Olfato

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Olfato (La nariz de Joel) La definición dada por la real academia española al buscar la palabra humano, cita, >. Por grandes casualidades del tiempo ha logrado ser capaz de predominar sobre sus compañeros de existencia, eso y el hecho de tener pulgares durante dicho proceso de evolución tal cual explicó Charles Darwin, han apoyado a colocarnos encima de la cadena alimenticia. Sin embargo, como todo animal aún se conserva, aunque en medida particularmente sepultado en los mares de sus recuerdos celosamente profundos, aquellas sensaciones y habilidades de supervivencia conocidas como instintos. Todo parte entonces, de los sentidos básicos, no obstante, hoy, me centraré en uno que se me hace fascinante, tanto por su estudio como por mi recorrido empírico en primera persona. Justo al momento de nacer, lo primero que hacemos es buscar, con el simple aroma, a quien es nuestra progenitora. Estamos imposibilitados en dichos momentos a poder observar, pero el aroma de la persona es único, inconfundible, es así como reconocemos aquello que nos da protección, pero es aquello que también nos delata ante depredadores más grandes. No crean que soy un hombre de la selva o estudioso de biología; en realidad, soy un oficial de la ley. Mi infancia puedo describirla como un evento común y sin alteraciones, más con los años me he percatado que a comparación del resto de la población humana promedio, mi sentido del olfato se había agudizado, no necesariamente en todas las ocasiones, sólo siendo perceptible ante una emoción particularmente humana: el miedo, esa sensación básica que nos ha alertado ante la necesidad de supervivencia. Es menester mencionar sin lugar a duda, que despide un aroma semi amargo, aunque siempre variante según la persona que sea su portador. La primera vez que recuerdo haber aspirado esa fragancia particular, tenía trece años, me había tocado estudiar en el turno nocturno, por lo que la hora de partir a casa era a las 21:00. La mayoría de los adolescentes éramos esperados por nuestros padres, más sin embargo el mío trabajaba de forma casi que esclavista, por lo que era imposible recogerme, mi madre al haber fallecido durante mi nacimiento y el estar en una ciudad que no era la natal, me orillaba a ir solo caminando de regreso a casa. Siempre cuidaba de ir en zonas con buena iluminación pública, esto posiblemente no me salvaría de un asalto, pero al menos podría esquivar o reconocer a mis agresores con mayor facilidad. Una noche templada del otoñal mes de octubre, un aroma punzante golpeó mi nariz, era tan fuerte que lastimaba, me provocó tosferina momentánea, más a los pocos transeúntes parecía no importarles. Al girar a mi izquierda como señalaba usualmente el recorrido, el olor se intensificó, y pude divisar no más allá de siete metros de distancia a un trío de adolescentes de entre catorce y diecisiete años fastidiando a un conocido de mi instituto, lo amedrentaban para que éste diera el poco dinero que traía consigo, así como un reproductor mp3, regalo de sus progenitores por su cumpleaños, celebrado apenas la semana pasada. En realidad, no era que físicamente fuera un joven corpulento, pero si bastante terco y aguerrido. Cerca de los contenedores de basura pude divisar un par de tubos de cobre, desechados por la escuela secundaria debido al leve óxido que les recubría. Me acerqué cautelosamente para que los chicos no se percataran de mi presencia y los sorprendí con un golpe contundente para cada uno, no quedaron inconscientes, pero sí atolondrados, por lo que le indiqué al chico que corriera, siguiéndole con mi humanidad como alma que lleva el mismo demonio, mientras escuché pasos veloces e improperios detrás nuestro por lo menos durante al menos cinco cuadras, aquel fuerte hedor continuaba, me pareció grosero preguntarle la razón de su pestilencia, aunque llamándome la atención que conforme llegué a mi hogar ese aroma se disiparía por completo. Mi padre era una persona que consideraba extravagante, demasiado estricto con nuestra