Me aguanté todo lo que pude. Pero se sentó a tocar ese maldito bajo, a gesticular, a perderse, a mover ese culo hermoso mientras caminaba. Su música me embrujó, me desquició. Aunque ella ya lo había hecho esa noche en ese café. Era la boca más deliciosa que había probado. Los labios más suaves, el cuerpo que se desarmaba en mis brazos como si siempre hubiera sido así. Le toqué la piel de la cintura con los dedos, colándole las manos debajo de la playera. Era tibia. Le dibujé el contorno de la cadera, subí por su torso. Por cada una de mis caricias recibí un sonido que para mí era muchísimo mejor que una nota musical. Mis manos temblaban un poco, por el contraste de su calor y el frío que tenía guardado en mi cuerpo. Rocé uno de sus pezones y me pegó el bajo vientre, besándome con todo:

