Al llegar al hotel, exhaustos pero felices, Diego me levantó en sus brazos, desafiando el peso de mi vestido. Me llevó con cuidado hasta la habitación, donde una encantadora decoración de rosas y velas nos dio la bienvenida. Al alcanzar el extremo de la cama, Diego deslizó suavemente el vestido por mis hombros, dejándolo caer al suelo y revelando mi lencería blanca. Su mirada recorrió mi figura, un gesto que, a pesar del tiempo juntos, lograba hacer que mi rostro se tiñera de un cálido rubor. — Mira lo que tenemos aquí — comentó, observándome detenidamente. Resulta asombroso cómo, a pesar de conocernos tan íntimamente, sus palabras aún tienen el poder de provocar en mí una respuesta tan espontánea. — Estás roja —se burló, riendo. La complicidad entre nosotros se manifestaba en gestos

