Gusto
(La lengua de Charienne)
La cena aún no estaba completamente lista, pero la entrada abría triunfal: una pequeña torre caprese compuesta de tomate, queso mozzarella y hojas frescas de albahaca bañándose en un extra virgen aceite de oliva, una ensalada idónea para empezar. La mesa puesta para dos comensales, uno de los cuales no probaba bocado dado la euforia del momento.
— Yo sí tengo apetito compañero, debo proseguir. — Le dije mirándole fijamente a los ojos, pues es de mala educación no hacerlo. No sé si jadeó, pero yo estaba tan concentrada en el pedazo de queso derretido en mi boca, intentando percibir cuál de los sabores prevalecía de aquel plato, que hice caso omiso a su actividad.
— ¿Qué dices? ¿Quieres escuchar ópera? — proseguí. — No, colocar música clásica mientras se disfruta de una exquisita cena ya se ha convertido en un cliché, y no queremos eso ¿Verdad? Es mejor deleitarnos con el sonido del viento azotando la ventana, tal parece que se acerca una tormenta.
Parecía llevar un monólogo, porque mi compañero no contestaba, quizá estaba inmerso en la amargura y que mejor para endulzar el ánimo que una descarga de azúcar en el paladar. Me levanté de la mesa, por educación le pedí permiso y es que la cortesía se me da de forma natural, aligerando mi paso hacia la cocina, me devolví de ella con el postre, sí, ya sé que es lo último que se debe servir, no me tomen por loca o por lujuriosa del almíbar, pero la ocasión ameritaba variar, además el orden del menú no tiene por qué alterar el banquete.
— Toma, aquí está. — le dije mientras le retiraba el plato intacto con la ensalada, y ponía otro más pequeño. — te hice algo especial, ¿sabes?, es crème brûlée de menta, me encanta la menta; suele dejar un ligero y refrescante sabor en la boca, aunque aclaro que debí agregarle espinaca, ya que la menta suele oxidarse y no quería perder ese color verde tan vivo, amo la vida. Espero que disfrutes la superficie caramelizada, quedó en su punto.
Sus ojos se clavaban en los míos como alfileres, creo que le encantó lo que vio y no lo culpo, modestia aparte se me da también eso de la dulzura. Me levanté nuevamente para distinguir si necesitaba algo, si la silla estaba cómodamente adecuada, no sería una buena anfitriona descuidando esos detalles. Él estaba demasiado erguido con una postura envidiable, todo un caballero a pesar de la historia detrás de ese dorso rígido, alzando la vista descubrí que su cabeza chorreaba.
— Pensé que lo limpiarías. — me giré buscando el rostro de Pablo. — Prometiste hacerlo.
— Lo siento. —respondió desde la puerta, mientras ingresaba al comedor. —Sinceramente lo olvidé, estoy muy asustado aún. ¿Qué vas a hacer con él?
—
Querrás decir: “¿Qué vamos a hacer?” — inquirí. — Recuerda querido que estamos en esto por tu pequeño incidente, eso de aventar gente por los puentes trae consecuencias, más aún cuando deciden no morirse ipso facto y toca terminar el trabajo en casa.
Mire de nueva vuelta al comensal, a pesar de tener cinta tapándole la boca, gemía como cual cerdo de camino al matadero, y aunque no estaba lejos de ello, yo suelo ser poco tolerante ante el bullicio, ahí fue cuando tomé el tenedor ubicado al lado de su plato y lo clavé en la parte posterior de su cabeza, el lugar de la herida donde emergían sus fluidos, el dolor tuvo que ser insoportable, pues volteó sus ojos hacia arriba, gimiendo ahora con más fuerza. Irritado por tanto sonido, procedí a mover en círculos el cubierto dentro de la contusión con una fuerza que no reconocía en mi mano, hasta que extraje con el utensilio pedazos de cuero cabelludo, y quitándole el cabello lo introduje en mi boca.
— Realmente estás delicioso. — me relamí los labios, quitando con la lengua la sangre que cayó en ellos.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, lloraba a moco tendido como se dice coloquialmente, el descenso desde el puente lo dejo sin movimiento en sus extremidades, ya parecía muerto, excepto por sus ojos que todavía conservaban rotación. De nuevo chilló y fue entonces cuando perdí la paciencia y con el cuchillo dispuesto para cortar carne, le cercené el cuello, siempre es increíble ver como la sangre incapaz de dejar de bombear, se lanza a chorros como una catarata sin un río en el cual caer.
— Al fin murió.¬ ¬— le oí decir a Pablo.
— Al fin terminé tu trabajo, querrás decir. —refunfuñé.
— Como sea. ¿Qué haremos ahora? —discrepó él.
— Comer.¬— sentencié.
