«Sí, soy tu novio y tu esclavo». Alessandra no pudo evitar estremecerse ante la confesión y la manera como Marcelo le había susurrado aquellas palabras. Su corazón se agitó y un cosquilleo le corrió y se instaló en su estómago, como si cientos de mariposas aletearan en su interior. —Te amo, Marcelo —dijo, antes de apoderarse de sus labios y dejar que la pasión tomara las riendas esa noche. Con una mano él la tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo, mientras la otra se aferraba a su nuca, profundizando el beso. Sus lenguas se enredaron y danzaron a un mismo ritmo. Un ronco gemido salió de los labios de Alessandra cuando los dedos de Marcelo abandonaron su cuello y fueron deslizándose por su columna vertebral y la otra mano le acariciaba la cintura, subiendo a su omóplato. Marcelo sen

