Michael. Aquella era una cálida tarde donde acaba de salir del instituto, con mi mochila en los hombros. El sol pronto se ocultaría para dejar paso a la luna y las deslumbrantes estrellas. Yo iba caminando por la calle cuando me encontré con una Iglesia. Entonces en mi interior empezó una lucha entre si debía o no entrar a confesar mi adicción. Mi pecaminosa adición. Sin embargo, después de un rato de indecisión frente a la capilla de Dios. Entré y me dirigí hacia el confesionario, que se encontraba retirado, en un rincón. La Iglesia estaba en penumbras y se encontraba desierta, pues no vi a nadie rondando cerca. Pero a pesar de la poca luz pude ver a una figura dentro del confesionario, así que me acerqué, me hinqué y comencé a confesar lo que tanto me avergonzaba. Comencé a confesar

