¡Qué mal estaba de la cabeza! Lo normal, lo sano, tendría que haber sido tratar de convencerlo de que la violencia no iba a solucionar nada. Pero cuando vi ese rostro hinchado como una pelota, con hematomas negros y morados, con el ojo en sangre, sentí ganas de llorar. Y la rabia me dio calor. ¿Cómo alguien podía hacerle eso a otra persona? Y la expresión de Marcos: horrorizado, pálido, aguantándose la necesidad de explotar. Creí que él mismo iba a detonar desde adentro. Lo vi golpear el volante y pensé que lo rompería. Supongo que se imaginaba a ese pedazo de basura. Llegamos a la casa, pero no a la de huéspedes, a la de él. Nos tiramos en el sillón, estábamos cansados los dos. Recién ahí dimensioné lo que iba a hacer. O al menos lo que me dijo que iba a hacer. «Le voy a dar una paliz

