Conversaciones

1380 Palabras
Capítulo VII  Conversaciones Mis manos, entumecidas por el frío que me genera estar en esta situación, parecían haber perdido la sensibilidad, incapaces de brindar el calor reconfortante que tanto necesitaba en aquel momento. El latido desbocado de mi corazón resonaba en mis oídos, casi como un tambor agitado por la incertidumbre. Era un momento crucial, uno que desafiaba mis límites emocionales y se adentraba en territorios desconocidos de mi ser. Me encontraba en un cruce de caminos, donde la valentía y el temor chocaban con una intensidad desgarradora. Cada latido era un recordatorio palpable de la lucha interna entre el impulso de enfrentar lo imprevisible y la sensación paralizante de no saber qué me deparaba el futuro. Era como navegar en un mar agitado, tratando de encontrar un puerto seguro en medio de la tormenta emocional que rugía dentro de mí. Incluso para mí, la decisión de quedarme a solas con él fue un paso que desafiaba mis propios límites. Sabía muy poco sobre él, excepto por los rumores que circulaban en el instituto. La incertidumbre de lo que era capaz de hacer me generaba un nudo en el estómago, pero allí estábamos, en el silencio inquietante del salón de clases, una atmósfera cargada de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Frank cerró la puerta con un movimiento decidido, el sonido del seguro resonó en mi mente como un eco de advertencia. Girándose hacia mí, su mirada fija y esa sonrisa despiadada, típica de su expresión, me observaron con una intensidad que hizo que mi piel se erizara. Era como si pudiera leer mis pensamientos, sumergiéndome en un estado de vulnerabilidad incómoda. En ese momento, me di cuenta de que no sabía realmente qué esperar de aquel encuentro, y el misterio que rodeaba sus intenciones solo intensificaba la ansiedad que sentía en lo más profundo de mi ser. —Tú me dirás, linda Vicky… Comento mientras se acercaba con paso decidido a mi escritorio. Suspiré hondo y me levanté de mi asiento. Me temblaban las piernas. —Frank, escucha… Debes entender que lo que has hecho es un delito muy grave. Lo mejor que puedes hacer es borrar esas fotos, y yo te garantizo que no te denunciaré… Digo en un tono neutro, haciendo el esfuerzo por mostrarme segura de mis palabras. —No, escúchame tú, hermosa profesora. Ya has visto que no te miento. —Tengo tus fotos, todas las he guardado y respaldado, y si no obedeces mis órdenes, se las enviaré a todo el mundo. Afirma elevando unos desniveles su tono de voz. —¿Quieres que la directora te vea así, desnuda, llena de lujuria, dándote gusto con el dedito? ¿Quieres que te vean todos los alumnos del jodido instituto? Su sonrisa de soberbia se extiende en su máximo esplendor. Por mi parte, no evitar el hecho de sonrojarme intensamente. —Claro que no… Digo, cortando la oración, por qué no tengo ni idea de como refutar sus palabras. —Pero ¿qué quieres de mí? ¿Dinero? ¿Mejorar tus notas? Pregunto con los nervios a flor de piel. —¡Por favor! Resopla como si fuera lo más estúpido que he dicho o que él ha escuchado. —¡Mi padre tiene más dinero del que podré gastar en toda mi vida! Exclama como si no fuera algo obvio. —Y para sacar buenas notas no necesito tu ayuda, soy más inteligente que el promedio… Su soberbia y egocentrismo sobre pasa cualquier escala conocida. —Pues entonces… Mi voz sale cargada de frustración. —¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que haga? Dije, desesperada. Por primera vez, Frank dudó antes de darme una respuesta. —Yo… No lo había oído tartamudear en ningún momento. —Lo quiero todo de ti… Escucha… Su rostro ha cambiado de expresión y ahora parece contraído. — Victoria, tú… Me gustas. —¡¿Qué?! Exclamé, con la voz cargada de asombro. —Sí, me gustas desde el primer día que te vi. Eres una mujer de verdad, no una niñata como las payasas de mis compañeras… Al decir la última frase lo hace con un tono lleno de desprecio. —Y estás tan buena, tan rica. —¿Y crees que esta es la forma correcta de actuar? Cuestiono, con exasperación. —¡Haciéndome