás escuchando en lo absoluto? Con un gruñido exasperado, Lana se levantó de la silla hacia la máquina de café en la esquina de la habitación y llenó la taza con la bebida mágica que, seguro, haría mejor trabajo que ella en despertar a los muertos. Con una sonrisa malévola, echó tres turrones de azúcar en la taza y le agregó diez... no una, ni dos, ni cinco, ¡sino diez gotas de vainilla! A veces, ni siquiera ella entendía porque Dios le había regalado una mente tan perversa. Satisfecha, la rubia caminó de vuelta al escritorio y depositó la taza de café frente a su amiga con el letrero de 'Las zorras también duermen' hacia ella. La reacción deseada no se dio a esperar, con un sutil olfateo del fuerte aroma, la desenfocada mirada de Sarah fue volviendo poco a poco al presente. Sus ojos cayeron sobre el milagro más maravilloso de la humanidad. Su boca se llenó de agua, incitando a su lengua a humedecer sus labios en espera del néctar de los Dioses. En algún lugar lejano de su cerebro, una vocecita fastidiosa intentó recordarle que el Néctar de los Dioses no era precisamente café, sino licor, pero, en esos momentos, a nadie la importaba realmente los hechos; mucho menos a Sarah, adicta al café, obsesiva al trabajo, y futura madre paranoica. La CEO y presidenta de Davis Beauty Queens agrandó sus ojos ante el inesperado recuerdo de que, por los próximos ocho meses, tendría un residente permanente en su vientre. —¡Ay, Dios mío! Voy a ser una pésima madre. De seguro lo dejaré botado en alguna parada de autobús. —¿Pero de qué estás hablando? Si tú no tomas el autobús desde la secundaria —protestó la rubia, confundida por los disparates sin sentidos que escapaban los labios de la alocada pelirroja. —Además —agregó la muchacha en tono reconfortante—, Flory nunca permitiría que lo abandonaras en un lugar tan poco digno de él como una sucia parada. Estoy segura que, si lo haces, te estaría diciendo puta hasta el día de su muerte. Y mira que yerba mala nunca muere. —Pero tú no lo entiendes. Seguro que me olvidaré de alimentarlo, y de bañarlo también —murmuró Sarah distraídamente, sus ojos llenándose de lágrimas—. Seguro terminaré dándole veneno en vez de comida. —Pero, cariño, no te tortures así. Si lo del veneno fue un error, no era tú culpa que las latas tuvieran el mismo color. ¿Que una tenía una calavera en ella con un letrero de advertencia? Puras tonterías, nadie lee las etiquetas de las latas de comida para animales —aseguró con una sonrisa suave, aunque ella no estaba muy segura de que de verdad hubiera sido un accidente. Al menos, no las cuatro veces. Flory a veces podía ser bien irritante, aún más cuando se lo proponía. —Pero... y si lo dejo caer o lo confundo en la calle con otro bebé. ¡Soy capaz hasta de cambiarlo por un bebé n***o! Aunque, no es que me acuerde muy bien de que color era el padre tampoco. —¡Imposible! Flory es verde y azul, como lo vas a confundir por un bebé n***o —exclamó la rubia con seguridad. Su amiga se estaba volviendo loca, eso era un hecho. ¿A quién se le ocurriría que alguien podría confundir a un loro con un bebé? ¡Y muchos menos uno n***o! Que tonterías. Con una sacudida despreocupada de hombros, Lana se inclinó sobre el escritorio y pellizcó las mejillas de su mejor amiga, logrando que la atontada mujer despertara del limbo con un chillido indignante. —Pero, ¿qué te pasa? ¡¿Por qué me pellizcas?! —Llevas 20 minutos mirando hacia la nada diciendo puras tonterías, por eso —fue la excusa de la muchacha para tal acto infantil—. Anda, tómate el café y cuéntame que te pasa porque ya no estoy tan segura de que estuvieras hablando de Flory. Sarah suspiró, acunando la tasa de café caliente en sus manos. Tenía que contarle a alguien su secreto antes de volverse completamente loca, eso era, si no lo estaba ya. Y aunque decidiera guardárselo para sí misma, como les explicaría a las personas la barriga de cerveza que ganaría en unos cuantos meses. No, era imposible esconder el embarazo, mucho menos a un bebé. Aunque... la humanidad había avanzado mucho los últimos años, de seguro había alguna especialista en algún lado del mundo que le pudiera enseñar a un niño a ladrar en vez de llorar. Sarah siempre había querido tener un perro. Pero... Lana merecía saber la verdad. Ella era su mejor amiga, su confidente, su compañera de alma y de arma, también, y no estaba bien esconderle la