Capítulo 2

1853 Palabras
6 meses después… La imagen de una mujer deslumbrante se reflejaba en el espejo, su pelo de un color rojizo natural brillaba con nueva viveza, haciendo resaltar unos bellos ojos azules y dulces, voluptuosos labios de fresa. La piel pálida de la mujer, que antes precisaba de un leve bronceado para alcanzar la perfección, ahora había tomado un tono rosado claro y su suavidad era casi admirable. ¿Habían escuchado esa frase que decía que el espejo no mentía? Pues sí, era verdad, el espejo no mentía. Esa era Sarah mintiéndose así misma porque su reflejo en el espejo imperial de su vestidor la había deprimido profundamente. Los pasados seis meses habían sido una bella tortura para nuestra profesional del mundo de la belleza, desde interminables días de vómitos acompañados de su inodoro, hasta incesables dolores de cabeza y muy dolorosas patadas. Sarah aún no lo sabía, pero la pequeña Sofía, desde la pancita de su mamá, ya había decidido que quería ser bailarina cuando creciera y se pasaba todo el día –y noche– practicando complicados movimientos y piruetas. No había nacido aún y ya era toda una profesional como su mami. Pero, aun así, nuestra alocada pelirroja hubiera elegido una y mil veces a la pequeña Sofía –o Sofi como le llamaba su tía Lana–, porque, desde aquel primer ultrasonido, cuando vio a su bebé que se asimilaba más a un frijol que a un ser humano, Sarah se enamoró perdidamente. ¿Y quién podría culparla? Si la pequeña Sofi, frijol o no, era toda una princesa. El insistente sonido de una llamada entrante llenó la habitación, interrumpiendo los pensamientos autocríticos de Sarah. Los ojos de la pelirroja se abren en pánico ante el ruido. Ella reconocería ese tono macabro donde fuera, la estaba llamando su madre. Con la desesperación evidente en sus movimientos, la pelirroja comenzó a patear las ropas y los zapatos que estaban esparcidos por todo el lugar a un lado en busca del tesoro perdido. Ella sabía que, encontrar un objeto tan pequeño entre toda esa avalancha de ropa, con una pansa que igualaba a la de los Récord Guines obstruyendo su vista, iba a ser toda una misión imposible. Pero, si Tom Cruise podía, entonces, ¿por qué ella no? El teléfono dio un último grito funesto antes de quedar en silencio, solo para volver a reiniciar su tortura apenas cinco segundos más tarde. Sarah se contoneó incómodamente por el amplio espacio de su alcoba, adornadas con tonos pasteles elegantes y un toque de beige. El penthouse en uno de los edificios residenciales más famosos de Nueva York era su orgullo y alegría –o al menos lo fue hasta que su vida dio un cambio radical de la noche a la mañana–. Le había tomado meses adquirir aquel hermoso y elegante lugar y hasta se había tenido que pelear con la misma Madonna por el contrato de alquiler. —¡Diablos! —masculló Sarah cuando el teléfono dejó de sonar por segunda vez. Si no encontraba al susodicho en los próximos diez segundos, se enfrentaría a consecuencias muy desagradables por parte de la nombrada en honor a su tatarabuela, Edalydia Davis, más conocida como Eda, su querida madre. Un objeto brillante debajo de un montón de ropa junto a la cama parpadeaba en alarma, rogando por ser encontrado y salvarse de seguir emitiendo ese odioso sonido que tan desconsolada tenía a la futura madre. El modesto teléfono pestañeó tímidamente, consciente de que solo le quedaban unos pocos segundos para emitir el veredicto de condena. —¡Bingo! —exclamó emocionada cuando divisó una leve luz a la distancia, escondida bajo sus calzones de abuela, y con el esfuerzo digno de un elefante, se sentó junto a la cama, rebuscando debajo del bulto de ropa sucia, o limpia –¿Quién sabía en realidad?– por el dispositivo de la perdición. Su pulgar se deslizó por la pantalla, aceptando la llamada a solo un par de segundos de terminar. —¡Sarah Rose Davis! —gruñó Eda desde el otro lado del teléfono, indignada—. Llevo horas llamándote. ¡Horas! ¿Por qué no contestabas el teléfono? El cuerpo de Sarah se encogió instintivamente bajo el amenazador tono de voz de su madre. Ella era toda una mujer, independiente desde los veintidós y exitosa, además, pero su madre no dejaba y nunca dejaría de ser la persona más aterradora que había conocido en su vida. —Pero si solo fueron unos minutos, mamá. No encontraba mi teléfono —se disculpó. —Sí, ya sé que tu habitación debe ser un desastre. Siempre fuiste un huracán fase cinco desde niña, desorganizando y rompiendo todo a tu paso. —No —se apresuró a corregir Sarah—, para nada, mamá. La habitación esta limpísima, está que brilla. Si ahorita mismo me estaba peinando en el reflejo del suelo. La pelirroja alzó su mirada al cielo –o más bien, al techo– en súplica, rezando porqué su madre se creyera la mentira antes de que asaltara su apartamento con la aspiradora en una mano y la chancla en la otra. Ada arrugó los ojos en sospecha al otro lado del teléfono. Sabía que su hija estaba mintiendo. La conocía muy bien. No importaba que solo estuviera escuchando su voz, podía oler su culpabilidad a kilómetros de distancia. —Claro, ya veo —convino