Muchos clientes veían el club de "El Horno" como el antro de la felicidad, pero, para Sarah, ese no era el caso. Desde que la alocada pelirroja cruzó el umbral de aquel fatídico lugar, su mente comenzó a dar un sinfín de vueltas, acumulando recuerdos borrosos y memorias olvidadas, y todos sus sentidos se inundaron con una sensación de deja-vu.
El club estaba vestido con un aire clásico, como en las películas antiguas de mafiosos y bandidos. El lado derecho estaba ocupado por un bar hecho de roble antiguo y cristal que se extendía a lo largo de toda la pared, vestida de rojo vino. Las estanterías estaban llenas de todo tipo de espíritus, desde simples, baratas botellas de vino hasta el más caro chardonnay y el más exquisito whiskey. Del lado izquierdo se encontraba la pista de baile y, ocupando una pequeña porción del espacio abierto, estaban las mesas en forma de cubículos, disfrazadas de un cuero marrón oscuro; y la estrecha plataforma del DJ. Junto al bar se encontraban unas escaleras de mármol n***o que subían hacia la planta superior, hogar del afamado área VIP y de, además, las oficinas de administración y dirección del club.
Era un lugar precioso sin duda, y el aura de elegancia que emanaba hacía de él un establecimiento muy aclamado.
> pensó Sarah, cayendo en cuenta en la gran ironía del nombre del club en cuanto a su situación.
—Perdón, señoritas ¿No creen que sería mejor llevarlas al hospital más cercano en mi coche?
La voz temblorosa de David Marks trajo de vuelta a Sarah al presente y ella desvió su mirada hacia el nervioso señor. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro y varios bufidos y maldiciones desesperadas se escaparon de sus labios.
—No podemos —masculló entre dientes mientras apretaba la mano del hombre que, de alguna forma, había terminado sosteniendo la suya los pasados quince segundos—. Es muy tarde ya. El bebé ya viene y, además, señor, no quisiera ofenderlo; pero su coche es una chatarra.
David Marks arrugó su nariz en disgusto. Josy no era el coche más bello del mundo, pero había servido muy bien su propósito desde que su bisabuelo lo compró como un regalo para su queridísimo abuelo.
—Pero, aun así, creo que ir a un hospital sería mejor. Usted no puede dar a luz aquí, señorita. ¡Esto es un club, no una sala de maternidad!
—Necesitamos toallas limpias y agua tibia —interrumpió Lana, muy al pesar del desesperado hombre que las miraba con ojos suplicantes—. Las contracciones están viniendo muy rápidas, de todas formas, no nos daría tiempo llegar a un hospital —explicó con una media sonrisa—. Este bebé nacerá aquí mismo.
»Ah, y también asegúrese de que la temperatura de la habitación esté fresca. Tenemos que traer un bebé al mundo —agregó la rubia con un guiño pícaro.
La mandíbula de David golpeó el suelo en sorpresa. Sus manos se apretaron a sus costados mientras tragaba en seco. Él no estaba preparado para asistir a un parto. No tenía ni el conocimiento profesional, ni la estabilidad mental para observar a alguien traer un bebé al mundo. En sus cuarentaiocho años, nunca había estado casado, mucho menos había tenido hijos. Ambos presentaban gastos innecesarios y trivialidades sin sentido para él, así que prefirió evitarlo a toda costa. Y ahora, ahí estaba, petrificado frente a una agonizante mujer a punto de soltar un bebé de entre sus piernas. Sin duda alguna, ese no era su mejor día.
Sarah, ante la indecisión del hombre, pegó un grito desgarrador que, para la sorpresa ambos, removió las botellas de cristal que se encontraban alineadas sobre la barra. David dio un respingo, sus manos se alzaron en alarma como soldado a punto de ser fusilado y sus pies salieron disparados como balas de la habitación, un hecho bastante sorprendente para un señor tan poco atlético y con una panza tan protuberante como la suya.
Cuando el regordete señor estaba fuera de la vista, Lana se volteó hacia su amiga con una sonrisa malévola y alzó los pulgares con los puños cerrados en un gesto de asentimiento.
—Eres toda una experta en el negocio de dar a luz. Sigue practicando que te falta poco para tener que hacerlo de verdad. Ahora regreso. —Y con esas palabras, la rubia dio media vuelta y siguió los pasos de David Marks sigilosamente.