vivienda, todo debía ser pulcro y cualquier tipo de contratiempo era penalizado azotándome la espalda o retaguardia. Para mi ventaja, esa noche en particular él no llegaría sino hasta altas horas de la madrugada, eso fue lo que logré ver en mi reloj despertador al escuchar el estruendo del auto estacionarse en la cochera. Posiblemente de diversas experiencias parecidas a las que acabo de narrar e incluyendo mi obsesión y disfrute de las series policiacas televisivas, así como algunas novelas de la misma temática, me impulsaron al cumplir los dieciocho años, sentarme una tarde de sábado con mi padre, expresando que, al ya ser un hombre mayor de edad, había decidido el integrarme a la academia de policía federal. Tal como era de esperarse ni siquiera se inmutó, sólo pude sentir el frío tacto de los nudillos de su mano impactar con fuerza sobre mi rostro, acto seguido, expresó en tono altisonante que no quería ratas fracasadas en la familia, que si era esa mi decisión me largara de la casa, que la realidad era que debía seguir la tradición familiar, teníamos un negocio próspero y había que respetarlo. Recuerdo en el transcurso de ese día respirar hondamente, y salir con una petaca en mi mano derecha y cuarenta dólares depositados dentro del bolsillo de mi predilecto pantalón de mezclilla, eso sí, también con un pómulo inflamado y gravemente enrojecido. El entrenamiento en la academia fue algo pesado, pero sólo en la parte física, ya que en lo que respecta de acatar órdenes por una autoridad o castigos físicos o psicológicos extenuantes no era algo ajeno a mi persona, derivado del cuidado de mi padre en lo que fue mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Luego de alrededor dieciocho meses, que es la duración de adiestramiento, terminé el entrenamiento con rango de policía investigador, y al fin más allá de mi gusto por la literatura de Agatha Christie entre otros autores del género policiaco, comprendí en lo más profundo de las entrañas que aquel don que se me había otorgado tenía un propósito. La capacidad de percibir con mi olfato aquel bálsamo natural desprendido por el ser humano en esos momentos particulares de estrés, terror, angustia, eran muy útiles en el campo laboral donde me encontraba. Más allá de los propios reportes que llegaban por parte de la central, en la época en que me tocaba realizar rondas en la ciudad junto a mi compañera Sara Heisenwolf, pude aprender a identificar y perfeccionar el común denominador en la esencia que desprendían las personas, cuando era una situación intensa, ya sea aquel temor tan fuerte que eriza la piel, por lo que, sin mencionar de forma directa, encaminaba nuestra patrulla en acercarse a las zonas de conflicto para salvaguardar a los ciudadanos en cuestión. Cabe destacar que la tecnología no se quedaba atrás, las cámaras de vigilancia se encontraban en una versión de prueba para tener la capacidad de medir el índice de probabilidad criminal de las personas en base a su temperatura corporal, facciones del momento en su rostro, así como antecedentes que poseía la base de datos global de la nación, algo parecido al gran hermano de 1984, sin embargo, era un software que aún se encontraba a veinte años de ser perfeccionado y funcionando del todo, por lo que la perspicacia humana siempre era necesaria. Derivado de nuestra dedicación, así como de aquella pequeña habilidad oculta de mi nariz, en cuestión de seis años subí a la categoría de detective investigador. La tasa de éxito de los arrestos se encontraba en un 90% en el departamento, puede atribuirse gracias al trabajo de inteligencia que había surgido durante el entrenamiento y experiencia, pero sin duda mi habilidad extra es algo que facilitaba en gran parte las cosas. Con el pasar del lapso, no sólo fui capaz de poder detectar aquella fragancia tan característica que corresponde al sentimiento primitivo del miedo, sino, aunque fuese de forma ligera, esa nota particular en la esencia corporal de cada uno, un sello muy tenue pero presente aun cuando aquellos cuerpos perecen, hasta que es opacado