Tacto

2147 Palabras
(Las manos de Pablo)  Conducía una herencia proveniente de alguien con vida, realmente la única persona que consideraba un ser humano, aquella que me demostró la insuperable fuerza del amor. El roce de mis manos con el manubrio creaba un espacio íntimo entre ambos; piloto y nave, produciendo emparejamiento automático, su antigua dueña al perder previamente el equilibrio en aquella trágica tarde, yacía como una figura informe en la perpetuidad de sus aposentos. Le amaba sin piedad y digo sin piedad, puesto que es supremamente egoísta el sentimiento del amor, retener, ese es su sinónimo más acertado, no estar dispuestos a dejar ir, apoderándonos de cadáveres que respiran, muertos sonámbulos que impiden a los demás seguir con sus vidas. Postrada en la cama, desprendía un sentimiento de ternura, recordándome de forma súbita cierto poema que alguna ocasión leí, cada palabra resonaba en mis oídos una y otra vez, como la gota de lluvia incesante que cae desde el cielo al pozo, cíclica, inacabable. La conocí por casualidad, ella reconoció lo que nadie más había intentado, escrutando en mis entrañas, descubriría que debajo de mis escamas todavía se escondía un pedazo de piel. Antes de conocernos mutuamente no creíamos en el amor, concordábamos que eran ideas preconcebidas implantadas en las mentes débiles, una palabra bifronte que contrariamente viene siendo el nombre de la ciudad que forjó su imperio sobre las ruinas. Amor; un vocablo con diferentes sentidos, dependiendo su connotación a la necesidad del que lo sugiere. Personalmente prefería la muerte que el amor, realmente me obsesionaba todo lo relacionado entorno a ella, desde pequeño miraba programas de televisión y leía artículos sobre necrofilia y taxidermia, una vocación desconocida nació por aquellas emisiones y ediciones, tal fue mi interés que dedicaba las tardes después de la jornada escolar en la búsqueda de cadáveres de animales para llevarlos a la improvisada casa del árbol y allí momificarlos. El nombre de esa mujer era tan inesperado como su misma presencia; Charienne, melodía celestial cuando ella lo pronunciaba, que ni los ángeles allá arriba, en el cielo ni los demonios bajo el mar, como diría Poe a su amada Annabel Lee, podrían jamás descifrar la magnánima dicha de sus acordes, la más grande y hermosa de las poesías escrita en tres sílabas. No conforme con aparecer como una musa incandescente durante la absoluta oscuridad dentro de mi personal laberinto de Creta, me obsequió al igual que Ariadna a Teseo un escarlata cordel como el denominado hilo rojo de la leyenda del amor supremo impuesta por los japoneses, y también al igual que la flecha en el talón de Aquiles, me atravesó el corazón con una lanza bañada de veneno, siendo el mismo tan dulce como su propio antídoto. Siendo no más que mortal intenté expresarle en un texto toda la intención de mi pretención para con ella, un intento tosco de poesía que le encantó: > Fue una tarde que le vi por vez inaugural, una ocasión donde la ira me había llevado a cometer no el primer de mis delitos, pero si mi homicidio primigenio, la acalorada discusión encima de las barandas de un puente colgante terminó por mediante un acto reflejo arrojar con las manos a mi contendiente, la memoria de mis manos conserva el recuerdo del tacto al empujar su pecho directo al barranco, perdiendo el equilibrio su sonido final fue el golpe producido del choque de su cuerpo con el principio de la altura. Lógicamente pensé en escapar, nadie estaba al tanto de mi encuentro con aquel bandido, además el sitio estaba desierto, sin embargo, eché un último vistazo para cerciorarme de no tener más compañía, cuando giro la cabeza, allí esté ella, viéndome sin ninguna emoción en su rostro ni sobresalto, como si aquella escena fuese normal, se me acercó — Tienes que deshacerte del cuerpo, yo te ayudo. Por cierto: ¿Cómo te llamas? — dijo. — Pablo. — le contesté mirándola