chantaje! ¿Así esperas seducirme? Vuelvo a cuestionar mientras mis orbes se mantiene analizando su expresión. —No lo entiendes Vicky… Dice, omitiendo todo lo que he dicho. —No quiero ligar contigo, quiero poseerte. Es mi única fantasía desde que te conozco, y ahora voy a hacerla realidad. Lo dijo con tanta firmeza, con tanta convicción, que supe que nunca podría hacerlo cambiar de idea. En ese momento crucial, sentí cómo una rendición lenta, pero constante comenzaba a apoderarse de mí. No era únicamente por las palabras que salían de sus labios, cargadas de una extraña autoridad, ni tampoco solo por su actitud desafiante. Era algo más profundo, una sensación que se arraigaba en lo más íntimo de mi ser. Sentía que, frente a él, mi voluntad se desvanecía como arena entre mis dedos, llevándome a cuestionar mis propias convicciones. Era como si sus palabras tuvieran un poder hipnótico, una capacidad para penetrar en mis pensamientos y desarmar mis defensas, dejándome en un estado de vulnerabilidad desconcertante. Mi resistencia se debilitaba a medida que esa extraña sensación crece en mi interior, una amalgama de intriga y temor que se entrelazaba con una curiosidad peligrosa. En ese preciso instante, me encontraba en una encrucijada entre mantenerme firme en mis convicciones y sucumbir ante una fuerza que parecía desafiar toda lógica y razón. A pesar del torbellino de emociones que me embargaba, me tomé un momento para sumergirme en sus palabras. Cada una resonaba en mi mente como un eco insistente, obligándome a hacer una pausa en medio del caos emocional. Era como si cada frase pronunciada por él llevara consigo un peso significativo, una carga que trascendía el simple significado superficial. Me sumergí en un análisis rápido y agudo de la magnitud de lo que implicaban sus palabras, buscando entender el trasfondo oculto detrás de esa fachada de confianza que proyectaba. Cada matiz de su discurso, cada inflexión en su tono, se convirtió en un rompecabezas que intenté descifrar en un instante. Era, como un reto mental, una tarea desafiante de comprender la profundidad de sus intenciones y el alcance de sus acciones. A pesar de la confusión y el desconcierto, me sumergí en ese análisis, consciente de que en esas palabras podría residir la clave para entender la complejidad de la situación en la que me encontraba inmerso. —Vale, entonces… Digo en tono dubitativo, transmitiendo parte de mis sentimientos. —Si juego contigo… si hago realidad tus fantasías, y te obedezco… Nunca me había costado tanto trabajo comunicarme con alguien. —¿No publicarás mis fotos? —Eso es correcto. Contesta sin más. —¿Y cómo sé que no me traicionaras? Cuestiono llena de incertidumbre ante un posible escenario de esa magnitud. —Tendrás que darme el beneficio de la duda y confiar en mí. Dijo encogiéndose de hombros, con su sonrisa maliciosa. Fue como si el peso del mundo cayera sobre mis hombros en un instante desolador. Reconocer que no existía una opción viable, que como mujer adulta, con mis valores y límites definidos, debía someterme a la propuesta de un adolescente caprichoso, fue un golpe devastador. La realidad se tornó opresiva, forzándome a enfrentar una realidad desafiante y dolorosa. Ser alguien establecido, con una trayectoria y una identidad propia, no me eximía de la necesidad ineludible de lidiar con las exigencias de alguien cuyas percepciones del mundo distaban mucho de la madurez y la sensatez. La noción de tener que aceptar esa propuesta chocaba con mis principios más arraigados, generando un conflicto interno que era difícil de calmar. Aquel momento me sumergió en un mar de dilemas éticos y morales, donde mi integridad y dignidad se veían amenazadas por una situación que desafiaba mi integridad como individuo y mi papel como figura de autoridad. Enfrentar la realidad de esa manera, capitulando ante un escenario que contradecía mis creencias fundamentales, era como aceptar un pacto con la disonancia entre lo correcto y lo incorrecto.
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