—No quisiera dudar de tu ingenio y sobrenatural talento para formar maquiavélicos planes, pero… ¿Estás totalmente segura de que esto va a funcionar? —preguntó Sarah mientras miraba con ojo crítico el plano esparcido sobre su mesa de comedor.
Lana resopló ofendida, llevándose una mano al pecho y abriendo su boca en un gesto dramático.
—Como te atreves a insinuar que mi plan maestro no funcionará —se quejó, sus labios formaron un puchero indignado—. Que sepas que yo me gradué con título dorado en mi especialidad de psicología. ¡Ni Einstein me puede ganar!
—Sí, sí. Claro —fue la sarcástica respuesta de la pelirroja.
Los ojos de Lana se arrugan en sospecha ante el tono condescendiente de su mejor amiga. Sonaba igual que su madre Eda cuando hablaba así. Tal vez, debería decirle eso a ver si le sentaría tan bien la arrogancia.
—Si tan mal te parece mi plan, siempre podemos volver al tuyo, que era hacer nada todo el día y ahogarte en tú miseria hasta que tú mamá encontrara alguien con quién arrastrarte al altar. Seguro que Bobby Tragamocos todavía te aceptaría después de todos estos años.
En escalofrío de espanto erizó toda la piel de Sarah. Ella no había podido evitar tener pesadillas toda la noche sobre su futura boda, los horríficos recuerdos plagaban su mente como canción cursi en replay.
La madre de la novia sonrió deslumbrante desde una esquina de la habitación cuando la marcha nupcial comenzó a dar sus primeras notas. El sonido melodioso del piano, acompañado de la melodía dulce del arpa, hizo que los invitados se dieran la vuelta hacia la puerta de la iglesia, donde una hermosa mujer vestida de blanco esperaba su turno para el matadero. Las damas de honor no estaban delante de la novia –como era de costumbre en las bodas tradicionales–, sino detrás de esta, empujando a la desdichada que había plantado sus zapatos de tacón en el suelo de porcelana, reusándose a dar un solo paso hacia el altar.
Al final, la fuerza de cinco mujeres terminó sobrepasando la determinación de la pobre mujer, y esta se vio obligada a seguir la marcha nupcial como soldado que iba a la guerra; con pesar, pero con orgullo de que estaba haciendo un sacrificio por su país.
El novio la miró sonriente, deslumbrando a todos con la belleza de sus tres dientes faltantes y la verruga en su nariz que tan orgullosamente había heredado de su queridísima madre. Un moco desviado se posó sobre su labio inferior, y el caballero estiró su lengua hasta alcanzarlo, zumbando de placer cuando el exótico sabor llenó su paladar.
Los invitados suspiraron de la emoción cuando la novia, a regañadientes, alcanzó por fin su lugar al lado de su futuro esposo en el altar. Cualquiera creería que la pobre desdichada se estaba casando con Brad Pitt, y no Bobby Tragamocos.
El cura, quien rozaba los ciento treinta años, les regaló una sonrisa y abrió su pesada y estrujada biblia con el pesar de un alma en condena. Él también sabía la tortura a la tendría que someter a esa pobre mujer por el resto de su vida.
—Que comience la boda.
Sarah sacudió la cabeza, espantada. Necesitaba encontrar a un neurocirujano pronto, para que le hiciera un lavado de cerebro antes de que terminara volviéndose completamente loca.
—Vamos a revisar nuevamente el plano —concedió con la voz apagada. No le quedaba otra opción que confiar en su mejor amiga para salvarla de ese infierno.
Una sonrisa macabra levantó los labios de Lana y, con movimientos tan ágiles que hizo que incluso la CIA pareciera un juego de niños, desplegó el plano del club donde ocurrió el coito –o delito, en dependencia de la perspectiva– sobre la mesa.
—Operación Posible Papá comienza aquí, en la puerta principal —dijo, apuntando con el dedo a un cuadro marcado con una fecha y hora militar en rojo.
Sarah asintió, enfocándose más de cerca en los detalles del plano. “El Horno” era uno de los clubs más frecuentados de Nueva York. Miles de personas visitaban sus puertas cada noche de martes a domingo, lo que lo hacía aún más complicado de utilizar como punto de partida para su investigación. Esa noche Sarah había decidido ir a divertirse sola porque Lana, su usual compañera de aventura, estaba en una muy aburrida cena con sus padres. Normalmente la pelirroja no bebía hasta perder el sentido, pero los Martini estaban tan ricos que no pudo detenerse. Lo último que recordaba de la temible noche era haber ido tambaleándose hasta baño de chicos por accidente en vez de al de chicas. Todo lo demás era un desastre de recuerdos borrosos sin sentido para ella.