Pude ver como su semblante palideció, por mi parte no me la creía que esa fuese su primera vez en toparse con alguien de gustos exóticos. El origen de mi predilección caníbal, radicó en el seno familiar, mi madre abandonada por un padre que jamás conocí, en medio de su desesperación al estar sola con una hija que no deseaba, se involucró con un ex convicto amigo de la infancia, pero su unión no remedió nada, ambos vivían igual de miserables, el cóctel de decadencia terminaría una noche en tragedia, al llegar a la medianoche de un martes como siempre en estado de embriaguez, mi querido padrastro golpeó como lo había hecho en reiteradas ocasiones a mi progenitora, la diferencia es que esa vez sucedió en la segunda planta de la casa, muy de cerca a la escalinata, y ya sabemos cómo esas historias de trifulca en las alturas terminan, un empujón de ella lo hizo irse de bruces escalera abajo, recuerdo llevar cargado un pequeño conejo tan blanco como el algodón que él me había obsequiado, el animalito se me escapó de las manos, limpiando con su pelaje parte del rastro de sangre, lo tomé nuevamente mientras observaba a mi madre, ella evidentemente asustada no sabía qué hacer con aquel peso inerte sobre la alfombra, decidió llevarlo al baño y cortarlo en trozos, para meter dentro del congelador de la nevera algunos órganos y pedazos de carne, guardó los restos en bolsas negras de basura, entre los que estaban la cabeza manos y pies, ella me confeso que desechaba esas partes para evitar el kuru, una enfermedad neurodegenerativa ocasionada por consumir cerebro humano, los residuos estaban tan bien resguardados que el camión se los llevó al día siguiente sin ninguna objeción, me pregunté qué dispondría con lo refrigerado, determinó que esa fuese nuestra comida del resto de la semana, al principio me pareció descabellado, apenas tenía diez años, pero cuando probé el estofado de corazón bañado en salsas y acompañado de zanahorias y papas, me enamoré del cuerpo humano.
Precisamente Pablo no era un santo, pero si podría ser mi discípulo, esa noche tuve que explicarle las ventajas de ingerir carne humana, uno de ellos era su obtención gratuita; ya no gastaríamos innecesariamente por ese tipo de insumos, además de los valores nutricionales de la misma. Él asintió, pero yo sabía que jamás lo llevaría a la ingesta. Procedí a desamarrar mi cena, poniéndolo con ayuda de Pablo encima de un plástico en el piso, para luego desmembrarlo, abrirlo en canal, sacar los órganos que me interesaban; como el corazón, los riñones, el pulmón derecho (nunca comía el izquierdo por la forma rara que le daba estar al lado del corazón) y el hígado. Succioné con una manguera el resto de su sangre, dejándola caer en un balde, líquido que utilizaría para preparar la morcilla que tanto me fascina.
— Puedes hacer lo que quieras con el resto. —establecí.
— Quizá pueda practicar taxidermia con humanos. —contestó Pablo, al compás que esbozaba una inusual sonrisa.
De esa manera iniciaría nuestro vínculo, una relación simbiótica, donde ambos salíamos beneficiados: yo obtenía comida, mientras él realizaba su sueño de momificación en humanos, era un contrato gana – gana, donde trabajando en conjunto cada una de las partes lograría de forma satisfactoria sus objetivos.
Cada martes salíamos a “cazar”, la mayoría de las presas eran hombres de avanzada edad que se dejaban tentar por una mujer joven con conveniente complejo de Electra, me encargaba de seducirlos, llevarlos a la casa y ofrecerles una cena en la que al final ellos eran el plato principal, por su parte Pablo ayudaba con la fuerza bruta para someterlos cuando ya caían en la trampa, algunas veces era él quien los asesinaba, pero la mayoría de veces esa tarea me correspondía a mí, sospeché que la sangre le daba pavor.
Todo iba saliendo a las mil maravillas, mis padres me heredaron un carro Volkswagen escarabajo azul cobalto, Pablo decía que era turquesa, creo que es daltónico. La tarde de ese martes noté que faltaba orégano en la despensa, no podía preparar mis recetas italianas sin ella, así que apresuré ir a comprar, salí en el auto a eso de las 05:46 pm, tenía a las 07:00 una cita con un vejete, era menester acudir y por ende llegar pronto a casa para acondicionar todo, pisé el acelerador, la carretera solitaria como siempre, escuchaba mi canción favorita en la radio, cuando dirijo mi mirada a la hierba alta que rodeaba la vera del camino, descubro un conejo blanco cuyos ojitos rojos llamaron mi atención, parecía estar viéndome con esa mirada hipnotizante, giré nuevamente y lo último que recuerdo ver fue el timón en mi cara.
Después del accidente todo cambió, la lesión en mi espina dorsal me dejó sin movimiento en las piernas, al igual que el primer hombre que matamos en conjunto. A raíz de mi nueva condición, estaba postrada en una cama y le tocaba a Pablo ser el proveedor, lógicamente traía mujeres, conquistaba muchachas por internet y como yo quería observar el proceso, adecuó una habitación justo al lado, compró un espejo espía y desde allí yo podía observar mientras el grababa en vivo para la red profunda, con el dinero que entraba por los videos, solventamos gastos.
Ese día en que aquel hombre ingreso en mi recámara, me hice la muerta y cuando él se encontraba tranquilo y chismoseando la actividad de Pablo, agarré la pistola en mi nochero y le disparé justo en la parte de atrás de su cráneo. No admitimos público de forma física, maldito acechador.