Andrea y sus psicodelías místicas. No quería pensar en eso, pero tenía razón: el hombre me ponía el mundo de cabeza. Seguro, confiado. Me cogía como una bestia y después me llenaba de besos. No era de extrañar que tuviera la cabeza hecha un bollo. Necesitaba solo una sugerencia, una mirada mía, que lo buscara y me dejaba el cuerpo pidiendo más. Era de esos tipos a los que les hacen videos en redes: «Se que puedes sola, pero ya no estás sola», o algo así. El famoso macho alfa que te apaga el cerebro. Esa visión me dejó más confundida de lo que estaba, más insegura y con más miedos. Lo que fuera que vi, si lo imaginé o no, parecía más un castigo. Como si lo que le hice antes, en esa vida, plano o lo que fuera, tuviera que pagarlo ahora. No me gustaba nada eso. Y ahora, Marcos, quería algo