absorto. Quien diría que nuestra historia empezaría con un secreto contenido en la complicidad, desde ese momento ambos supimos que éramos el uno para el otro, y si no primaba el amor al menos lo haría la lealtad, estábamos hasta el cuello; yo por impulso, ella por no sé, tal vez casualidad. Le encantaba escribir para mí, decía que yo era su mayor muso, una versión reciproca de Dante y Beatriz. El primer poema que leí de su puño y letra me erizó por completo las fibras del alma, contenía un don único, capaz de abrazar lo intangible y acurrucarse para siempre en el recoveco más impenetrable. Aún conservo el papiro que una vez siendo blanco ahora yace marchito, tomando el tono amarillento que otorga el tiempo sobre el papel, no obstante, sus letras todavía intactas siguen clavándoseme debajo de los párpados y pellejo. La brisa en el parachoques y en mi enmarañada cabellera negra, que por cierto no había lavado en días, confería plenitud, aunque el hueco en el pecho, ese monstruo abisal y hambriento rugía por más, ¿Qué quería ahora? ¿Acaso no saciaba por completo la última vez? Si, si, ya voy al siguiente eslabón. Si se tratase de mí, mandaba todo por la cisterna, jalando con fuerza para no ver más los despojos del minotauro en que me había convertido, no propiamente de Creta, porque esta fatigante labor en conjunto en la que solo una persona hace todo el trabajo me ha cansado ya demasiado, el amor entrando por las venas, drenando toda la sangre a su paso para finalmente carcomerse el corazón, insisto en lo voraz y desalmado que resulta, pero bueno, cada desgaste significa un poco de fortaleza, un grado más hacía la evolución.  Los observadores frecuentes oteando más de lo habitual; recreando a su alrededor una densidad atmosférica, como secretismo murmurante en el cual los ojos adquieren el protagonismo, mientras la boca permanece cerrada en el más completo de los silencios, escuchando atentamente a la vista hablar. No soy juez para estipular lo correcto, no está en mí decir, soy de acciones no de oratoria, pero la mirada concreta y hostigadora, representa una insinuada señal de riesgo, pudiendo poner en peligro todo el arduo proceso que delicadamente había iniciado, más sin embargo mi cita parecía no percatarse de toda la atención que había captado. La diligencia fue fácil, sólo era cuestión de decirle lo que quería oír y poner esa cara curiosa e intrigante que tanto les gustaba. Con anterioridad cree una personalidad de acuerdo con sus necesidades, la próxima, se trataba de una chica ordinaria con pretensiones extraordinarias, y en la búsqueda incansable del idealizado príncipe azul se encontraría con algo monstruoso, como la leyenda de aquel eximio cuyo altar improvisado frente al lago atestiguaba horrores, pero esa es otra historia, admirable, por cierto. Originalmente mi estadía en aplicaciones de citas en línea era recurrente, para pescar en esa laguna de desesperación fortuita debía recrear una carnada infalible que ahondara lo suficiente dentro del espesor de ella. El primer paso sería crear un avatar virtual que encajara en el molde previsualizado por las damas que recurrían a estos sitios, el típico tipo que se cultiva en intelecto, pero lo suficientemente humilde, eso sí, que dejase entrever por la rendija un poco del matiz soberbio, a la vez que su aura de intriga vaya despertando curiosidad parecida a la ejercida por la del gato de Schrödinger; imaginando si el matraz había sido activado y el felino encerrado en la caja finalmente perecido. La apariencia física contribuía un plus, todo lo esencial entra por los ojos y en tiempos de juventud aflora la falsa modestia de resaltar los valores internos por encima de la efímera capa de la exterioridad. El requerimiento de la gran mayoría de mujeres con las que coincidía en aplicaciones, constaba de los estereotipados cánones de belleza establecidos por la insaciable industria de la moda. Todas recalcando