Nos dormimos tarde. Después de un baño caliente del que no se me despegó, metidos en la cama, acurrucados, me enumeró todas sus heridas. Como casi no existía para sus padres, todo lo que padeció con ese hijo de puta. Muchas todavía estaban abiertas. Demasiadas. La peor fue la del embarazo. La del aborto. La escuchaba y me daba cuenta de que me había enfocado tanto en lo que yo quería de ella, en meterla en mi vida, que nunca noté los tajos que llevaba en el alma. Me sentí un egoísta de mierda. Ahí estaba, desangrándose, mostrándome cada golpe que le dieron, y yo recién empezaba a verla de verdad. Le pasé los dedos por el pelo mientras hablaba. Su voz se quebraba pero no paraba, como si tuviera que sacar todo de una vez. Cuando por fin se durmió, se me vino a la cabeza una imagen de Sab

