Hombres vestidos de azul oscuro caminaban por el aparcamiento del club de un lado a otro mientras recolectaban evidencia en pequeñas bolsas plásticas e interrogaban a supuestos testigos, que no estaban presentes en la escena del crimen hacía apenas unos minutos.
Todos tenían algo que opinar de aquel hecho atroz. Incluso, la Sra. Martha, quién vivía al cruzar la calle y apenas podía caminar con su curvada figura de noventa años y su bastón de madera gastado por el tiempo, decidió salir de su guarida repleta de gatos y encarar el frío de la noche en el buen nombre de la recolecta de chismes. Ella no sentía mucha lástima por el gordo señor que manejaba el club. Todo lo contrario, de hecho. Había llamado muchas veces a la policía para denunciar el bullicio que provocaban los borrachos que abandonaban el establecimiento a todas horas, pero, para su desgracia y la de sus gatos, los hombres de azul no podían intervenir, ya que el club era completamente legal.
La Sra. Martha se movió con lentitud por el bulto de chismosos y potenciales testigos acumulados en la calle, encajando su viejo bastón en unos cuantos zapatos en el camino y, puede que hasta unos cuantos codazos haya repartido la señora. La multitud le abría paso a la anciana con quejidos de dolor, bufidos irritados y gruñidos en protestas, pero ninguno se atrevió a molestarla, o a volverse a interponer en su camino. Después de todo, Martha siempre había tenido una reputación muy cuestionable en el barrio. Hasta se había atrevido una vez a denunciar a su vecina por el secuestro de su propio hijo, aclamando que lo había encerrado en su cuarto por semanas, atado a la cama y dándole pan y agua como alimento. Resultó que el pícaro muchacho se encontraba en un campamento de verano para ayudar a corregir su comportamiento.
Llegando al frente de la fila, la Sra. Martha alzó el bastón y golpeó a uno de los policías que estaban junto a cinta aislante en la espalda.
—¿Qué sucedió aquí, joven? —preguntó con el ceño fruncido cuando el Oficial se dio la vuelta, dispuesto a apresar a aquel que se había atrevido a interrumpir su trabajo—. ¿Por qué hay tantas personas aquí? ¿Le sucedió algo al dueño del club? Al fin lo terminaron asesinando, ¿no es así? Seguro que fue su esposa o su amante. Aguantar a un hombre adicto al trabajo y, además, tacaño no es tarea fácil, déjeme decirle. Yo lo entendería porque mi esposo era igual. No veía la hora de que se muriera el desgraciado para poder gastar su herencia —prosiguió parloteando la anciana y el Oficial se dispuso a tomar nota diligentemente de sus palabras.
—No es nada de eso, señora. El dueño del club se encuentra bien, solo un poco aturdido por una contusión, pero muy pronto estará como nuevo —replicó el joven, usando un tono reconfortante. El novato Oficial había confundido el malestar de la señora por pesar de la situación de la víctima, cuando, en realidad, era todo lo contrario. La anciana se estaba lamentando de que no había podido deshacerse al fin del fastidioso señor y su escandaloso club.
—Es una pena. Para la próxima será —Suspiró la señora para que, segundos después, su cerebro volviera a activar el interruptor de chismes—. Y dígame, joven: ¿Quiénes fueron los culpables de que el Sr. Marks terminara en esta lamentosa situación?
Los ojos del Oficial se encendieron como fuegos artificiales en plena noche de Julio. Esa era una historia para llevar a los tabloides de lo ridícula que sonaba y sería parte de la cotilla del Departamento de Policía por un buen tiempo. Era una pena que el dueño del club había pedido discreción total sobre el asunto.
Estudió a la anciana con un ojo crítico, poniendo toda su intuición en esa mirada, y decidió que ella lucía demasiado inocente y desgastada para lograr hacer ningún daño real. Seguro que solo quería saber que había ocurrido por pura curiosidad.
—Está bien, señora. Le contaré que sucedió. Escuche atentamente…
El ronco sonido de alguien aclarando su garganta hizo que Sarah apartara la vista de la anciana jorobada a solo unos metros de ella, quien estaba siendo interrogada por un oficial que apenas rozaba los veinte. La pelirroja se volvió hacia la torre de músculos que se encontraba obstruyendo su preciada vista y dejó que sus ojos vagaran por el cuerpo glorioso frente a ella hasta detenerse en la placa enganchada a su cinturón.
Se aclaró la garganta y alzó sus ojos hasta encontrar a un mar de miel, enfocado en ella. El hombre era extremadamente guapo, con fracciones afiladas y definidas y un pelo castaño peinado a la perfección hacia un lado.