por la pestilencia de los gases producto de reacciones químicas e intervenciones bacterianas por la putrefacción. Un jueves 20 de octubre, se reportó el que dos pobres adolescentes que habían hecho su cita en las inmediaciones de un callejón, lo cual pareció a primer instante, pero al entrevistarlos y notar sus edades era de esperarse que posiblemente fuese una ocurrencia adolescente arriesgada para mantener algún tipo de contacto s****l, aunque ellos simplemente lo atribuían a que iban a botar una bolsa de basura con los envases de comida rápida consumida durante la mañana, bolsa de basura que jamás vi. Sin más preámbulos el levantamiento del cuerpo y peritaje comenzó a las 17:00 del día en cuestión. Realmente el hallazgo era un escenario dantesco y muy buen organizado, cada m*****o del cuerpo había sido separado por algún instrumento quirúrgico con sumo cuidado. Los órganos internos habían sido removidos y colocados en pequeños sacos de envases sellados, entre éstos encontramos los ojos, fue tan fascinante ver aquellos orbes color verde aún con las pupilas dilatadas, conservados, sin dejo de sangre alguno, el bálsamo del miedo que desprendía cada parte era penetrante, a lo largo de los años de mi carrera jamás había concebido tal nivel de terror con mi nariz. Luego de la autopsia y al parecer de un descuido del perpetuador al dejarnos las manos intactas de nuestra víctima, porque, cabe aclarar, que la cabeza no apareció por ningún lado, logramos pasar su huella por la base de datos nacional, dando con inserte nombre aquí, inserte edad acá, pero no contaba con familiares en vida que se supiera, por fortuna encontramos su dirección; fue entonces que el capitán de nuestra unidad me mandó junto a mi compañera Heisenwolf para revisar el sitio. Una de nuestras pesquisas nos llevaría al domicilio de un sospechoso de ciberdelitos, llamado Salomón Lopera. Al abrir el departamento se notaba desde primera instancia que el sujeto no era precisamente el más pulcro y aséptico de la ciudad. El alfombrado se notaba que no había sido aspirado en meses, manchas de origen desconocido decoraban el sitio, así como el polvo deslumbraba por toda la parte inferior del departamento. Sobre una modesta mesita de centro habría por lo menos cuatro cajas de pizza, así como otros desechos de comida rápida. Realizando la inspección de la entrada, ventanas, habitaciones, no se encontró signos de lucha. — No creo sea necesario llamar a escena del crimen, Joel, pareciera que esto no ha sido aseado ni mucho menos, no detecto aroma de algún químico limpiador. — mencionaba Heisenwolf. Con toda razón. No obstante, al revisar las habitaciones noté que había un desbalance en el tamaño de una de las paredes, el tamaño del departamento en una de las habitaciones no concordaba con la vista exterior, era lo que parecía ser un estudio, y con un pequeño truco que aprendí en mis primeros casos como oficial, comencé a golpear suavemente la pared posterior de la recámara, de forma horizontal, detectando un sonido hueco en la parte central a comparación de las orillas. A pesar de muchos clichés no había un ropero en la parte central, sino con un pequeño escritorio que tenía adherido una lámpara de noche que al parecer se encontraba fundida. Al mover el escritorio para computador resaltó, aunque cubierto de la misma pintura de la habitación lo que parecía ser una manija. Ladeando un poco la cabeza en silenció señalé a mi compañera, debíamos esperar preparados para cualquier cosa, empuñamos nuestras armas y abrimos rápidamente la puerta, escuchamos un gran estruendo, apuntamos rápidamente sólo para encontrarnos con la resolana de la habitación que era una simple caja de herramientas desplomada sobre “la recámara secreta”. Palpando con la diestra hasta dar con un interruptor. Visualizamos con la que considero sería la única habitación ordenada del lugar, de igual forma sin señales de que hubiese ocurrido un conflicto, sólo un estante con diversos libros, un escritorio de madera con un asiento sencillo de oficina, sobre ésta una computadora portátil