Sarah soltó un suspiro aliviado cuando al fin pudo enderezar su espalda de la dolorosa posición en la que se encontraba. Y, justo se preguntaba que estaba haciendo su mejor amiga, cuando un estruendo fuerte hizo eco por todo el lugar. Cerró sus ojos y levantó su rostro al cielo, rezando porque el pobre David aún estuviera vivo. Ella era muy joven para ir a la cárcel por asesinato y, por más tentador que sonara vivir en el único lugar que su madre no podría invadir, ahora tenía que pensar también en la pequeña Sofía. No podía permitir que su hija naciera siendo una reclusa.
Con un gruñido de dolor –esta vez verdadero–, se dirigió hacia una de los maravilloso y cómodos asientos de una de las mesas del club y se dejó caer sobre el acolchonado cuero con un gesto dramático.
Ya no le quedaba otra opción que esperar y confiar en su inminente destino y muy desdichada mala suerte.
Mientras, en algún lugar del mundo...
La mujer abrió la puerta de madera con cautela, colándose entre la estrecha abertura con cuidado de no estorbar el silencio, que solo era interrumpido por los barboteos sin sentido del señor a unos pasos de ella. Con una sonrisa de suficiencia, y satisfecha de que su plan estuviera saliendo acorde a lo planeado, cerró la puerta nuevamente y pasó el cerrojo por precaución, en caso de que la víctima quisiera escapar antes de que ella pudiera lograr su objetivo.
El señor no se había dado cuenta aún de su presencia, y eso estaba bien. Jugaba a la perfección con la parte secreta de su plan.
—No entiendo como esperan hacer esto aquí. Están locas. ¡Están de manicomio! —masculló el hombre mientras recolectaba todas las toallas que había a su alcance y las colocaba junto al lavamanos—. Seguro que, con mi buena suerte, los de higiene terminan visitando el establecimiento en el momento del acto. Seguro que me pondrán una multa y cerrarán el lugar cuando vean toda la sangre.
El hombre comenzó a tirar las toallas dentro del fregadero con movimientos erráticos y gruñidos frustrados, salpicando todo el suelo de porcelana marrón con el agua tibia que salía del grifo.
—Estoy perdido. ¡Estoy muerto! Esto es una desgracia. ¡Voy a cometer g*******o! —chilló el hombre horrorizado. Él ni siquiera estaba seguro del significado de la palabra, pero sonaba igual de horrible de lo estaban a punto de hacer.
La mujer viró los ojos en blanco y se aguantó las ganas de soltar un bufido divertido. Estaba segura de que, si el cerebro del señor estuviera en proporción con el tamaño de su panza, su boca no escupiría tantos disparates.
El hombre terminó de maltratar la última toalla y se agachó para buscar más víctimas en los estantes, debajo de los lavamanos. La mujer se estiró por encima del él, quién seguía parloteando sin sentido, y alcanzó una de las jaboneras de mármol que estaba junto a los espejos.
Levantó sus manos al cielo, le pidió perdón a la Santa Diabla de las Almas Perdidas y la Buena Fiesta, y dejó caer la pesada jabonera sobre la cabeza del señor. El hombre soltó un grito ahogado antes de desplomarse en el suelo, el estruendo del pesado cuerpo golpeando las finas lozas hizo eco en todo el lugar, estremeciendo a la mujer de pies a cabeza.
Con una risita malévola, se limpió las manos en su pantalón de un polvo invisible, y se propuso a abandonar la escena del crimen, satisfecha con el resultado.
Diez minutos después...
—¿Dónde diablos está esa maldita contraseña?
—Tiene que haber algo en este lugar que nos dé una pista —meditó Lana mientras daba vueltas, distraída en la silla de escritorio.
—No me digas, Sherlock —se burló Sarah mientras escaneaba la espaciosa y, sorprendentemente, limpia y organizada habitación.
La oficina estaba decorada de forma similar al resto del club, con toques modernos y clásicos esparcidos por todo el lugar. Justo en alineación con la puerta, se encontraba un escritorio de roble con un tallado exquisito, acompañado de una silla giratoria –actualmente usada por Lana como entretenimiento– y dos cómodo butacas para atender a los invitados. El lugar también ocupaba un cómodo sofá del mismo cuero marrón que adornaba el resto del club, y un estante repleto de archivos, ordenados por orden alfabético.
—La verdad, estoy un poco sorprendida con la organización perfecta de este lugar. Esperaba una mazmorra sucia con sándwiches de queso amontonados en cada rincón.
La risa divertida de Lana se escuchó desde su lugar en el escritorio.
