Carla seguía parada, hablando de los números de las encuestas, de ajustes en el cronograma. No se iba más. Yo miraba a Sabrina tocándose el pezón por encima de la sudadera, lamiéndose los labios, con esos ojos verdes clavados en los míos. La muy hija de puta. No solo se había aparecido sin avisar, como una sorpresa, un regalo. Sino que me montaba un showcito con la becaria en el medio. Y yo tratando de no sudar como un cerdo, tratando de esconderme detrás del respaldo del sillón para que no se diera cuenta de lo duro que estaba. Ya no me preguntaba por qué o cómo, ni me importaba que a veces parecía inocente y otras tan puta. Ya estaba metida en mí, en cada poro. —Está bien, mañana lo revisamos —corté a Carla sin mirarla. No se esperaba eso, estaba congelada. Acostumbrados todos a que

