Las cosas se descontrolaban cada vez más rápido. Esperarme para ver cómo llegaba, cuestionarme por haber bebido, hacer que el cuerpo se me quemara vivo de esta manera. Lo peor era que lo disfrutaba terriblemente, cualquier cosa que me dijera o me demostrara. —Está todo raro, extraño. Ya no sé ni qué pensar. —Estás hasta las manos —Andrea se divertía. —¿Qué? —Que estás hasta las manos. Te fuiste a vivir con él, te lo cogiste, te gusta, tú le gustas. ¿Qué es lo raro? ¿Te digo qué es? —preguntó antes de que pudiera responder—. Es que te enganchaste con el tipo. Es que es más que un flirteo con derecho a cama. Eso ya lo sabía, pero no me quitaba el gusto a… bizarro de la boca. Aunque cuando estaba con él se me olvidaba. —¡Le confesé que me pasé la noche pensando en él! —Me tiré sobre el