de color n***o, que se encontraba al costado de un pequeño mueble divisorio variantes discos duros y memorias USB. Lo primero que resaltó a mi vista es que la laptop se encontraba conectada a la red eléctrica, así como desbloqueada por completo, además de tener una memoria aún conectada y estar justamente la pantalla abierta en dicho componente electrónico. Mirando a mi compañera nos dispusimos a cubrir nuestras manos con los guantes pertinentes para evitar contaminar al revisar los artículos, y le correspondía a ella realizar la llamada directamente a la unidad para pedir un grupo de peritaje en búsqueda de algún indicio de huellas o líquidos en la habitación. Por mi parte me dispuse revisar lo último que había estado observando el ahora occiso. Variantes sistemas para desviar la dirección IP física, mantener su IP dinámica saltando entre diversos servidores proxy en el globo terráqueo, así como una red privada VPN, daba a notar en solo cinco minutos, el sujeto no quería ser encontrado en la red por nadie en absoluto, además de que por medio de la VPN sólo quería mantenerse en contacto con un grupo particular. Al inspeccionar las últimas fotografías visualizadas que apuntaban a la memoria USB conectada, mis ojos se abrieron en par, viendo en la pantalla lo que sería a una chica de alrededor de veinte años, cabellera castaña, amordazada y notoriamente drogada en la parte posterior de un coche. No se veía más allá nada, ningún artículo que nos diera pistas de compra de objetos, simplemente la joven amordazada con cuerda nylon color n***o y un asiento de piel beige. Por la luz que se encontraba en el coche podría decirse era cerca del ocaso, y sólo en una pequeña esquina de la ventana trasera que no se interponía con la luz del sol, una tonalidad metálica azul cobalto. Teniendo en mente aquella imagen continué observando las fotografías, de índoles similares, pero con chicas diferentes dentro de un rango entre veinte a treinta años, de complexión delgada/atlética, que parecían estar en una habitación donde no se divisaban ventanas, solamente luz artificial, desde poses inconscientes hasta, para mi horror, abiertas en su torso de par en par con una limpieza sorprendente. La definición dada por la real academia española al buscar la palabra humano, cita, >. Por grandes casualidades del tiempo ha logrado ser capaz de predominar sobre sus compañeros de existencia, eso y el hecho de tener pulgares durante dicho proceso de evolución tal cual explicó el buen charles Darwin, han apoyado a colocarnos encima de la cadena alimenticia. Sin embargo, como todo animal aún se conserva, aunque en medida particularmente sepultado en los ares de sus recuerdos más profundos, aquellas sensaciones y habilidades de supervivencia conocidas como instintos. Todo parte entonces, de los sentidos básicos. Más en este monólogo me centraré en uno que se me hace fascinante, tanto por su estudio como por mi recorrido empírico en primera persona. Justo al momento de nacer, lo primero que hacemos es buscar, con el simple aroma, a quien es nuestra progenitora. Estamos imposibilitados en dichos momentos a poder observar, pero el aroma de la persona es único, inconfundible, es así como reconocemos aquello que nos da protección, pero es aquello que también nos delata ante depredadores más grandes. No crean que soy un hombre de la selva o estudioso de biología. En realidad, soy un oficial de la ley. Mi infancia puedo describirla como un evento común y sin alteraciones. Más con los años me he percatado que, a comparación del resto de la población humana promedio, mi sentido del olfato es agudo, más no en todas las ocasiones, sólo es perceptible ante una emoción en particular: el miedo. Esa sensación básica que nos ha permitido sobrevivir hasta ahora. Puedo mencionar sin lugar a duda, que despide un aroma semi amargo, aunque siempre variante según la persona que sea su portador. La primera vez que recuerdo haber aspirado ese aroma particular, tenía 13 años. Me había tocado estudiar en el turno vespertino, por lo que la hora de partir a casa