—Detective. ¿A qué le debo el placer? —preguntó con un suave rubor marcado en sus mejillas y maldijo a las hormonas del embarazo por su exagerada reacción.
—Señorita… Sarah Rose Davis, supongo —Sarah asintió, más recompuesta que hacía unos segundos—. Y usted debe ser Lana Marshall —Se refirió a la rubia junto a Sarah, quién suspiró, atontada por el guapo señor, y movió su cabeza en apenas un gesto afirmativo.
—Muy bien. Mi nombre es Daniel Hank. Mi compañero, el Detective Tiny, y yo seremos los encargados de llevar este caso. Creo que estaría de más decirles por qué están aquí, así que es mejor si vamos directo al grano.
Sarah bajó la mirada en un gesto avergonzado y otro rubor recorrió su rostro hasta bajar a su cuello. Ella aún no podía creer lo que había hecho su amiga y en el problema tan grande que ahora estaban metidas si David Marks decidía presentar cargos.
—Le prometo, Detective, que no es lo que parece —aseguró la pelirroja.
—Todas dicen lo mismo cuando las atrapamos en el acto, señorita Davis —fue la respuesta divertida de una voz ronca, proveniente de algún lugar detrás del Detective.
Sarah se movía de un lado a otro, buscando al dueño del sexy y profundo sonido, cuando el Detective Hank gruñó en protesta.
—Tiny, muévete hacia un lado para que las señoritas te puedan ver.
Un gruñido ronco se escuchó detrás del Detective Hank y un señor que apenas rozaba sus caderas salió de atrás de la barrera de músculos definidos y se depositó a su lado. Unos ojos verdes esmeraldas petrificantes encontraron a Sarah y una sonrisa pícara se dibujó en unos labios finos y firmes. Su pelo castaño oscuro, enmarcado en alborotados risos, se posó en su frente cuando el Detective movió su cabeza en saludo, haciendo que, por unos segundos, pareciera el niño de 10 años que aparentaba con su estatura.
—Señoritas, este es mi compañero, el Detective Tiny —dijo el detective Hank refiriéndose al pequeño hombre a su lado—. Ahora, si no les importa, nos gustaría que respondieran a unas cuantas preguntas.
—Yo respondo lo que tú quieras, guapetón —ronroneó Lana, bajando su voz hasta un susurro seductor, logrando que el Detective Hank agrandara sus ojos en sorpresa mientras que su compañero reía por lo bajo.
En su vida, Lana había conocido a un espécimen tan perfecto como el que tenía en frente, tan definido en músculos y con unos ojos color miel que podrían penetrarte el alma. No había podido dejar de observarlo ni por un minuto, apenas registrando pocas de las palabras que eran habladas a su alrededor.
Si ese hombre era su carcelero, ella ya estaba ansiando vivir entre barras.
Un pellizco mordaz hizo que Lana brincara en su duro asiento –cortesía de los Oficiales de Policía que fueron tan amables de no obligarlas a esperar de pie– y un chillido indignado se escabulló de entre sus labios.
—¿Pero por qué me pellizcas? —gimió mientras frotaba la enrojecida piel de su antebrazo.
—¿Te puedes concentrar? —susurró Sarah en tono acusatorio. Los detectives estaban ocupados, hablando con un Oficial que se había acercado para discutir una nueva evidencia encontrada, ajenos a la discusión de las alocadas amigas—. ¡Estamos siendo interrogadas por la policía y tú lo único que has hecho los últimos veinte minutos es babearte mientras miras al Detective Hank! —se quejó.
Lana viró los ojos en blanco e hizo un puchero, indignada.
—Es que está buenísimo —fue su coja excusa.
—Eres una zorra.
—Y tú una gorda.
Sarah la miró boquiabierta, horrorizada. Como se había atrevido a llamarla gorda de todas las cosas. ¿A ella? Qué se había asegurado de mantenerse sexy, incluso, estando embarazada. Nunca se imaginó que Lana, su mejor amiga y confidente, se atrevería a ofenderla de esa forma tan despreciable.
—¿Cómo pudiste? —murmuró con los ojos llenos de lágrimas—. Nunca pensé fueras capaz de ser tan vil y cruel.
Lana, ante el palpable dolor de Sarah, se encogió en si misma con la mirada brillosa y murmuró una disculpa débil.
—No lo volveré a hacer. No debí haberme pasado de la raya —se disculpó la rubia antes de atraer a su amiga a sus brazos y abrazarla con fuerza.
