ALEJANDRO Jueves. 1:15 PM. El segundero de mi reloj de pared se movía con una lentitud insultante. Tic Tac. Tic Tac. Cada sonido era un martillazo en mi sien, llevaba quince minutos sentado en el suelo, con la corbata deshecha, mirando la puerta cerrada de mi oficina como si esperara que Mariana la atravesara corriendo, diciendo que todo había sido una broma y que odiaba el risotto. Pero no sucedió. Me levanté, me sentía patético en el suelo, me senté en mi silla ejecutiva, intentando recuperar la dignidad que había perdido en el momento en que dejé que se fuera con él, intenté trabajar, abrí el contrato de fusión con Monterrey. Leí la cláusula 4.1 tres veces. "Las partes acuerdan que en caso de incumplimiento..." En caso de incumplimiento, yo había incumplido, había incumplido con

