—¡Hay que irnos de aquí ya! — intenté agarrarle la mano a Kimberly, pero su empujón casi me hace caer. —Ahí está tu nombre. ¿Esto fue obra tuya? — sus ojos estaban rojos y lágrimas descendían de sus mejillas sin cesar. —¿Qué estás diciendo? Yo no fui. Yo… tenemos que salir de aquí. —¡No me toques! ¿Qué te hicieron mis padres? Ellos te abrieron las puertas de esta casa. —Déjame explicarte, por favor. Sacó su teléfono y se lo arrebaté de las manos. —No, no puedes llamar a la policía. Si dejo que lo haga, van a pensar que tuve algo que ver o que conozco al culpable y la verdad es que no sé quién es, tampoco creo que sirva de mucho acudir a la policía ahora mismo, al menos no mientras nos encontramos aquí. No sabía qué hacer en esta situación. Ella no sabe nada y tampoco tengo tiempo p

