El aula...

1239 Palabras
Capítulo VIII   El aula... Ese instante, aquel que aún resuena en mi ser, se convirtió en el punto de quiebre que desgarró mi ser interior. Fue un vértigo de dilemas y cuestionamientos, una batalla interna donde mis convicciones chocaban violentamente con las demandas del entorno. En esa encrucijada, mi esencia se tambaleaba, zarandeada por la fuerza de un conflicto que desafiaba mis principios más arraigados. En el silencio de mis pensamientos, me hallaba prisionera de una encrucijada donde la brújula moral se desorientaba y la integridad titubeaba en su rumbo. Afrontar esa realidad significaba rendirme ante un panorama que desafiaba mi identidad, como si firmara un acuerdo con la contradicción misma, un pacto ingrato entre el bien y el mal, entre la coherencia y la discordia. Cada fibra de mi ser clamaba por cohesión, por mantener incólume mi integridad, pero la situación me arrojaba al abismo de la incertidumbre. En ese vaivén de valores, me hallaba perdido, navegando en un mar tempestuoso donde la dignidad se volvía frágil ante la embestida de una realidad ajena a mis convicciones más profundas. En esos momentos, la soledad se tornaba cómplice de mis dudas y reflexiones. ¿Cómo sostener la integridad cuando el mundo demanda otra cosa? ¿Cómo ser fiel a mis principios sin sucumbir ante la presión del entorno? Cada paso era una danza dolorosa entre la rectitud y la desviación, entre el deber y la tentación. —De acuerdo… haré lo que me pidas. Dije, suspirando de manera cansada — ¿Qué quieres que haga? Me encontré pronunciando esas palabras con un suspiro, uno que emergió cargado de una mezcla de resignación y turbación. Cada sílaba pesaba en mi interior como una losa, revelando mi lucha interna entre la obediencia y la voz titubeante de mi conciencia. Decirlas fue como abrir una puerta hacia lo desconocido, una rendición ante la incertidumbre que carcomía mis convicciones. En el eco de mi propia voz, se escondía el torbellino de cuestionamientos. ¿Acaso era rendición o pragmatismo? ¿Era complacencia o era simplemente adaptación al implacable fluir de las circunstancias? Las palabras se deslizaron de mis labios, pero mi mente aún danzaba en la penumbra de la indecisión, atrapada entre el deber y el deseo de mantener intacta mi integridad. Aquellas simples preguntas ocultaban la complejidad de un alma en conflicto, un diálogo interno donde la moralidad y la lealtad se entrecruzaban en un enigma sin respuesta clara. Decir esas palabras fue como entregar un pedazo de mí mismo al dilema que atormentaba mi ser, una rendición momentánea, pero con un peso emocional que resonaría mucho después de haberlas pronunciado. En ese breve instante, me convertí en el protagonista y el espectador de mi propia encrucijada. El suspiro que las acompañó no solo fue el reflejo de mi resignación, sino también un eco sutil de la tormenta interna que sacudía mi esencia. ¿Qué querías que hiciera? Una pregunta que se perdía en el vacío del desconcierto, aguardando una respuesta que quizás nunca llegaría. —Antes me has dicho que llevabas braguitas de color blanco, ¿verdad? Pregunta Frank con sus orbes fijos en mí, la sonrisa más descarada que he visto en él. —Sí… Es exactamente lo que dije. Murmuré, bajando la mirada, por la gran sensación de vergüenza que me invadió. Frank se aseguró una vez más de que la puerta estaba bien cerrada con el pestillo para que nadie fuera a ingresar al aula e interrumpirnos lo que sea que estuviéramos haciendo. —Es lo que me imaginaba… Comenzó a decir mientras iba acercándose a mí lentamente. —Braguitas blancas de algodón… Sonrió como el gato de Alicia en el país de las maravillas son dejar de verme. —Enséñamelas. Dijo como si se tratara del clima. Mis ojos se abren de tal forma que siento que se saldrán de su órbita. —¡¿Qué?! Exclamó con la voz llena de nerviosismo —¿Aquí? Pregunto más para mí que para el mismo; él continúa con la mirada fija en mi rostro, como si estuviera buscando algo en particular. Frank, no borra la sonrisa sínica de su rostro mientras pasea la mirada por mi cuerpo con descaro. —¡Sí, claro, aquí y ahora! Exclama con obviedad y molestia a partes iguales. —¿A qué esperas para hacerlo? Cuestiona con exasperación. —¡Hazlo! Su voz se eleva alguna octavas al exclamar su orden. Miré a mi alrededor con ansiedad, observando cada rincón del aula como si cada mueble, cada sombra, pudiera revelar nuestros secretos más íntimos. Las persianas cerradas proporcionaban una falsa sensación de seguridad, un velo opaco entre nuestra situación y el mundo exterior. Desde aquel segundo piso, el patio parecía ajeno a nuestra presencia, pero el temor se apoderaba de mí como un pulso latente. El silencio reinante en ese espacio cerrado se entrelazaba con el latir acelerado de mi corazón, una sinfonía de miedo y dudas que retumbaba en mis oídos. A pesar de la aparente privacidad, el temor persistía, encadenándome a la incertidumbre de ser descubiertos. La ausencia de ventanas interiores confería una sensación de confinamiento, como si estuviéramos atrapados en un universo paralelo, ajenos al resto del colegio. Sin embargo, esa aparente seguridad no aplacaba la inquietud que brotaba en lo más profundo de mi ser. Mi atuendo, siempre discreto y poco llamativo, parecía fundirse con el entorno monótono del aula. Aquella blusa blanca y falda gris, mi vestimenta habitual, se convertía en un escudo invisible que pretendía ocultar no solo mi apariencia, sino también mis temores y anhelos más íntimos. El miedo a la exposición, a ser descubiertos en aquel momento clandestino, se colaba en cada respiración. Cada segundo transcurrido en esa habitación cerrada parecía una eternidad, una danza peligrosa entre el deseo y la cautela, entre la necesidad de ocultarse y el anhelo de expresar lo que latía en lo más profundo de mi ser. Me encuentro aún de pie ante a mi escritorio, en el lugar desde el que muchas veces hablaba a mis alumnos. Frank se acercó a mí un poco más a mí, dejando menos de medio metro de distancia entre nuestros cuerpos. —Vamos, no seas tímida… Comento de manera tan natural, como si me hubiese pedido que le dijera del clima. —Solo te pido que te subas la falda y me enseñes tus braguitas, nada más… Dice como si fuera lo más fácil del mundo. Toda esta situación me parece tan irreal, tan increíble. Como es que de repente me había convertido en la protagonista de una película para adultos. Frank, sin esperar por mi decisión, coloco sus manos en mis caderas para comenzar a subir la falda. Llena de una determinación que creí que no tenía, detuve sus movimientos, pero en lugar de frenar la situación en general, simplemente suspire. Aun con las piernas juntas, agarre los bordes de mi falda y lentamente empecé a tirar de ellos hacia arriba, dejando lentamente al descubierto mis muslos. —Vamos, un poco más… Me animó Frank con mucho entusiasmo. Mordiéndome fuertemente el labio interior, sin apartar la mirada de él, me subí la falda hasta la cintura, ahí expuesta, dejándole ver mis bragas blancas de algodón. Permanecí allí de pie, estática, en el mismo sitio donde llevaba años realizando mi labor como docente, con la falda subida hasta la cintura, mostrándole mis bragas a mi alumno en un aula vacía como una descarada.
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