—Me mentiste, me ocultaste cosas. Me tomas por cualquier cosa. —¿Por qué tengo que decirte todo? —me desafió—. Fue mi decisión, mía. La tenía contra la pared, jadeando de rabia, llorando. Pero besándome. La aplasté más, hasta que cedió y pude rozarla con mi entrepierna. Sentí su respiración cortarse entre mis labios, el temblor que le subía por el cuerpo, el intento inútil de empujarme. No sabía si quería escapar o seguir. Siempre le pasaba eso: el cuerpo decía una cosa y la boca otra. Yo también estaba igual. No quería tocarla, pero no podía no hacerlo. Un movimiento solo me sirvió para ponérmela encima. No pesaba nada. ¿Cuántas veces habíamos hecho eso? Ella tenía siempre la misma reacción instintiva: atraparme la cintura con las piernas. Abrazándome toda. La sangre de mi cuerpo se

