Lo que fuera que me hiciera, lo que fuera que usara para ponerme de rodillas, hacía efecto en días. Desde que la vi en la cena de recaudación hasta ahora; parada ahí, cerca de la mesa de la cocina, mirándome con miedo y ganas. Me cansé de buscarle sentido cuando vi que eran las tres y seguía sin dormirme, ¿para qué? Para torturarme, para soportar cómo se me paraba hasta que me dolía. No sé cuántas veces di vueltas en la cama. Sabrina, todo era Sabrina de repente. Ni siquiera podía decir que era un arrebato sin sentido, una calentura mezclada con morbo. Era necesidad. Con esos ojos verdes me hacía vulnerable, apretaba algún botón invisible que me obligaba a confesar. Yo, admitiendo en voz alta que no solo quería cogerla, que eso solo no me alcanzaba. Ella oyéndome callada y cambiando. En

