La dejé durmiendo y salí. Sentía ácido y rabia en la boca del estómago. Llegué a la oficina del senado a eso de las 6 de la mañana. No había nadie. Pensaba y pensaba lo que iba a hacerle a esa mierda. Quería partirle todos los huesos. Era uno de esos momentos que parecían una escena cinematográfica porque era inverosímil. Esperé hasta las 8 antes de empezar a llamar gente. Gente que me debía, gente que se moría por lamerme el culo. No me importó que fuera domingo. A ver cuál de todos lo hacía mejor y me encontraba a ese cobarde. Al final, conseguí dar con el dueño de la compañía donde trabajaba. Un mediocre, según me dijo el tipo medio dormido, medio enojado. Hacía meses que buscaban la manera de echarlo por sus «hábitos poco respetables» con varias compañeras de trabajo. Lo habían enc

