Si no fuera porque estaba metiéndole los dedos, porque estaba delirando con la idea de tomarla así, me hubiera reído. Aquella vez reaccionó igual: celos. Iba y venía indecisa, insegura, pero esa muestra de rabia me decía que algo más había debajo. Y tenía que sacarme la duda. Por eso le seguí la rabieta: para verla reaccionar. Sabrina era hermosa de muchas maneras, no solo en la cama gimiendo. Lo era cuando se concentraba en tocar su música, en cómo la cara se le relajaba. Lo era cuando regresaba cansada de madrugada, arrastrando los pies. Y en ese momento también. Con expresión de dolor y deseo, escuchándome decirle porquerías mezcladas con ternura. Besándola, viéndola esperar inmóvil la siguiente sensación. Apoyé la frente entre sus senos, tenía el cuerpo tenso todavía. La lamí, como