Sarah se volteó hacia su mejor amiga con una expresión temeraria y decidida en su rostro.
—La Fase Uno: “Pájaro en la jaula,” comienza hoy.
Cinco horas después…
Era una noche de lunes frío y húmedo en la ciudad de Nueva York, las calles estaban desiertas de transeúntes, solo las ratas y los animales callejeros se atreverían a asechar en la oscuridad de los callejones. El aparcamiento de “El Horno” estaba completamente vacío a excepción de un viejo Sedan n***o, aparcado en la sección de trabajadores.
Sarah y Lana se movían como sombras en la oscuridad de la noche, camufladas por sus ropas negras, unos gorros rusos que habían comprado en una tienda barata en la esquina escondían sus brillantes cabelleras de la luz de la luna.
—En diez segundos cae el pájaro —susurró Lana a su amiga antes de comenzar la cuenta regresiva—, siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno.
Las puertas del club se abrieron, revelando a un señor panzudo, aproximando sus cincuenta, con un sándwich de queso en su mano. Un bigote que no pertenecía a este siglo enmarcaba su labio inferior, restos de queso manchaba su camisa azul y pantalón de mezclilla oscura. David Marks era un hombre de costumbres, siempre lo había sido, y, como un lunes cualquiera, se retiraba a su casa después de un pesado día chequeando la contabilidad de su preciado club. Porque, como decía su tataratatarabuelo, cada penique contaba.
Con pasos pesados, el dueño de “El Horno” se encaminó hacia su coche, rebuscando en su bolsillo por las llaves del Sedan viejo que había sido parte de su herencia familiar. El pobre auto apenas caminaba bien esos días, pero su padre le había enseñado desde muy joven que, si andaba, no se cambiaba porque, como ya había dicho antes, cada penique contaba.
Un grito agonizante apagó el silencio de la noche, congelando a David en sus pasos. El hombre miró a su alrededor, asustado del horrífico sonido que parecía sacado de una película de terror. Dos sombras vestidas de n***o y dobladas en sí aparecieron por una esquina del club a su derecha, otro grito escapó los labios de una de las mujeres, activando al hombre en movimiento mientras caminaba apresurado hacia las víctimas.
Pobre David, si solo supiera que en realidad la víctima era él.
—¡Señoritas! ¿Señoritas, están bien?
Lana alzó la cabeza con una expresión de súplica en su rostro, apretando a su muy embarazada amiga con más fuerza a su lado.
—Señor, por favor. Necesitamos ayuda. Se me rompió el coche y mi amiga está dando a luz —dijo la rubia con los ojos llenos de lágrimas.
Otro grito desgarrador escapó de los labios de Sarah, despertando, con efectividad, a todos los muertos presentes en veinte kilómetros de distancia.
—¡Ya viene! —chilló en agonía—. Siento su cabecita entre mis piernas.
Las cejas de Davis volaron alto en su cabeza en sorpresa.
—¿Ya viene? ¿Quién viene? —pregunta el muy alarmado señor.
—¡El bebé, idiota! ¿Quién va a ser? —gruñe la pelirroja con otra falsa contracción—. ¿Qué no ve que hay un bicho aquí —exclamó a gritos mientras apuntaba a su hinchado estómago—, y el maldito bicho quiere salir? ¡Ahora!
Lana mordió su labio inferior para contener la risa que amenazaba con escapar al escuchar las palabras de su mejor amiga. Sarah, al sentir las vibraciones del cuerpo de la rubia junto al suyo, dejó caer su muy hinchado pie sobre las zapatillas negras de esta, usando otra inminente contracción como excusa.
—¡Ay, maldición! Te voy a matar —se quejó la rubia ante el devastador impacto.
Los ojos de David se abrieron en pánico ante las amenazadoras palabras de la joven mujer. Debía hacer algo pronto, no podía permitir que esa pobre mujer diera a luz en el sucio aparcamiento de su club. Con un suspiro tembloroso, rebuscó en su bolsillo por el teléfono antes de recordar que estaba descargado y dejar caer su mano nuevamente a su lado.
¡Diablos! ¿Y ahora que iba a hacer?