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Muerte y Venganza

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oscuro
los opuestos se atraen
arrogante
chico malo
heredero/heredera
sin pareja
mundo mágico
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Descripción

Desde la muerte de su madre, Erika ha sido despreciada por su padre. Ahora la ha obligado a casarse con su peor enemigo, un hombre cruel y sanguinario que odia a muerte a su familia.

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Una tormenta en el horizonte
Erika contemplada el horizonte desde la ventana de su habitación; ubicada en el lado más lejano del palacio. Desde que recordaba, siempre había vivido en ese lugar, alejada de la vista de su padre, el rey Brawley Dusk. Su madre había muerto durante su nacimiento y su padre la culpaba por ello, obligándola a vivir en ese lugar, lejos de su vista. Sólo las criadas se acercaban a ese lugar; entre ellas, Cristina, la antigua criada de su madre quién la había criado y educado lo mejor que pudo y la única que le demostraba verdadero afecto. En sus manos tenía una carta con el sello de su padre; aún no la había abierto pero intuía que nada bueno podía contener ya que su padre nunca disimuló el desprecio que sentía por ella. A lo lejos, entre las montañas se divisaba una tormenta que se mezclaba con las últimas luces del día; iba a ser una noche fría. Sin pensárselo más, abrió la misiva: "A partir de mañana finalmente dejarás de ser mi hija y abandonarás este reino. Deseo desde lo más profundo de mi corazón que tu esposo te de una muerte lenta y dolorosa, como la que tuvo tu madre al traerte hace 18 años a este mundo" Eso era todo, su padre se estaba deshaciendo de ella y, en el proceso, le deseaba la muerte. No es que se sintiese muy atada a su padre; en todos esos años solo lo había visto 3 o 4 veces, cuando era niña y en todas ellas terminó siendo golpeada y arrastrada a su habitación por alguna criada. Jamás le dedicó una sola palabra de afecto. Se quedó en el balcón algunas horas más, no se movió cuando la tormenta alcanzó el castillo, sintiendo la lluvia fría que caía a raudales sobre ella; sólo hasta que Cristina entró a su habitación y la obligó a entrar no se movió. Estaba temblando de frío, pálida y entumecida. Cristina la desvistió y le puso ropas secas, la metió en la cama y le dio un té caliente. -- Erika despertó sobresaltada por el gran alboroto que hacían las criadas. La obligaron a salir de la cama, la bañaron con agua fría, peinaron su largo y ondulado cabello rojo, le pusieron el tradicional vestido blanco que había llevado su madre y la llevaron a los jardines del palacio; allí la esperaba un carruaje. Se sentía mareada y febril debido a que se había quedado bajo la tormenta la noche anterior; el camino iba a ser bastante agitado a causa de la misma tormenta. Cristina se acercó corriendo al carruaje cuando estaban a punto de partir y le entregó una canasta con frutas y pan para el camino. El viaje resultó bastante accidentado, los caminos habían sido afectados por la tormenta; algunos árboles caídos y zonas intransitables. Tardaron todo el día en recorrerlo y llegaron con los últimos rayos del sol a lo que parecían ser unos vastos jardines privados. Su padre no le había mencionado con quién se casaría y ninguna de las criadas había hecho algún comentario al respecto. Los jardines se extendían a lo largo de una gran colina y, en la cima, se erguía una imponente mansión. En el camino de entrada había algunos guardias apostados. Cuando llegaron a la entrada de la mansión tomaron un desvío que conducía a un pequeño santuario. El carruaje se detuvo y Erika descendió, mirando a su alrededor; aparte del conductor, solo habían 3 personas: un par de testigos y un sacerdote; no pudo evitar notar la mirada de odio que le dedicaron quienes estaban presentes. Comenzó a avanzar lentamente hasta el altar cuando alguien la tomó por el brazo y la detuvo; sacudiéndola con fuerza la obligó a voltearse, la tomó por el mentón con fuerza y la forzó a levantar la mirada. Pudo ver a un hombre muy alto, de tez morena, cabello n***o, largo y ondulado, labios carnosos y rostro cincelado, Fue entonces cuando su mirada se cruzó con unos ojos oscuros y fríos, llenos de odio, enrojecidos por la ira. -Jamás te llamaré esposa ni compartiré mi lecho con un ser tan sucio y despreciable como tú. Solo espero el día en que pueda darte los mismos cuidados y atenciones que merecen tú y toda tu maldita familia. Para mí no eres más que una moneda de intercambio para garantizar la seguridad de los míos. Tienes tan poco valor que tu padre tuvo que forzar este matrimonio para salvarse de la vergüenza de tener una hija tan sucia como tú. Maldigo este día pero espero con ansias el momento de apagar el brillo de tus ojos con mis propias manos y bañarme en tu sangre; me aseguraré de hacer miserable cada segundo que pases bajo mi techo. Erika quedó en silencio, no sabía qué decir ni qué pensar luego de escuchar esas palabras. Temblaba de miedo, aquel hombre realmente la odiaba y había algo en sus palabras que le decía que esa amenaza era una promesa que ansiaba cumplir muy pronto. El hombre quien, aparentemente era su futuro esposo, la arrastró por el brazo hasta el altar. Allí se dio inicio a la ceremonia que los uniría para siempre. Finalizados los rituales, que debían hacerse en silencio, llegó el momento en que ambos debían pronunciar las palabras de fidelidad. Erika tomó la daga ceremonial, realizó un tímido corte en su mano y, con una voz casi imperceptible dijo -Yo, Erika Dusk, prometo estar a tu lado siempre, sostener tu mano y caminar a tu lado. Esta es una promesa para toda la vida y mi vida terminará el día que falte a ella. El hombre miró a sus verdes ojos con desprecio, sin dejar de mirarla tomó la daga, hizo un profundo corte en la palma de su mano, tomó la de Erika y la apretó con fuerza mientras pronunciaba sus votos: -Yo, Alaric Valarius prometo estar a tu lado y sostener tu mano el día en que apague tu mirada con esta misma daga. Esta es una promesa para toda la vida. Erika no pudo evitar estremecerse, se sentía enferma, había comido poco y este hombre que la amenazaba de muerte no era otro más que Alaric Valarius, el líder del clan Valarius, una temida familia de asesinos que odiaban a muerte a su padre desde el día en que éste había asesinado a Drake Valarius, padre de Alaric. Su padre sí que se había asegurado de garantizarle una muerte lenta y dolorosa. Erika tambaleó, dio un paso hacia atrás, se sentía muy débil a causa del viaje y la fiebre; sus piernas le fallaron y cayó arrodillada; apenas alcanzó a apoyar sus manos para evitar golpear su cara contra el suelo y se desmayó. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero cuando recobró la conciencia todos se habían marchado. Una chica joven, de unos 13 o 14 años estaba a su lado.-¿Se encuentra bien? Levántese señora, debo llevarla hasta la mansión. Ya todos se han ido. Erika se puso en pie, ayudada por la chica y lentamente caminaron hasta la puerta de la mansión en donde Alaric estaba esperando. Erika lo miró a los ojos. -Yo la acompañaré desde acá, gracias Sofía - Alaric se acercó a Erika, su aliento olía a alcohol; la tomó con fuerza del brazo y la obligó a subir las escaleras de la entrada, cruzaron la puerta principal y la cerró tras de sí.

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