era a las 9 pm. La mayoría de los adolescentes éramos esperados por nuestros padres. Sin embargo, mi padre trabajaba de forma ardua, por lo que era imposible recogerme, mi madre (en paz descanse) al haber fallecido durante mi nacimiento y el estar en una ciudad que no era la natal, me orillaba a ir solo caminando de regreso a casa. Siempre cuidaba de ir en zonas con buena iluminación pública, esto posiblemente no me salvaría de un asalto, pero al menos podría esquivar o reconocer a mis agresores con mayor facilidad. En fin, como les iba narrando, una noche templada de octubre un aroma punzante en mi nariz llamó mi atención, era tan fuerte que lastimaba, me provocó tosferina momentánea, más a los pocos transeúntes parecía no importarles. Al girar a mi izquierda como era el recorrido habitual, el olor se intensificó, y pude divisar no más allá de 7 metros de distancia a un grupo de 3 adolescentes de entre 14 y 17 años fastidiando a un conocido de mi instituto, Al parece lo amenazaban para que éste diera el poco dinero que traía, así como un reproductor mp3, regalo de sus padres por su cumpleaños, celebrado apenas la semana pasada. En realidad, no era que físicamente fuera un joven corpulento o algo, sin embargo, era bastante terco y aguerrido. Ya que estábamos cerca de los contenedores de basura pude divisar un par de tubos de cobre, desechados por la escuela secundaria debido al leve óxido que les recubría. Me acerqué cautelosamente para que los chicos no se percatan de mi presencia y les di un golpe a cada uno de forma contundente, no quedaron inconscientes, pero sí atolondrados, por lo que le indiqué al chico que corriera, siguiéndole con mi humanidad como “alma que lleva el mismo demonio”, mientras escuché pasos veloces e improperios detrás nuestro por lo menos durante 5 cuadras. Aquel fuerte hedor en él continuaba, más me pareció grosero preguntarle la razón de su pestilencia, aunque llamándome la atención que conforme llegó a su hogar ese aroma se disipó por completo. Mi padre era una persona que consideraba extravagante. Demasiado estricto con nuestro hogar, todo debía ser pulcro y cualquier tipo de contratiempo era penalizado con al menos 3 azotes a mi espalda o retaguardia. Para mi ventaja, esa noche en particular él no llegaría sino hasta aproximadamente las 3 de la madrugada, o al menos eso fue lo que logré ver en mi reloj despertador al escuchar el estruendo del auto estacionarse en la cochera. Posiblemente de diversas experiencias parecidas a las que acabo de narrar hace un instante, e incluyendo mi obsesión y disfrute de las series policiacas televisivas, así como algunas novelas de la misma temática, me impulsaron al cumplir 18 años el sentarme una tarde de sábado con mi padre, expresando que, al ya ser un hombre mayor de edad, había decidido el integrarme a la academia de policía federal. Tal como era de esperarse ni siquiera de inmutó, solo pude sentir el frio tacto de su mano impactando con fuerza en mi rostro. Me expresó en tono altisonante que no quería ratas fracasadas en la familia. Que si era esa mi decisión me largara de su hogar, que la realidad era que debía seguir la tradición familiar, que se tenía un negocio próspero ya que la “materia prima” con la que se trabajaba nunca faltaba. Ese día respiré hondamente, y salí, con una petaca en mi mano derecha, 40 dólares en el bolsillo de mi pantalón de mezclilla y un pómulo inflamado y gravemente enrojecido. El entrenamiento en la academia fue algo pesado, pero sólo en la parte física, ya que en lo que respecta de acatar órdenes por una autoridad o castigos físicos y/o psicológicos extenuantes no era algo ajeno a mi persona derivado del cuidado de mi padre en lo que fue mi infancia y gran parte de mi adolescencia. Luego de 18 meses, que es la duración de adiestramiento de la academia de policía federal, terminé el entrenamiento con rango de policía investigador. Y al fin más allá de mi gusto por la literatura y entretenimiento audiovisual en temas de índole policiaco, comprendí en lo más profundo de las entrañas que aquel don que