existencia de su futuro sobrino. —Estoy embarazada —soltó de repente con los ojos agrandados en pánico fijados en la rubia, que, ante la noticia, se había quedado petrificada en su silla frente al escritorio. —¿Qué dijiste? Me lo puedes repetir por favor, como que no te entendí bien. —Estoy... —La oficina se llenó de silencio tras la pausa incomoda—. Em-ba-ra-za-da —repitió la pelirroja lentamente, alargando las vocales para énfasis. Lana pestañeó una vez, dos, tres, veces seguidas. Ella se negaba a aceptar lo que había escuchado. ¿Sarah, su mejor amiga, embarazada? ¡Imposible! ¡Pero si ni siquiera podía cuidar de su loro sin envenenarlo! —Y eso ni siquiera es lo peor —prosiguió con cautela, ajena al tormento interno de su compañera—. Hay algo muy importante que no te he dicho aún. —¡No! —fue el grito de horror que abandonó a la rubia, que se llevó las manos a la cabeza en desesperación, jalando de su ondeada melena hasta dejar un nido de enredos en su lugar—. Por favor, no me digas que es lo que estoy pensando. Ni siquiera tú podrías ser tan cruel —suplicó en tono desesperado. Sarah bajó la vista hasta enfocarla en el roble oscuro de su escritorio, contando las grietas y manchas que marcaban las estaciones de su éxito. Avergonzada, un rubor suave pintó sus mejillas. La taza en sus manos ya se había enfriado hacía minutos, pero el agarre en la dura porcelana era lo que impedía que sus dedos temblasen como hojas en la brisa. Si esa había sido la reacción de Lana, la mujer más liberar que existía en el planeta tierra, no quería ver cómo reaccionaría su obsesiva y, además, católica madre. —¡Ay, Dios mío! Es cierto, entonces. Te acostaste con mi hermano y ahora voy a ser tía. —¡¿Qué?! ¡No! ¿Cómo se te ocurre que yo me voy a acostar con el asqueroso pervertido de tú hermano? Lo encontré masturbándose mientras observaba a la Sra. Thomas bailar desnuda por la ventana de su cuarto en la Cena de Acción de Gracias. La pelirroja hizo una mueca de asco ante el indeseado recuerdo, un escalofrío recorrió por su cuerpo, poniéndole la piel de gallina. Esa era una memoria que quedaría grabada en su mente hasta el día de su muerte y no le hacía ninguna gracia tener que revivirla. Después de todo, solo alguien realmente inestable se masturbaría observando a una señora de setenta años. Lana se llevó las manos a la boca para contener su asco y cerro sus ojos con fuerza, intentando bloquear la imagen que quería colarse en su mente y perturbar su maravilloso sueño por el resto de su vida. Y lo peor de todo era que ni siquiera estaba sorprendida. Su hermano siempre había tenido gustos muy... particulares en cuanto a sus relaciones amorosas. Si, fue él mismo, quién aseguró haberse enamorado perdidamente de un caballo a los dieciséis años. —Creo que he quedado traumatizada por el resto de mi vida —se quejó la rubia con un gemido. —Únete al club. Por lo menos, alégrate que no eres tú quién vive en el edificio frente al suyo, en el mismo piso. ¡Con las malditas ventanas de los dormitorios una frente a la otra! Ni te imaginas los horrores que he tenido que vivir por culpa suya. Con un suspiro, Lana dejó caer sus manos a sus lados. Ni todos los conocimientos psicológicos del mundo la ayudarían a superar el trauma que había vivido. —Entonces, dime, ¿Qué es lo peor de todo el embarazo si mi hermano no es el padre? Con un respiro profundo, Sarah dejó ir a la pobre taza de café que, libre de toda culpa, había sufrido de su nerviosismo, y apoyó sus palmas en la fría madera del escritorio. Ya era hora de decir la verdad. No podía seguir alargando la tortura. —Estoy embarazada y... no sé quién es el padre del bebé —soltó apresurada, las últimas palabras escaparon con un chillido, arruinando completamente su plan de permanecer calmada ante el nuevo desastre que era su vida. Un estruendo resonante llenó la habitación, la puerta de roble rebotó contra la pared pintada en un rosado pastel, logrando hacer una g****a. Una señora en sus cincuentas, con una expresión iracunda en su rostro y las manos en puños aplastando un delicioso pastel de pasas, entró en la oficina. La furia en sus ojos era suficiente para causar que la temperatura bajara unos cuantos grados, logrando, de forma efectiva, congelar a todos en sus asientos. —¡Sarah Rose Davis! Explícame ahora mismo que está sucediendo.
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