—Es tan parecido a lo que yo me esperaba que ni siquiera es gracioso —replicó la rubia con un estremecimiento. Usualmente, las oficinas, apartamentos o casas eran el reflejo de la personalidad de sus dueños y organizado y limpio no eran palabras que nadie utilizaría para describir a un señor regordete, que se paseaba por la ciudad en un coche más viejo que la Reina Isabel, con los pantalones manchados de queso.
Sarah soltó un gruñido y golpeó el suelo con sus acolchonadas zapatillas negras en frustración.
—Este lugar es un baúl vacío. No hay fotos familiares, ni objetos personales que nos puedan indicar de que se trata la contraseña —se quejó mientras se volteaba hacia su amiga y caminaba al escritorio-. David Marks es el hombre más impersonal que he conocido en mi vida.
—¿Te sorprende? —preguntó Lana con una risilla burlona, sus ojos brillaban en diversión—. El hombre viste como si le hubieran donado su ropa en los sesenta, tiene una barriga de cerveza que compite con la tuya, un bigote que ni siquiera debería ser legal en este siglo y, para colmo, es tacaño hasta la médula y su club es el amor de su vida. ¿Qué mujer tendría la paciencia o la fuerza de voluntad necesaria para lidiar con eso?
Sarah abrió su boca para contestar, pero Lana alzó el brazo, deteniéndola.
—Aparte de tú madre, claro —reflexionó la rubia—. ¿Por qué mejor no te sientas aquí e intentas algunas contraseñas que se te ocurran mientras la Tía Lana busca en esos archivos de allá? —Lana se levantó de la silla y guió a una muy muda y pensativa Sarah alrededor del escritorio, empujándola por los hombros hasta sentarla en la silla.
La pelirroja no paraba de darle vueltas en su cabeza a las palabras de su amiga y, tenía que admitir, la rubia tenía razón. Sorprendentemente, su madre y David Marks harían la perfecta pareja. Eda había decidido permanecer soltera después de la muerte del padre de Sarah cuando esta apenas tenía unos meses de nacida. Sarah no conocía muchos detalles sobre el accidente que le arrebató la vida a aquel hombre maravilloso del que su madre siempre hablaba y que ella nunca había conocido.
Por esa razón, ella no entendía como Eda, habiendo sido una madre soltera toda su vida, no podía concebir el echo de que la pequeña Sofía no tuviera un padre.
—¿Lana?
—¿Sí?
—¿Crees que sería buena idea conseguirle un novio a mi madre?
Lana dejó de rebuscar en el minibar que estaba junto a los archivos y se volteó a ver a su amiga con una mini botella de vodka en su mano.
—Tú madre se comería vivo a cualquier hombre que tuviera el valor suficiente para salir con ella —repuso mientras abría la botella y daba un sorbo. El líquido ardiente quemó su garganta, arrancando una mueca de sus labios.
—Yo creo que el David sería perfecto —murmuró Sarah, distraída con la esperanza de un futuro donde su madre no la persiguiera a todos lados. Seguro que, si tenía un hombre para entretenerla, la afamada Eda Davis se olvidaría un poco de su alocada hija y su futura nieta.
Los labios de Lana se transformaron en otra mueca, pero esa vez el vodka no era el culpable.
—No creo que el señor Marks nos tenga en mucha estima después de esta noche.
Sarah arrugó sus ojos en sospecha ante el avergonzado rubor que pintó las mejillas de su mejor amiga.
—¿Qué fue lo que hiciste con el pobre hombre, Lana Marshall? —preguntó con la voz cargada de acusación. Lo que fuera que hubiese hecho, tenía que ser muy grave si lograba que la rubia se ruborizara, cosa que no era nada fácil.
Lana se dispuso a justificar su caso justo cuanto un estruendo resonante llenó el lugar, y la puerta de roble salió disparada hasta chocar contra la pared.
—Departamento de Policía de Nueva York, alcen las manos y ríndanse. Los tenemos rodeados —gritó una voz barítona justo antes de que una ola de hombres vestidos de n***o, con chalecos antibalas puestos y armados hasta los dientes inundaran el lugar.
La mini botella de vodka golpeó el suelo escandalosamente mientras que ambas mujeres levantaban las manos, sus corazones latían a un ritmo errático en sus pechos, y sus ojos se encontraban agrandados en pánico.
Tal vez, la pequeña Sofía si terminaría naciendo en la cárcel después de todo.