se me había otorgado tenía un propósito. La capacidad de percibir con mi olfato aquel bálsamo natural desprendido por el ser humano en esos momentos particulares de estrés, terror, angustia, eran muy útiles en el campo laboral donde me encontraba. Más allá de los propios reportes que llegaban por parte de la central, en la época en que me tocaba realizar “rondas” en la ciudad junto a mi compañera, Sara Heisenwolf, pude aprender a identificar y perfeccionar el común denominador en la esencia que desprendían las personas, cuando era una situación de estrés intenso como un temor tan fuerte que eriza la piel. Por lo que, sin mencionar de forma directa, encaminaba nuestra patrulla en acercarse a las zonas de conflicto para salvaguardar a los ciudadanos en cuestión. Cabe destacar que la tecnología no se quedaba atrás, las cámaras de vigilancia se encontraban en una versión de prueba para tener la capacidad de medir el índice de probabilidad criminal de las personas en base a su temperatura corporal, facciones del momento en su rostro, así como antecedentes que poseía la base de datos global de la nación. Algo parecido al gran hermano de “1984”, sin embargo, era un software que aún se encontraba a 20 años de ser perfeccionado y funcionando del todo, por lo que la perspicacia humana siempre era necesaria. Derivado de nuestra dedicación, así como de aquella pequeña habilidad oculta de mi nariz, en cuestión de 6 años subí a la categoría de detective investigador. La tasa de éxito de los arrestos se encontraba en un 90% en el departamento donde me encontraba, puede atribuirse gracias al trabajo de inteligencia que había surgido durante el entrenamiento y experiencia, pero sin duda mi habilidad extra es algo que facilitaba en gran parte las cosas. Con el pasar del lapso, no sólo fui capaz de poder detectar aquella fragancia tan característica que corresponde al sentimiento primitivo del miedo, sino, aunque fuese de forma ligera, esa nota particular en la esencia corporal de cada uno, un sello muy tenue pero presente aún cuando aquellos cuerpos perecen, hasta que es opacado por la pestilencia de los gases producto de reacciones químicas e intervenciones bacterianas por la putrefacción. Un jueves 20 de octubre, se reportó el que dos pobres adolescentes que habían hecho su cita en las inmediaciones de un callejón, lo cual pareció a primer instante pero al entrevistarlos y notar sus edades era de esperarse que posiblemente fue una ocurrencia adolescente arriesgada para mantener algún tipo de contacto s****l, aunque ellos simplemente lo atribuían a que “iban a botar una bolsa de basura con los envases de comida rápida consumida durante la mañana”, bolsa de basura que jamás concebí. Sin más preámbulos el levantamiento del cuerpo y peritaje comenzó a las 5 pm del día en cuestión. Realmente el hallazgo era un escenario dantesco y muy buen organizado. Cada m*****o del cuerpo había sido separado por algún instrumento quirúrgico con sumo cuidado. Los órganos internos habían sido removidos y colocados en pequeñas bolsas de envases sellados. Entre éstos encontramos los ojos, fue tan fascinante de ver aquellos orbes color verde aún con las pupilas dilatadas, conservados, sin dejo de sangre alguno. El bálsamo del miedo que desprendía cada parte era intenso, a lo largo de los años de mi carrera jamás había concebido tal nivel de terror con mi nariz. Luego de la autopsia y al parecer de un descuido del perpetuador al dejarnos las manos intactas de nuestra víctima, porque, cabe aclarar, que la cabeza no apareció por ningún lado, logramos pasar su huella por la base de datos nacional, dando con (inserte nombre aquí), de (inserte edad aquí), al parecer no contaba con familiares en vida que se supiera, pero por fortuna encontramos su dirección. Fue entonces que el capitán de nuestra unidad me mandó junto a mi compañera Heisenwolf para revisar el sitio. Al abrir el departamento se notaba desde primera instancia que la victima no era precisamente el sujeto más pulcro y aséptico de la ciudad. El alfombrado se notaba que no había sido