Estaba esperando a que Troy cenara con nosotros, como siempre lo hacía. Desde que había regresado, su presencia en la mesa había sido una constante que, aunque no lo admitiera en voz alta, me reconfortaba. Pero esta noche, su silla permanecía vacía. Durante la cena, me removía inquieta en mi asiento, lanzando miradas furtivas hacia la puerta, esperando que en cualquier momento entrara con su sonrisa despreocupada y ese aire de seguridad que siempre llevaba consigo. Los minutos pasaban y mi paciencia se agotaba. Finalmente, no pude contenerme más. —¿Y Troy? —pregunté, tratando de sonar casual mientras jugaba con la comida en mi plato. Cristina, su hermana, levantó la vista y me sonrió con una mezcla de simpatía y algo que no pude descifrar. —Oh, Troy está cenando con una amiga esta n

