ALEJANDRO El infierno tiene una fecha y hora específicas: jueves, diez de la mañana. Estaba parado frente al ventanal de mi oficina, de espaldas a la puerta, intentando controlar una taquicardia que no sentía desde que la empresa estuvo a punto de quebrar hace cinco años, pero esto era peor mucho peor, porque el dinero se recupera, pero lo que estaba a punto de perder... no estaba seguro de poder recuperarlo. Escuché el sonido del elevador, me giré y a través del cristal, vi cómo las puertas se abrían. Javier Sotomayor salió. No venía solo traía a su séquito de ejecutivos, pero él destacaba como un faro, llevaba un traje gris claro, impecable, sin corbata, proyectando esa imagen de "millonario relajado y accesible" que yo jamás podría emular. Y lo peor... traía una sonrisa, una sonri