aspirado en al menos dos meses, manchas de origen desconocido, así como polvo deslumbraba en toda la parte inferior del departamento. Sobre una modesta mesita de centro habría por lo menos 4 cajas de pizza, así como envases de comida rápida. Realizando la inspección de la entrada, ventanas, así como de las habitaciones no se encontró signos de lucha. >, mencionaba Heisenwolf, y con toda razón. No obstante, al revisar las habitaciones noté que había un desbalance en el tamaño de una de las paredes, el tamaño del departamento en una de las habitaciones no concordaba con la vista exterior. Era lo que parecía ser un estudio. Con un pequeño truco que aprendí en mis primeros casos como oficial de la ley, comencé a golpear suavemente la pared posterior de la recámara, de forma horizontal, detectando un sonido hueco en la parte central a comparación de las orillas. A comparación de muchos clichés no había un ropero en la parte central, sino con un pequeño escritorio que tenía adherido una lampada de noche que al parecer se encontraba fundida. Al mover el escritorio para computador resaltó, aunque cubierto de la misma pintura de la habitación lo que parecía ser una manija. Ladeando un poco la cabeza en silenció señalé a mi compañera, debíamos esperar preparados para cualquier cosa, empuñamos nuestras armas y abrimos rápidamente la puerta. Escuchamos un gran estruendo, apuntamos rápidamente sólo para encontrarnos con la resolana de la habitación que era una simple caja de herramientas desplomada sobre “la recámara secreta”. Palpando con la diestra hasta dar con un interruptor. Visualizamos con la que considero sería la única habitación ordenada del lugar, de igual forma sin señales de que hubiese ocurrido un conflicto. Sólo un estante con diversos libros, un escritorio de madera con un asiento sencillo de oficina, sobre ésta una laptop color n***o, que se encontraba al costado de un pequeño mueble divisorio variantes discos duros y memorias USB. Lo primero que resaltó a mi vista es que la laptop se encontraba conectada a la red eléctrica, así como desbloqueada por completo. Además de tener una memoria USB aún conectada y estar justamente la pantalla abierta en dicho componente electrónico. Mirando a mi compañera nos dispusimos a colocarnos nos guantes pertinentes para evitar contaminar al revisar los artículos, así como, en este caso ella, realizar la llamada directamente a la unidad para pedir un grupo de peritaje en búsqueda de algún indicio de huellas o líquidos en la habitación. Por mi parte me puse a revisar lo último que había estado observando el ahora occiso. Variantes sistemas para desviar la dirección IP física, mantener su IP dinámica saltando entre diversos servidores proxy en el globo terráqueo, así como una red privada VPN, daba a notar en solo 5 minutos que el sujeto no quería ser encontrado en la red por nadie en absoluto, además de que por medio de la VPN sólo quería mantenerse en contacto con un grupo particular. Al revisar las últimas fotografías visualizadas que apuntaban a la USB conectada, mis ojos se abrieron en par, viendo en la pantalla lo que sería a una chica de alrededor de 20 años, cabellera castaña, amordazada y notoriamente drogada en la parte posterior de un coche. No se veía más allá nada, ningún artículo que nos diera indicios de compra de objetos, simplemente la chica amordazada con cuerda nylon color n***o y un asiento de piel beige. Por la luz que se encontraba en el coche podría decirse era cerca del ocaso, y solo en una pequeña esquina de la ventana trasera que no se interponía con la luz del sol, una tonalidad metálica azul turquesa. Teniendo en mente aquella imagen continué observando las fotografías, de índoles similares, pero con chicas diferentes en un rango entre 20 a 30 años, de complexión delgada/atlética, que parecían estar en una habitación donde no se divisaban ventanas, solo luz artificial, desde poses inconscientes hasta, para mi horror, abiertas en su torso de par en par con una limpieza sorprendente.
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