Más allá de la aldea, donde los lobos nunca pisaban, en un lugar muy tranquilo, aquél niño llamado Carlos de Jesús, quien le había regalado a José David de Cristo hace años las cinco gallinas que David crio desde pequeñas, ya contaba con la misma edad de a quien le había obsequiado las que fueron sus animales. Carlos era un niño que tenía algo en común con David, y era que los dos no tenían amigos, siempre estaban solos, aunque nunca imaginaron que ambos se unirían para llevar a cabo la verdad de Abelan y difundir con todos allí lo que sería el cambio de sus vidas; sin embargo, el estrés, los nervios, preocupaciones y angustias, serían parte de aquello cuando supieran los aldeanos el origen de su existencia, cuando lo tomaran como una sorpresa que los dejaría sin palabras. —Mamá, ¿Te sien

