—¡David! ¡David! ¡¿Dónde estás?! —gritaba Manuel del Pilar angustiado—, ¿Dónde se habrá metido ese niño? Dios mío ayúdame a encontrarlo, y que por favor no le haya pasado nada, ¡David! ¡Responde! ¡¿Dónde estás?! Mientras seguía buscando a David de Cristo por las partes de Abelan, Manuel se preguntaba si ya estaba entre las personas que ya marchaban, no imaginaba que el inocente huérfano había muerto, algo que lo dejaría aún más sin palabras, pues todavía no superaba la muerte de Esther Ramos y José David de Cristo, quienes estaban sepultados en el pequeño espacio de la aldea y que tomaron como el cementerio del lugar de la oscuridad, donde los acompañaba los vecinos que morían en la boca de los lobos. Chagary, quien había llegado hasta donde se encontraba Carlos de Jesús desmayado, se pr