—Está bien. Te perdono —sollozó Sarah y, con sus labios inclinados en una media sonrisa, se apartó de Lana y se limpió las lágrimas.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó el detective Tiny con el ceño fruncido, algo confundido por el estado emocional de las asaltantes. En sus cinco años como detective y sus cuatro como oficial de policía, nunca se había encontrado con un par tan disparejo y peligroso como el que tenía enfrente. Él no se iba a dejar engañar por las miradas inocentes de las mujeres, el brillo aventurero que escondía sus ojos era suficiente indicio para él como para ponerlas en una cárcel de máxima seguridad.
O un manicomio.
Ambas mujeres asintieron a la misma vez y se acomodaron en sus asientos, encarando, nuevamente, al particular par de detectives.
El Detective Hank levantó una bolsa plástica con una jabonera dentro de ella, y les regaló una mirada crítica.
—¿Saben que es esto, señoritas? —preguntó seriamente.
—Una jabonera —respondió Sarah al mismo tiempo que Lana dijo—, el arma del crimen.
—¿Qué? ¡Lo golpeaste con una jabonera! Estás loca, Lana. Lo podías haber matado.
—Era lo único que había en el baño. ¿Qué querías que hiciera? ¿Lo asfixiaba con una toalla?
El Detective Hank alzó una de sus perfectas cejas hasta esconderse en su suave y brillante melena y le dirigió una mirada cargada de desconcierto a la rubia.
—¿Está usted admitiendo que esto fue un intento fallido de asesinato, y no un accidente, señorita Marshall?
Lana tragó en seco y obligó a sus labios a transformarse en una temblorosa sonrisa. Perecía que, aparte de irresistiblemente guapo, el detective era también muy perspicaz.
—Para nada, Detective. Era solo una broma.
—Muy bien —interrumpió el Detective Tiny—. ¿Por qué mejor no nos cuentan que hacían fingiendo dar a luz en medio de un aparcamiento vacío un lunes por la noche, y por qué irrumpieron en la oficina del Sr. Marks luego de dejarlo inconsciente en el baño?
Sarah respiró profundo preparándose mentalmente para revelar todos sus secretos más oscuros a los dos hombres frente a ella —bueno, un hombre y medio.
—Eso, queridos Detectives, es una larga historia…
Y así fue como media hora después, nuestra querida Sarah se encontró rodeada de ambos detectives, de un joven oficial y de David Marks, quién en algún momento se había unido a la conversación, sosteniendo una bolsa de hielo en el hinchado chichón en su cabeza; todos la miraban boquiabierta y con pena en sus ojos. Incluso, hubo cierto señor regordete que sintió la necesidad de limpiarse una lágrima forastera con la excusa de que le picaban los ojos.
—Mi hermano está saliendo con tú vecina de setenta años —chilló Lana, horrorizada.
Sarah se volteó hacia su amiga y le dio unas palmaditas reconfortantes en la espalda.
—Lo siento mucho, cariño. Sé que todo esto debe ser muy difícil para ti, pero me temo que todas esas sesiones de masturbación a la distancia se convirtieron en un amor profundo y verdadero —dijo con su voz desbordada en pesar antes de agregar con una sonrisa calmante—: Seguro que pronto serás tía otra vez. Solo Dios sabe cuan activa es esa señora en la cama. Bueno, Dios y yo, que los escucho todas las noches mientras tienen sexo como conejos.
—Ya no más, por favor —suplicó la rubia con un gemido, dejando caer su cabeza entre sus piernas.
—Tranquila joven, seguro que la señora esa muere de un infarto pronto. Nosotras las ancianas no estamos hechas para resistir tanta actividad física.
Los ojos de todos los presentes se voltearon hacia el cuerpo curvado y arrugado de la mujer escondida detrás del Detective Tiny en sorpresa. Nadie entendía como no la habían notado antes porque, incluso en su estado decaído, la señora le llevaba un buen tramo al pequeño detective.
—¿Entonces, todo esto fue por solo unas grabaciones de la cámara de seguridad? —inquirió David con incredulidad—. ¿Me aterrorizaron, golpearon en la cabeza y encerraron en un baño por unas simple grabaciones? Se las hubiera dado si solo lo hubieran pedido.
Una sonrisa espléndida transformó el rostro de Sarah, su corazón galopó más fuerte, esperanzado.
—Ya que es así de fácil… ¿Me dejaría revisar todas las grabaciones de las cámaras de seguridad de la noche del 18 de enero de este año, por favor?