condescendientemente—. Si ya me imagino lo mugroso que estaba tú reflejo. —Muy, muy mugroso —asintió Sarah, algo distraída por una mancha de queso en el vestido que llevaba puesto, antes de aclarar su garganta y corregir rápido su fatal error —. Digo: muy, muy limpio, mamá. —Por supuesto, muy limpio —Eda hizo una pausa llena de un significado oculto, sus labios se curvaron en una malévola sonrisa. Ya era hora de poner su plan en marcha—. Cariño. ¿Recuerdas a Brianna, mi hermana en la iglesia? —preguntó con toda la inocencia que podía conjurar en ese momento. —¿Brianna? ¿Brianna? Brianna? Ah. Sí, claro, esa es la anciana de la verruga sobre el labio que le falta un diente —respondió con falsa seguridad. La verdad era que su madre tenía tantas ‘hermanas’ de iglesia que no las recordaba a todas. —Tiene cuarentaiocho, Sarah. No creo que califique para la vejez todavía —resopló Eda en exasperación. —Pues parece de ochenta. El suspiro de su madre al otro lado del teléfono envió un escalofrío a través de la pelirroja. El descontento del diablo en persona nunca podría ser algo bueno. —Igual, la edad es irrelevante, lo que importa es a donde irá a parar su alma pura, que no va a ser en el Infierno, que es donde irá la tuya si continuas fornicando y reproduciendo hijos fuera del matrimonio! —¡Amén! —exclamó Sarah emocionada. —¡No se supone que debas decir amén cuando alguien te condena al Infierno, Sarah! —Ah, perdón, mamá. Lo retiro. Eda se masajeó el puente de su nariz con un suspiro. A veces se preguntaba si era legal demandar al hospital donde dio a luz por haberse equivocado de bebé al poner los nombres en las etiquetas. —Como decía, Sarah. Me encontré con Brianna el domingo en la misa y esta me estaba contando que su hijo Bobby había terminado su último despliegue en la Marina. ¿Lo recuerdas? Ustedes solían estudiar juntos en la secundaria, si no me equivoco. —No, no te equivocas, mamá. De hecho, lo recuerdo muy, pero que muy bien —replicó Sarah con una mueca de asco. Bobby había sido su eterno enamorado cuando eran jóvenes, siempre la perseguía a todos lados y le dejaba notas de amor en su casillero. Y, la verdad era que, el pobre muchacho era un pésimo poeta y aún peor dramaturgo. No le extrañaba para nada que hubiera terminado en el ejército. —¡Que bien! Entonces tendrán muchas cosas en común de las que hablar. Ahora mismo voy a llamar a Brianna para concertar una cita. —¡No! —gritó la pelirroja horrorizada—. ¡Ni se te acurra emparejarme con Bobby Tragamocos, mamá! No te lo perdonaría nunca. El eco de un objeto pesado golpeado madera llegó a los oídos de Sarah como campana de condena, haciendo que la aterrada mujer tragara en seco. Eso solo podría significar una cosa: el veredicto final estaba cerca. —Escucha bien lo que te voy a decir, jovencita. Me reúso completamente a que mi hija sea una madre soltera. No voy a permitir que mi nieta crezca sin padre en una familia disfuncional. ¡Primero muerta! —chilló Eda mientras abatía el amasador en el aire como espada amenazadora. Ya era hora de que pusiera orden en la vida de su hija. La había dejado por su cuenta todos esos meses. Le había dado la oportunidad de buscar una solución para su pecaminosa situación, ¡pero ya no más! No podía permitir que su nieta naciera como una bastarda. ¡Eso nunca! Sarah gimió para si misma en agonía. ¿Como era posible que hubiera llegado hasta ese momento? Debería haber cambiado su número de teléfono y mudado a Alaska en el momento que esos malditos test de embarazo dieron positivo. —Mamá, entiende, por favor. Mi hija ya me tiene a mí. ¿Porque diablos necesitaría a un padre? —¡No maldigas, señorita! Y es lo correcto. Las niñas también necesitan una figura paterna en su vida. —Siempre puedo comprar un muñeco de Brad Pitt y ya está. Ese es el papá que todas queremos. —¡Sarah Rose Davis! Si en un mes no encuentras al padre de tú hija y lo obligas a tomar responsabilidad por sus actos, te juro por el Papa y todo el Vaticano que yo misma te arrastraré al altar con el primer idiota que demuestre ser una persona decente. —¡Pero ni si siquiera sé su nombre! —protestó la pelirroja, alarmada. —No sabrás su nombre, pero su aparato reproductivo seguro que lo debes recordar muy bien, ¿no? —¿Y que quieres que haga, mamá? ¿Empiezo a buscar descripción de p***s con nadadores activos en sitios porno? —¡Ya verás tú que haces! Tú creaste este desastre, ahora tú lo arreglas. Ya estás advertida —y con esas palabras, Ada desconectó la llamada con su hija. Sarah tiró su teléfono encima de sus calzones de anciana con un bufido indignante. Sinceramente, no entendía como su madre pretendía que ella encontrara a un hombre que ni siquiera recordaba. ¡Sería como buscar a una aguja en un pajar! Con un suspiro resignado, estiró la mano hasta alcanzar el primer culpable de su condena y marcó el número de la única persona en el mundo que sería capaz de dejarlo todo atrás para ayudarla con su Misión Imposible número dos. Si alguien sabría que hacer para resolver su terrible problema, esa era Lana Marshall.
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