Diego: Ingresé al cunero con pasos cautelosos, como si el silencio del lugar fuera sagrado. Ximena, diminuta y frágil, yacía entre sábanas blancas que realzaban su vulnerabilidad. Fue entonces cuando la reconocí, sus ojos, gemelos de los de Paloma, destilaban una inocencia que cautivaba. Era tan chiquita, tan flaquita, que parecía un delicado milagro prematuro. Su pequeño cuerpo necesitaba cuidados especiales, como si el mundo exterior pudiera ser demasiado grande y abrumador para sus diminutas dimensiones. La enfermera, con gestos expertos, me enseñó a cargarla. Aunque no era la primera vez que sostenía a un bebé en mis brazos, esta vez era diferente. Al alzar a Ximena, sentí un vínculo instantáneo, como si un lazo invisible entre nosotros se hubiera tejido en ese preciso momento. Era