añorar un ser especial dotado de transparencia e infinidad de hermosos sentimientos, y a la hora de la verdad rechazaban a los mismos que describían en sus perfiles, pero que para mala suerte de los pobres muchachos no cumplían con la exigencia fundamentalmente oculta de parecerse a Adonis. Víctimas de la frivolidad y esclavas de Narciso, quizá sin merecer la inmisericordia del ateísmo de Hades, pero en la bifurcación del camino habrían elegido la senda equivocada y el mal siempre se acerca de puntillas. La vi por primera vez un martes, parece cosa del demonio, pero ese era mi día predilecto, yo siendo una especie de cazatalentos, les brindaba su cuarto de hora en el mencionado día, les otorgaba la atención que con tanta perseverancia solicitaban, convirtiéndolas en el show principal de la segunda noche semanal. En su cuenta optó por llamarse Ángel, la providencia me cumpliría un milagro entonces, debo admitir que con ella me esmeré demasiado, diría que mucho más que con cualquier otra, me costó exactamente pasar de una luna llena hasta el novilunio para conseguir verle, e increíblemente estaba sobreexcitado, juraría que nunca antes había ocurrido tal manifiesto en mis emociones, pero irremediablemente ella era especial, no sólo por su seudónimo, sino por ese aura imperceptible que lograba emanar colores dentro de la oscuridad más absoluta. Realmente sería un sacrificio no conocerle. Quedamos en vernos en un centro comercial, supongo que su radar de extraños estaba encendido y que mejor que conocer a uno de ellos a la vista de todos los escrutadores habituales, es seguro, habrá pensado. Antes de salir agarré la loción perfumada ubicada en el nochero, algo polvorienta por el poco uso y la rocié sin medida, pero con presura sobre mi torso, mejillas, manos y cabello, tomé las llaves del auto que descansaban también sobre la mesilla de noche y me aventuré ir a mi cita con un ángel. Al llegar noté que era descaradamente hermosa, parecía el más tierno de los querubines, recordé nuevamente el poema de Poe cuando la vi sentada cerca a la fuente, ojeaba de un lugar a otro, buscándome, caminé tan rápido, casi que al trote, llegué donde yacía aquella musa e inmediatamente sin musitar sílaba, la abracé, su piel era de una naturaleza más delicada que el terciopelo, me sonrió y justo allí a pesar de la ternura que inspiraba, sabía que no podía haber marcha atrás, y es que así es el amor, el maldito amor donde alguien tiene que morir, que pena que esta vez le tocará la última bala de la ruleta rusa a ser tan un angelical. Entramos a mi auto, y ya con la suficiente distancia para no tener demasiados acompañantes de carretera, detuve el medio de locomoción, la miré directamente a los ojos, le toque el cabello, en ese roce mis dedos percibieron la sedosidad de aquellas fibras capilares, ella me devolvió la mirada por unos segundos mientras el alcaloide trópanico impregnado en mi pañuelo, hacía efecto al encontrarse con su nariz, ya estando inconsciente sería fácil llevarla a la recámara del entretenimiento. La senté en la silla del triunfo, justo enfrente de la cámara y la recámara de al lado, los admiradores esperaban el espectáculo, no los haría esperar, los fanáticos del snuff suelen ser muy impacientes. La mesa lista justo al costado, todas las herramientas de bricolaje desplegadas sobre ella, primordialmente las tres jeringas con la solución letal; el barbitúrico para anestesiarla, que se diga de todo respecto a tártaro, menos que es inmisericorde, seguido de bromuro de pancuronio de acción relajante para evitar esos molestos movimientos de supervivencia, finalmente el cloruro de potasio como acelerante de la solución final, (eso último sonó tan Tercer Reich). Todo se encontraba gratamente correcto, mi ayudante como siempre había hecho una labor impecable, ya estando todo en orden daría inicio al show del martes en la noche.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR